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sábado, 9 de junio de 2012

Reflexiones sobre el poder

Columnista Nibega.

Hoy me pregunto qué es el poder, por qué tanto interés en ello, por qué buscamos controlar a otros y eso qué tiene que ver con la información. Pues bien, el poder no es dinero como podrían pensar unos, el dinero compra intereses, soborna por favores, calla verdades e ideas muy valiosas; el dinero se hizo para controlar, pero es ineficiente; como todos hemos visto el caos se desata cuando no nos disponemos a obedecer por dinero, cuando gritamos verdades sin importar si van a ser oídas o no. Es obsoleto si realizamos que hay algo, de verdad, más allá del dinero y sus hechos de acción. El dinero pierde poder y con ello control o pierde control y con ello poder, que joder se pierden los dos.

Existe siempre la idea globalizada -para usar la ridícula terminología actual- de que el control por parte de unos es efectivo, esa idea se rompe o ha estado rota y remendada. Somos felices siendo guiados, “es que es más sencillo no pensar y dejar que otros se ocupen de eso” dicen unos, “no tengo tiempo” replican otros y a los ingleses les sabe dulce el cacho de la monarquía, los Norte Americanos, con todo respeto, son los dueños del control por medio del miedo y sus “miedos de comunicación” de las estrategias desinformativas y acá, en el sur, como buenos presagios continentales buscamos lo mismo, se han dado cuenta que una mente independiente no tiene control, que la información es PODER, que el internet es información al instante, información incendiaria, unos la usan para propiciar falsas rebeliones, como Egipto y Siria, entre otras naciones, lo que resulta siendo una forma fácil de cambiar de mando sin debilitar la estructura, una buena forma de mantener al señor matanza y su machine gun funcionando.

Reflexiones sobre el poder¿Por qué los derechos de autor importan tanto y, de repente, justo después del boom del internet (hace varios años) y de las redes sociales que son capaces de comunicar todo un continente y más, en cinco minutos a lo sumo? ¿Por qué es importante evitar que ciertos medios de información en internet, como los visuales por ejemplo: los videos en YouTube, donde es más accesible a todos y logra comunicar naciones y continentes? Pues porque se pierde el control de esos unos, porque se informa debidamente, no esos periódicos manchados de sangre y dinero o los noticieros desinformativos que tanto pesar causan en los verdaderos comunicadores ¿un titulo de grado, más especialización y quién sabe qué más, para qué? Para afirmar que los falsos positivos no son falsos, para cubrir noticias de este tipo como la muerte de un niño a manos de su madre (no es que sea un desalmado, es que en la realidad colombiana esto sucede a diario y no es justo que le dediquen casi una semana un caso de estos obviando lo importante “cortinitas de humo”) Para seguirle el Twitter a un expresidente que manejó el país como su finca ¿cómo es que se llamaba? A sí, paramilitarlandia o el Ubérrimo, próspera para cultivar fusiles y cavar fosas comunes.

Bloquean los más fieles medios de comunicación, el quinto poder como lo llaman unos, queriendo evitar dejar al pueblo con algo de mente para generarse ésta y muchísimas más preguntas. La iglesia fue efectiva con los viejos y adultos, pero la iglesia no puede con una mente estudiada. El Estado cambia o pretende cambiar la educación y así disminuir la calidad educativa, agregándole a esto los límites al internet que piensan implantar ¿qué queda? La televisión, la radio, la prensa (o deberían llamarla presa) y la iglesia para adoctrinar este pueblo indígena e incauto que se ha atrevido a pensar y blasfemar sobre lo que es la verdad.

Por eso en resumidísimas palabras, el poder es una capacidad, es la capacidad de “ver más allá de lo evidente” de no tragar, ni entero ni migajas, de saber comunicarse y conocer, de no perder los estribos ni de la vida, ni de la sociedad. A recuperar el poder.

jueves, 14 de abril de 2011

¿Cómo se hace periodismo digital en Colombia?

Fuente: Semana.com
Lunes 11 Abril 2011

El Consejo de Redacción, el Centro Ático y el Programa de Estudios de Periodismo de la Universidad Javeriana, encontró 391 propuestas digitales en el país cuyo contenido mayoritariamente es periodísticoUn estudio recopiló todo sobre los portales informativos en el país: su origen, el contenido que manejan, cómo se financian y qué tipo de información publican.

