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lunes, 11 de diciembre de 2017

La función social de la investigación

Por Cecilia Restrepo Neira y Adolfo A. Abadía.
Publicado en Unicesi Investiga No. 3, 2017 (p. 38)

El conocimiento está considerado como la mayor riqueza de la humanidad. Una riqueza que transforma realidades y que, generado a través de la investigación, evoca procesos de creación, de reestructuración, de reflexión, de impacto, entre otros factores que convocan la solución de problemáticas de índole social que aborda diferentes contextos.

En este sentido, actualmente, se pide a las universidades que generen conocimientos que sean útiles para la sociedad a través de procesos investigativos. Esta demanda modifica la relación academia y sociedad, concientizado a las universidades ha generar proyectos que reconozcan la función social de la investigación, y que permitan abrir espacios de transferencia para la búsqueda de soluciones a problemáticas sociales que transformen la realidad en un sentido de justicia y bienestar social.

En consecuencia, es posible advertir que la primera y principal función social de la investigación universitaria está relacionada con la connotación que arrastra consigo el concepto de lo social. Es decir, lo social como ligado a la sociedad, lo que imprescindiblemente, evoca el aporte de soluciones a problemáticas y necesidades que preocupan a nuestra sociedad, así como a los beneficiarios directos vinculados a los diversos proyectos de investigación.

A su vez, esto implica considerar el componente ético de la investigación en todas las etapas del ejercicio investigativo, no solo por el vínculo directo con los seres humanos, sino también por los imprevistos que se pueden generar sobre el ambiente. Es importante que los investigadores en las universidades sean conscientes de todos los sujetos involucrados en sus proyectos y les concedan un lugar privilegiado como agentes colaborativos en la toma de decisiones durante el proceso y presentación de resultados.

Una segunda función social concierne al componente de formación de la investigación, y está asociado a la participación e iniciación científica de estudiantes. En consecuencia, la generación de nuevo conocimiento no solo busca llenar vacíos o generar nuevas líneas de investigación, sino también nutrir y actualizar los conceptos, métodos y teorías que se manejan en las aulas.

Finalmente, una tercera función social de la investigación compete, inevitablemente, a los investigadores mismos. Aunque por lo general suele pasarse por alto este punto, no cabe duda que en primer lugar el compromiso social de los investigadores es consigo mismos. Su capacidad de reflexión y análisis crítico, y de curiosidad para abordar un problema o innovar en un enfoque, debería ser el motor de todo investigador. Son este tipo de factores los que están asociados a la vocación del investigador y a la pasión que imprime en su ejercicio como agentes transformadores de realidades.

Para finalizar vale la pena reflexionar sobre la difusión y comunicación de los resultados, debido a su capacidad de determinar los alcances que se pueden esperar del ejercicio investigativo. Si bien el conocimiento científico tiene como ventaja un lenguaje preciso, que da poco espacio a ambigüedades, muchas veces es concebido como oscuro e ininteligible para un público más amplio que la comunidad académica al que está dirigido. Esto sugiere, además, que la función social de la investigación está relacionada con la habilidad de traducir el conocimiento científico a un lenguaje que pueda ser comprendido y apropiado por un público distinto al lector especializado.

martes, 7 de noviembre de 2017

Modelo de medición de homicidios de Rodrigo Guerrero en Cali: ¿Gobernabilidad sin gobernanza?

Por Diana Vinasco.
La diferencia entre la gobernabilidad y la gobernanza está determinada porque en la primera una persona logra promover una idea con la mayor cantidad de adhesiones y con la menor cantidad de críticas. En la segunda, convergen múltiples ideas de todos los actores involucrados tomando decisiones a través del consenso.

En el año 2014 el entonces alcalde de Cali Rodrigo Guerrero (2012-2015) recibió el Premio Roux, otorgado por la Universidad de Washington en Estados Unidos “por la creación del método de registro científico para reducir las tasas de muertes violentas” (Alcaldía de Cali, 2014), que había creado en su anterior gestión como alcalde de la misma ciudad entre 1992 y 1994. El método consistió en determinar, a través de información suministrada por diversas entidades estatales, los factores desencadenantes de las muertes violentas en Cali, contribuyendo de esta manera en la aplicación de estrategias que combatieran dichos factores disminuyendo así las cifras de homicidios.

Mientras Guerrero era premiado en el extranjero y su estrategia recibía apoyo del gobierno nacional, en Cali le llovieron críticas por recibir un mérito difícil de percibir, pues para muchos la violencia, la delincuencia, el miedo y la percepción de inseguridad dentro de la ciudad, crecían inversamente proporcionales a las cifras que Guerrero exhibía afuera. En ellas se evidencia que efectivamente, en sus dos periodos como mandatario local la tasa de homicidios descendió (ver tabla 1 y 2).





Ante la pregunta de ¿Por qué mientras las evidencias reales de violencia cedían, en Cali nadie celebraba? Los críticos del alcalde plantearon varias explicaciones. Se argumentó que la alcaldía acomodaba las cifras a su conveniencia, que la reducción de 15% era un simple número o una cifra muy baja que no representaba cambios en la realidad o que las fluctuaciones en las tasas de homicidios obedecían más a las dinámicas del crimen que a la aplicación de una estrategia científica (Salazar, 2012; 2014).