Un estudio sobre medios digitales en Colombia, hecho por el Consejo de Redacción, el Centro Ático y el Programa de Estudios de Periodismo de la Universidad Javeriana, encontró 391 propuestas digitales cuyo contenido mayoritariamente es periodístico.

¿Cuál es el origen de los medios digitales en Colombia?
El estudio encontró que la mayoría de los medios colombianos en internet termina siendo la versión web de medios tradicionales como la prensa, la radio y la televisión.

De los 391 medios encontrados, la radio aporta el 37 por ciento con 144 en total, seguido de la prensa que aporta el 35 por ciento con 134 sitios web. En tercer lugar, con un total de 88 medios, 22 por ciento, aparecen los sitios web propios de internet, es decir, que no provienen de medios tradicionales. Y por último está la televisión, que aporta el 6 por ciento con sólo 22 medios.

¿Cuál es el contenido de los medios digitales en Colombia?
De los 391 medios encontrados, 274 medios (71 por ciento) enfoca la mayor parte de la información en contenido nacional, 114 (29 por ciento) medios en contenido regional y sólo un medio en contenido internacional.

¿Qué tipo de información publican los medios digitales en Colombia?
La investigación evaluó la información publicada en los 391 portales encontrados, y la clasificó por criterios (ver gráfico). En la convención “otros” se agrupan medios con información sobre cocina, comercio exterior, derecho de la información, educación, elecciones, jóvenes, proceso de Justicia y Paz, niños, salud, viajes y adultos.

La mayoría de medios cubre información general (66 por ciento), seguida por entretenimiento (15 por ciento) y cultura (6 por ciento).

¿Qué tipo de información publican los medios digitales en Colombia?
Otro criterio que se evaluó en la observación de los 391 medios, fue si eran el resultado de una iniciativa pública, privada, académica, religiosa, política, comunitaria o de organizaciones no gubernamentales.

De los 391 medios, se obtuvo información sobre el origen de su financiación de 236. De estos, 176 (45 por ciento del total) tienen capital privado, 29 medios (7 por ciento del total) son de universidades, 18 medios (5 por ciento del total) son emisoras comunitarias.

El resto pertenecen a grupos religiosos, organizaciones no gubernamentales o pertenecen al Estado.

¿Cuál es la distribución geográfica de los medios digitales en Colombia?
La investigación clasificó las regiones con base en seis rangos: primero, los departamentos que tienen más de 50 medios; segundo, entre 20 y 49; tercero, entre 10 y 19; el cuarto, entre cinco y nueve; el quinto, entre uno y cuatro, y el sexto, los departamentos que no tienen medios digitales.

De los 391 medios, 114 están en Bogotá, 35 en Antioquia, 27 en el Valle del Cauca, 26 en Santander y 22 en Atlántico. De esto se concluye que aproximadamente cuatro de cada siete medios digitales del país están concentrados en la capital y en cuatro departamentos.

Por último, se encontró que existe una alta concentración de medios digitales que provienen de la prensa escrita en Bogotá. 41 de los 144 funcionan en la capital. En un segundo rango (de cinco a 20 medios) aparecen cuatro departamentos: Antioquia, Santander, Valle del Cauca y Huila. En un tercer rango (uno a cuatro medios), aparecen 21 departamentos. Siete departamentos no tienen medios de este tipo.

Gráficos:

¿Cuál es el origen de los medios digitales en Colombia?
¿Cuál es el origen de los medios digitales en Colombia?

¿Cuál es el contenido de los medios digitales en Colombia?
¿Cuál es el contenido de los medios digitales en Colombia?

¿Qué tipo de información publican los medios digitales en Colombia?
¿Qué tipo de información publican los medios digitales en Colombia?

¿Qué tipo de información publican los medios digitales en Colombia?
¿Qué tipo de información publican los medios digitales en Colombia?

¿Cuál es la distribución geográfica de los medios digitales en Colombia?
¿Cuál es la distribución geográfica de los medios digitales en Colombia?

martes, 19 de octubre de 2010

Flor de un día

Daniel Coronell
Sábado 16 Octubre 2010
La circular prueba que hubo una instrucción de los floricultores para donar a la campaña de Arias, bajo cuya administración comenzaron a recibir cuantiosas prerrogativas.

El periodista Norbey Quevedo reveló la semana pasada en El Espectador que el Banco Agrario tiene problemas para recuperar millonarias sumas prestadas a algunos floricultores. La situación se complicó, además, porque en muchos casos el fiador es el propio Estado a través del Fondo Agropecuario de Garantías. Es decir, el Estado terminó debiéndose a sí mismo más de 25.000 millones de pesos, por cuenta de unos incumplidos.

La W Radio ha seguido el caso y ha encontrado aspectos muy interesantes del asunto. Se han preguntado repetidamente si los beneficiados con los créditos (incluyendo a los morosos) han tenido algo que ver con la campaña política del ex ministro de Agricultura Andrés Felipe Arias. No ha sido sencillo que les entreguen la información detallada en el Consejo Nacional Electoral. Sin embargo, el persistente Yamit Palacios encontró una pista de oro.

Se trata de una circular del director regional de Asocolflores en Antioquia, Marcos Alberto Ossa, titulada 'Donación para la campaña del Dr. Andrés Felipe Arias' en donde advierte que para cumplir las normas los cheques deben ser girados por personas naturales, pero deja muy en claro, en el punto 8 del documento, que esas donaciones vendrán de empresas y grupos:

"Los aportes se harán por Empresa o por Grupo y dependerán de su Categoría: Categoría A: $5.000.000; Categoría B: $2.000.000; Categoría C: $1.000.000". (Vea el documento).

La circular prueba que existió una instrucción gremial de la asociación de floricultores para hacer donaciones a la campaña del ex ministro Arias, bajo cuya administración empezaron a recibir cuantiosas prerrogativas. Además de los créditos del BanAgrario, muchos floricultores resultaron favorecidos con Agro Ingreso Seguro por coberturas cambiarias e Incentivos Sanitarios para Flores y Follajes, entre otras millonarias ayudas.

Pero además existe una prueba contundente de que varios de los otrora favorecidos por la administración de Andrés Felipe Arias se convirtieron en donantes de su campaña presidencial.

Se trata de la planilla de recaudos de la campaña de Arias. El documento, que ustedes pueden ver en semana.com, muestra que el gestor de 43 donaciones para esa fecha era Asocolflores. Esos aportes de floricultores -que incluyen al presidente de la agremiación, Augusto Solano- suman casi 114 millones de pesos. (Vea el documento).

También son donantes otros beneficiarios de Agro Ingreso Seguro, pero por hoy concentrémonos en los floricultores y especialmente en los morosos del BanAgrario.

El grupo Falcon Farms recibió más de 12.000 millones de pesos desembolsados por el banco estatal, pero hace unos días fue autorizado para acogerse al régimen de insolvencia (Vea el documento). Es decir, la platica se perdió. En 2008, el Estado le había regalado otros 240 millones como Agro Ingreso Seguro por coberturas cambiarias (Vea el documento). Al año siguiente recibió 371 millones por incentivo sanitario (Vea el documento).

La planilla de recaudos de la campaña de Arias muestra que el mayor accionista individual de Falcon Farms, el señor Jaime Mauricio Restrepo Arango, le donó 10 millones de pesos a la campaña de Arias en un cheque de su cuenta personal del Bbva. (Vea la donación).

El agradecido señor Restrepo también controla Flores La Virginia, que le debe otros 1.460 millones de pesos al Banco Agrario. (Vea el documento).

También es donante de la campaña de Arias -con cheque de un millón de pesos del Hsbc- el señor Arturo Harker Borda (Vea la donación), quien, a través de sociedades familiares y participación propia, controla el 40 por ciento de Tinzuque S.A. Sus socios son compañías panameñas cuyos accionistas están protegidos por el velo societario de ese país. Tinzuque le debe casi 5.000 millones al Banco Agrario. (Vea el documento).

El señor Harker Borda tiene intereses también en Flores Tikiya S.A., que le adeuda otros 1.500 millones de pesos a BanAgrario, y en Flores Chusacá, que debe algo más de 1.000 millones de pesos. (Vea el documento).

Muchos floricultores usaron apropiadamente las ayudas del Estado. Salvaron sus empresas y el empleo de miles de trabajadores. Sin embargo, otros empiezan a protagonizar llamativas quiebras.

Lo que queda claro, por encima de cualquier duda, es que los mayores morosos de los créditos de BanAgrario aportaron a través de accionistas y directivos a la campaña de Andrés Felipe Arias.

martes, 12 de octubre de 2010

Un calvario de 48 horas

Por Adolfo Ochoa Moyano (Reportero de El país).
Ganador del premio Simón Bolívar
Domingo, Septiembre 20, 2009

Una mano diminuta se cierra sobre mi muñeca izquierda, haciendo que me detenga en el acto. Cuando me vuelvo a mirar quién es, mi corazón se aprieta. Se trata de una niña de 12 años, máximo. Lleva el cabello castaño recogido con una cola de caballo, adornada con chaquiras de varios colores.

Trae puesta una camiseta blanca, con manchas secas de pegante en el pecho. No me mira a la cara. Mantiene los ojos clavados en el suelo y con esa vocecita que a esa edad sólo debe servir para decir palabras como amor, papá, abuela, regalo, me dice “deme dos lucas ($2.000) y le hago lo que quiera”.

Detrás de la niña veo a varios adultos fumando bazuco. Seguro entre ellos está su madre esperando el éxito en la transacción. Siento asco.

Me libero y actuando de la forma más apacible que puedo le digo que no traigo dinero. Me atrapa de nuevo y me hace una contraoferta: “Al menos deme marihuana o algo para meterme”.

El mundo gira más rápido. “No, no tengo nada”, atino a decir y emprendo la huida tan rápido como puedo, pero la pesadilla no está sólo allí. Está en todos los lados hacia donde miro.

Me parece inverosímil que en ese sector, más pequeño que cualquiera de los centros comerciales de la ciudad, se aglutinen tantos dramas que parecen sacados de un libro de terror. Ante mis ojos desfilan niños armados con cuchillos y pistolas hechizas, abuelitos que guardan monedas en el ano para que no los roben mientras duermen. Pequeñas que venden sus cuerpos antes de que se les alcancen a desarrollar.

Nunca supe cómo se llamaba la niña. Pero, horas después ‘Zeta’, un antiguo jíbaro del barrio El Calvario, me explicó que ese es solamente uno de los cientos de casos de prostitución infantil. Me dice con desparpajo que eso es tan común como si en lugar de ofrecerme sexo me hubiera ofrecido uno de sus juguetes. “Cosa de todos los días”, sentencia, “la vida acá es así de ‘hijuep...’”.

Adentro, la jungla

Tengo miedo pero me lo trago. Estoy de pie en la entrada de El Calvario, una de las zonas marginales de la ciudad que más incertidumbre produce entre la gente, tanto por su misterio como por el aura de peligro que la rodea siempre.

Faltan 28 horas para mi encuentro con la niña. Ahora mismo mi misión periodística es entrar en la oscura barriga del monstruo que es la indigencia en Cali. Fingir que soy uno de ellos. Zambullirme para vivir en carne propia, durante dos días, ese problema feroz que es como un cáncer que ya hizo metástasis.

Las calles de El Calvario huelen a humo, a basura y a estiércol. Huelen a miedo y a desesperanza. En el aire viajan partículas de bazuco que ahogan los pulmones desacostumbrados.

Con el primero que me topo es con ‘Zeta’. Me dicen que es de confianza. Que es otro muy diferente a aquel ser violento que impuso su ley en la zona, a fuerza de sangre y fuego. Pero que aún conserva algo del respeto que le tenían. Siento que a su lado estaré seguro.

Es lunes y no tengo idea de qué hora es. No llevo reloj, celular ni dinero. Soy un habitante de la calle sin más pertenencias que la ropa que traigo puesta, pero hasta eso es susceptible de ser robado. Me aterra lo vulnerable de mi situación. Dependo de ‘Zeta’, mi vida está en sus manos.

‘Zeta’ y yo estamos sentados en el Hogar de Paso de los Samaritanos de la Calle. Acá limpian y alimentan a los indigentes. Les sacan pulgas, piojos,

garrapatas y hasta gusanos que se les comen la piel y la carne. Incluso

les enseñan a leer y a escribir, les ofrecen otra oportunidad. Este oasis es mi última parada antes de entrar a ese purgatorio de almas perdidas.

De entrada, ‘Zeta’ me señala la zona roja, el lugar que debo evitar por ser nuevo. El gesto que hace para delimitar esa línea imaginaria que determina si vivo o muero me produce una punzada en la parte de atrás de la cabeza.

Levanta la mano derecha y haciendo un perfecto círculo en el aire me dice “a alguien como usted, que nadie conoce, no le conviene meterse solo por allí. Además, tiene la piel muy blanca y le faltan chambas (cicatrices)”.

“A usted lo dejan sin pantalones donde se asome por allá”, agrega ‘Equis’, otro habitante de la calle, que ni siquiera levanta la mirada hacia mí. Resopla cansado. Su aliento mortecino me alcanza y es como si el olor sirviera para acentuar sus palabras de alerta.

La primera regla que me enseñan es que allá todo se mueve con drogas. La mirada perdida de la niña que me pide que la use para poder narcotizarse les dará la razón más tarde. La droga determina quién vive o muere. Pone y quita ‘reyes’. ‘Zeta’ me mira con una sombra de desilusión y me recuerda que si ese ‘hueco de mierda’ existe es por culpa de la droga, de nada más.

En los barrios El Calvario y Sucre, separados apenas por la Carrera 15, las ollas de expendio de drogas son tantas que el simple intento de cálculo marea.

En una sola cuadra se pueden contar hasta ocho casuchas que esconden en su interior kilos del alucinógeno que se requiera, el que sea: pastillas medicadas, éxtasis, heroína...

Le pregunto a ‘Zeta’ si ante semejante oferta los únicos clientes son los mendigos. No me dice nada, pero con un gesto me indica que mire hacia la esquina de la Carrera 15 con Calle 10.

Veo parqueado un Chevrolet rojo. De pronto, un chiquillo de unos 13 años atraviesa veloz la calle y llega a la ventanilla del conductor. Regresa corriendo y lo pierdo de vista. Segundos después vuelve al vehículo con un paquete bajo el brazo. Lo entrega y el carro se va. Comprendo que los clientes también son de saco y corbata.

‘Zeta’ me explica que la oferta de sustancias ilícitas es absurda en El Calvario y Sucre. Reitera que todo lo mueve eso, la droga. Y es que los precios son absurdos. Una dosis de heroína, que en otros puntos de la ciudad puede costar $25.000, en las calles de El Calvario vale sólo $5.000. Una pepa de éxtasis no pasa de $4.000. Diez veces menos que en una rumba electrónica.

Desde luego, el ‘plato fuerte’ del sector es el bazuco. Es el que más rápido se vende. La mayoría de los habitantes de la calle están enganchados a ese polvo amarilloso, parecido a la leche en polvo, que a ellos mismos asquea, pero sin el que algunos ya no pueden vivir.

Los responsables de la masiva demanda de ese alucinógeno en el sector son los jíbaros. Primero, porque los precios son ínfimos. Cada papeleta se puede conseguir en $300, lo mismo que una pastillita de caldo para sopa.

Y segundo, porque cada expendedor se encarga de agregarle cuanta sustancia se le ocurre para hacer su efecto menos duradero y así vender más dosis. El bazuco que no es más que sobras de base de coca es mezclado con cal, talco para pies, harina, cemento y ladrillo.

Por eso, no es raro recorrer el barrio y toparse con personas raspando las paredes con desespero. Buscan sentir en su cuerpo un poco el efecto de una dosis de bazuco que ya no pueden pagar y ese polvillo de cemento o cal es el único reemplazo que encuentran.

Pero, aunque la práctica de rebajar el alcaloide es común, en unos expendios es más puro que en otros y esa diferencia se conoce bien allá adentro.

Cada olla entrega su mercancía en un papelillo estampado con su propia marca. Hay bazuco de ‘Nemo’, la Z, los ‘Escorpiones’, ‘X- Men’. Pero, ‘La Araña’ es la más conocida. Es legendaria.

Rodrigo, un indigente caucano enorme, con sólo dos dientes negros en la boca y medio pulgar en la mano derecha, recuerda que hace algunos años apenas ‘La Araña’ era una gota de agua en el desierto.

Señala, con un dedo llagado que supura agua-sangre y pus, hacia una casa de tres plantas y me explica que en el pasado ese sitio parecía la salida de un estadio. Me dice que había filas de mendigos de hasta tres cuadras. Allí era el expendio oficial del mejor bazuco de El Calvario. Las disputas afloraban por lo incontrolable de la situación y en no pocas ocasiones los conflictos terminaban con machetazos en la cara, puñaladas en el estómago o un disparo en la cabeza.

El hervidero de personas llamó la atención de las autoridades que allanaron el sitio y se llevaron consigo la mercancía. Para evitar una nueva incursión de ‘la ley’ en esa zona, y como una alternativa para mantener el negocio, llegó la descentralización.

Carlos, quien por esos días era expendedor de ‘La Araña’, explica que entregaba, a quien tuviera cómo pagarla, lo que se llama una panela. Es decir, una caja del tamaño del endulzante, llena con 20 paquetes que a su vez contienen 20 papeletas de bazuco. Pronto, muchos consumidores pasaron a ser los nuevos jíbaros.

Cuenta Carlos que ellos compraban las panelas a un contacto de fuera del barrio a $100.000 cada una y las vendían a $160.000. Ganancia fácil de conseguir para muchos de los habitantes del sector quienes son hábiles ladrones, jaladores de carros, y apartamenteros.

Carlos sonríe al recordar esos días de bonanza. Las pupilas le brillan al contarme que a eso de las 11:00 a.m., después de trabajar sólo dos horas, ya se había ganado $150.000. Una pequeña fortuna en una zona donde una noche en una habitación vale $3.000. Una onza de marihuana, $2.000. Un buen par de botas, $3.500 y una sábana para el frío, $700.

Otros precios de artículos de ‘primera necesidad’ en el Calvario caleño son: un rollo de papel higiénico vale $400. Una caneca de aperitivo de aguardiente $1.300. Un jean, $1.000. Un almuerzo $1.200.

Carlos comenta que los jíbaros camuflan la droga en las carretas de reciclaje, en colchones viejos, en bibliotecas de madera, en tarros de leche, en la ropa usada.

Pero, “¿quién tiene el poder para inundar el barrio con tanta droga?”, me animo a preguntar. Carlos deja de sonreír. Se encoge de hombros y sólo me responde, poniendo el dedo amarillo y ampollado sobre sus labios, que esas cosas es mejor no saberlas.

Hacia abajo en la jerarquía también hay ganancia. Una persona que haga las veces de campana, es decir, que anuncie a tiempo la presencia de la Policía, puede ganar al día $10.000.

Me topo con un niño. Es pequeño y camina como dormido. Tiene telarañas de pegante en la comisura de los labios. Lleva puesta una camiseta azul de un equipo de baloncesto. En su mano derecha lleva un enorme cuchillo. Camina hacia una olla tambaleándose. Ya ‘Lenin’, otro indigente, me ha advertido sobre los niños.

Y es que en esa zona donde todo el mundo es peligroso, los más temibles, quien lo dijera, son los menores de edad. Salen como pirañas, ‘limpian’ a su víctima en segundos. Temo un ataque pero voy bien escoltado. La ley de esa jungla es no atacar a los tuyos.

Como si la advertencia de ‘Lenin’ necesitara reforzarse, al final del callejón, justo frente a mí, media docena de menores se trepan como micos a la parte trasera de un camión que transporta quién sabe qué.

Los menores se cuelgan de la lona e intentan robar la carga. El conductor acelera tanto como puede y los niños se lanzan a tierra con las manos vacías. Minutos después paso a su lado y ellos me escudriñan de arriba abajo. Por suerte, voy bien acompañado.

El peso del mundo a cuestas

El Calvario es un infierno y las llamas son la droga. Adentro hay personas que en un solo día pueden consumir hasta cien sobres de bazuco. Sin comer, sin dormir, sin ir al baño. Sólo ‘soplan’. Solamente salen de allí cuando escasean los alcaloides y es hora de comprar más.

Entre ellos es común que haya niños. De esos niños peligrosos. Hijos de alguien. Niños de la miseria que crecerán allí y, por devastador que suene, morirán allí sin haber estudiado, sin celebrar la Navidad bajo un techo, con toda la familia, sin pasar una tarde de domingo elevando una cometa.

Y es que la adicción a esta droga no conoce límites. Para conseguirla, en El Calvario hay centenares de madres que prostituyen a sus hijos apenas alguien los encuentra atractivos. No importa qué edad tengan, no importa de qué sexo son. Así, los cuerpos de niñitas flacas y mocosas son ofrecidos por sus familiares al mejor postor. Las pequeñas también son adictas y la prostitución es una forma de sobrevivir. Las drogas les evitan sentir hambre o sed. Las drogas lo suplen todo. Hasta hacen crecer callos en el corazón.

Algunas terminan tan gastadas, tan poco apetecibles, tan destruidas por dentro que es fácil verlas con apenas hilachas de ropa encima, con más huesos que carne, raspando paredes para oler lo que sea. Pienso en ella. La niña de las chaquiras en el cabello.

Cambio de tema. A ‘Lenin’, que le dicen así por sus constantes discursos comunistas, le pregunto si la leyenda del hombre que vendió sus muelas a estudiantes de odontología por $5.000 cada una es verdad o si sólo es eso, una leyenda.

Se echa a reír de buena gana y me dice con una sonrisa sin dientes pero cómplice “un diente, un riñón, un hijo... Aquí se vende o se roba lo que sea por meter, mijo. La única razón de vivir de muchos acá es la droga”.

‘Zeta’ va más allá. Me cuenta que la principal razón de la violencia es, realmente el consumo. A veces un simple empujón o una pisada descuidada a un adicto deriva en puñaladas o en un machetazo en medio del rostro.

En los últimos años la situación se ha vuelto aún más peligrosa porque a este infierno han caído desmovilizados de las AUC y de las Farc.

‘Caregato’ me asegura que él patrulló con los ‘paras’ en el Meta hace años. Esa es la razón por la que está en la calle. El bazuco era la fórmula mágica para vivir con el remordimiento de haber asesinado campesinos inocentes.

Cuando llegó a El Calvario, hace tiempo ya y empezó ganarse la vida como jíbaro, se hizo a una reputación liquidando sin contemplación a cualquiera que tuviera una deuda de drogas con él.

Sin alterarse recuerda cómo degolló a una mujer a la que le fió una panela y luego no le quiso pagar.

Él mismo se encargó de desaparecer el cuerpo. Lo desmembró en su casa y luego envolvió las partes cercenadas en bolsas plásticas que un reciclador cargó en su carreta hasta el río Cauca. Ese mismo procedimiento se repitió una y otra vez.

Pero, no solamente por problemas de droga la gente muere en El Calvario. De hecho, se podría decir que la vida humana vale menos que la de un animal. ‘Zeta’ me cuenta que en una oportunidad se tropezó borracho y se fue de bruces. Infortunadamente su caída fue amortiguada por un perro que cruzaba por el andén. Al día siguiente el can apareció muerto y sus dolientes no dudaron en dispararle ocho veces a ‘Zeta’, como retaliación. Dice que si está vivo es porque Dios así lo quiso.

A ‘Pancha’, una lesbiana que habita la calle hace más de diez años, su pareja le abrió la garganta con una puntilla porque no quiso regalarle $3.000 para un pan. No es exageración. En El Calvario un pan vale más que una vida.

Horas más tarde, después de dejar atrás el barrio y ya boca arriba en mi cama pienso en ellos. En ‘Zeta’, en ‘Caregato’, en ‘Lenin’. Cada frase que me dijeron me hiere como un puñal. Cada rostro de un niño drogado me impide cerrar los ojos.

La dulce voz de la pequeña ofreciéndose por míseros dos mil pesos me hace preguntarme si acaso Cali es una ciudad ciega, sorda y muda. Intento explicarme cómo es posible que todo esto que viví ocurra a 140 pasos del Palacio de Justicia, a cuatro cuadras de la Iglesia de Santa Rosa, al lado del barrio Alameda. Qué ironía.

Una frase que me dijo ‘El filósofo’, un viejo zorro que cayó en desgracia hace ya varias décadas, me da vueltas en la cabeza: “A veces pienso que si ponen una bomba en las cuatro esquinas de este lugar y lo vuelan lo único que se perdería sería la dinamita”.

Cierro los ojos y las imágenes vuelven de nuevo. ¿Quién puso el peso del mundo sobre mis hombros? Niñas prostitutas, bebés asesinos, cuerpos desmembrados por una deuda de $5.000. Ya no lo puedo soportar más. Me doy vuelta en mi cama y desolado, rompo a llorar.

martes, 28 de septiembre de 2010

El niño, el buitre y el cerdo

Por Sergio Ramírez.
Jueves 14 de septiembre de 2006

Por Kevin CarterQuizás no hay otra fotografía más famosa en el mundo contemporáneo que aquella de Kevin Carter, con la que ganó el Premio Pulitzer en 1994, en la que un buitre vigila pacientemente a un niño agonizante de desnutrición en algún tramo del desierto del Sahara, en Sudán. Nunca se ha dejado de discutir sobre esa foto en los cónclaves de defensores de los derechos humanos y en las escuelas de periodismo, para buscar cómo dilucidar la posición ética del que tiene que informar. Se aprovecha del horror, o lo evita. Ahuyenta al buitre, o toma la foto.

Niño y cerdoY hay otra, no menos dramática, tomada en las vecindades del volcán Casitas, en el occidente de Nicaragua, después de que el huracán Mitch devastó al país en 1999. En el mar de lodo que quedó después del alud que bajó del volcán, el cadáver de un niño desnudo es acechado por un cerdo. Igual que el niño agonizante y el buitre, no hay nada más que ellos dos en la foto, el niño muerto y el cerdo. Con la memoria de esa foto cierro mi novela Mil y una muertes, que tiene por personaje precisamente a un fotógrafo.

Por Chris AndersonPero hay una última de este mismo año, que difiere de las anteriores. El fotógrafo Chris Anderson carga sobre sus espaldas a una anciana desvalida, para evacuarla de la aldea de Aitaroun, en Líbano, que se halla bajo el fuego de la artillería israelí, mientras otra anciana camina trabajosamente a su lado. Aquí su opción fue distinta. Prefirió ayudar a la anciana que tomar su foto entre los escombros, abandonada a su suerte.

No es tan sencillo afirmar que se trata de dos propuestas contradictorias, una que es ética y la otra no. Hay quienes dicen, para paliar la imagen de insensibilidad que pesa sobre el fotógrafo Carter, que tras conseguir la foto ahuyentó al buitre y sacó al niño del escenario, pero esto tampoco resuelve el problema. El gran debate regresa a su punto de origen, y tiene que ver con el papel de quien se halla en el lugar de los hechos para informar. Y tiene que ver también con el papel del artista frente a su modelo. ¿El buitre es el que está en la foto esperando la muerte del niño, o el buitre es el fotógrafo, un buitre profesional? El artista, que como ha dicho Vargas Llosa, vive de la carroña.

Flaubert defendía la absoluta neutralidad de ese artista que se topa de pronto con una composición plástica que le ofrece la propia vida, y no puede despreciarla. No opina sobre ella, no entra a hurgar en sí mismo acerca de la justicia moral de lo que contemplan sus ojos. Ve la oportunidad de consumar su papel de artista, nada más. Sólo ve "motivos o pretextos de la naturaleza rica en variedades de crueldad y maravilla, destinados al ojo".

En Mil y una muertes, Castellón, mi fotógrafo, oculto tras las cortinas de una ventana, retrata el cadáver de su hija y de su yerno que acaban de ser acribillados a tiros en la calle por la Gestapo, cuando están por ser conducidos al gueto de Varsovia. El niño Rubén, su nieto, se ha quedado contra un muro, aturdido por el terror, y también sale en la foto.

La neutralidad, como generadora de arte, y por tanto de belleza, que derrota a los sentimientos, o los congela. Porque lo terrible también es bello, si es capaz de conmover. Si el artista ahuyenta al buitre, o al cerdo, y los saca de cuadro, no hay obra de arte. Si el anciano fotógrafo que atisba desde la ventana baja corriendo al oír los disparos antes de tomar la foto, la magia de que es capaz el artista desaparece.

Anderson se perdió de tomar la foto de una anciana desvalida entre las ruinas de lo que hasta hacía poco había sido su hogar, pero en cambio otro fotógrafo encontró su propia oportunidad al retratar a Anderson cargando a la anciana. La piedad, queda visto, también es bella, como lo es el horror. Pero es la piedad registrada por la cámara, que en términos de arte no existiría sin ese registro. Y más allá de la neutralidad que impide escoger entre tomar la foto o no tomarla, el grito de dolor de Castellón será, precisamente, esa foto. ¿No es ésa su manera de involucrarse?
¿Se trata, entonces, realmente de insensibilidad? ¿Quién dice que una imagen de esas, la del niño frente al buitre, o frente al cerdo, no va a ser multiplicada en todo el mundo, y tendrá consecuencias de advertencia acerca de los abismos de injusticia que en lugar de cerrarse, se abren cada vez más? Una foto es capaz de decirlo todo. El niño no representaría esa advertencia solo. Necesita a su lado al buitre.

La belleza siempre está contaminada, nada ocurre por separado. El cuchillo tiene un doble filo igualmente cortante, uno para la crueldad, otro para la compasión. "En el destrozado cementerio se veían esqueletos casi podridos mientras los árboles balanceaban sus frutos dorados encima de nuestras cabezas. ¿No sientes lo completo de esta poesía y cómo supone una gran síntesis?", dice Flaubert en una carta a Louise Colet.

El niño y el buitre, el niño y el cerdo. El padre frente al cuerpo de su hija asesinada. El olor de los azahares junto al olor de los cadáveres, el gusano en la rama florida, pero los dos filos en armonía dentro del todo que es el cuchillo mismo.

Al fin y al cabo, el artista no es responsable del horror. No lo produce... Y no puede dejar de hacer su oficio, que es registrarlo.

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