Independiente de la veracidad de estos argumentos, se podría analizar este asunto a partir de la gobernabilidad y la gobernanza, indagando si es posible que en este caso específico el alcalde Guerrero allá acudido a una fórmula con la que pretendía garantizar su gobernabilidad en la ciudad, pero cuyo divorcio de la ciudadanía reducía su gobernanza. Para ello se puede tener en cuenta lo que afirma Joan Prats sobre este tema:

Por gobernabilidad [se] entiende la cualidad conjunta de un sistema sociopolítico para gobernarse a sí mismo en el contexto de otros sistemas más amplios de los que forma parte. Esta cualidad depende del ajuste efectivo y legítimo entre las necesidades y las capacidades de gobernación. Este concepto de gobernabilidad no contempla las necesidades como algo perteneciente a la sociedad y las capacidades como algo perteneciente al gobierno. La capacidad de gobernar de un sistema está claramente conectada a sus procesos de governance y de gobernación. Sin un ajuste efectivo y legítimo entre las necesidades y las capacidades no puede existir gobernabilidad. Pero este ajuste depende de las estructuras de governance y de los actores de gobernación. Las necesidades y las capacidades se construyen socialmente y el resultado final depende de la estructura institucional o fábrica social y de los actores. (Prats, 2005, p.138)

La nueva forma de medición implantada en los años noventa podría ser catalogada como un paso en la gobernabilidad de la ciudad, pues hasta la llegada de Guerrero las cifras de homicidios eran ambiguas y no existía un método confiable para determinar sus causas. El método en cuestión supuso aumentar las capacidades de la estructura institucional en cuanto al mejoramiento de estadísticas que permitían un replanteamiento en las estrategias de las autoridades encargadas de la seguridad. Sin embargo, estas estrategias estaban construidas “desde arriba” sin tener en cuenta lo que Prats denomina un “ajuste efectivo y legítimo entre las necesidades y las capacidades”. Si se tiene en cuenta lo señalado por el autor, el modelo de medición habría desconocido las capacidades que podían tener los ciudadanos para aportar en el mejoramiento de la seguridad, y a su vez, que estas capacidades podían suplir las necesidades de la alcaldía en la disminución de la violencia.

Teniendo en cuenta lo anterior, se podría pensar que, aunque el método implantado por el exalcalde se reflejaba como exitoso en las cifras de reducción de homicidios, este no tenía por qué redundar en mejoras de la percepción de inseguridad de la ciudadanía ni en una mayor aprobación de la gestión del alcalde, pues aunque la reducción pudiera significar una mejor imagen de la ciudad para el país, su método no representaba beneficios evidentes o inmediatos para la ciudad, ya que pasar de una cifra de 1900 a 1600 muertos no significaba un cambio social sustancial.

Más que una conclusión definitiva sobre las diferencias entre el éxito del modelo de Rodrigo Guerrero fuera de la ciudad y su fracaso para cambiar la percepción dentro de ella; lo que se ha pretendido aquí es ampliar el debate sobre la efectividad de los gobiernos locales en la implantación de estrategias de seguridad que pueden permitir reducir la mala imagen de las ciudades pero no mejorar el bienestar de los ciudadanos. En ese sentido, la alcaldía de Rodrigo Guerrero, al no incluir la gobernanza en su fórmula para reducir la violencia en la ciudad, no constituiría tampoco un modelo de gobernabilidad, pues tal como afirma Prats, las capacidades se construyen involucrando tanto a la estructura institucional como a los actores sociales. El actor social que fue dejado por fuera en la toma de decisiones sobre la seguridad de la ciudad fue precisamente la ciudadanía, lo que podría explicar la falta de aceptación y los cuestionamientos al premio otorgado a Guerrero. Tal vez un poco de gobernanza hubiera permitido que el premio incluyera, además, una disminución en la percepción de inseguridad, es decir, un mayor consenso en cuanto a las ideas que promovia.

Bibliografía
Alcaldía de Cali (2014). Alcalde gana Premio Roux por abordar la violencia como crisis de salud pública. Recuperado el: 26 de agosto de 2017. Consultado en:

Concha-East, Alberto; Espitia, Victoria E.; Espinosa, Rafael y Guerrero, Rodrigo (2002) La epidemiología de los homicidios en Cali, 1993-1998: seis años de un modelo poblacional. Revista Panamericana de Salud Pública. 2002, vol.12.

El País (2016). El mapa de la muerte: 15 años de homicidios en Cali. Recuperado el: 26 de agosto de 2017. Consultado en:

Prats, Joan (2005). De la burocracia al management, del management a la gobernanza. Madrid: Instituto Nacional de Administración Pública.

Salazar, Boris (2012). La seguridad en Cali: de la indiferencia a la resignación. En: El observador Regional, Cali: CIDSE.

Salazar, Boris (2014). Lo que va de Washington a Cali: premio para el alcalde, violencia para la ciudad. En: Boletín del Observatorio de Realidades sociales, Nº 28. Cali: Arquidiócesis de Cali.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Principios de la teoría realista de la política internacional. Una reflexión de la obra de Morgenthau

Por Cecilia Restrepo Neira.
Estudiante de la Maestría en Estudios Sociales y Políticos de la Universidad Icesi

En el presente texto, realizo una descripción de los 6 principios que plantea el texto de Morgenthau (1986) Política entre las naciones: la lucha por el poder y la paz, acerca de la teoría realista. Posteriormente, identifico cómo se puede establecer una reciprocidad con algunos aspectos, respecto al planteamiento del texto de Celestino Arenal (1981) La génesis de las relaciones internacionales como disciplina científica.

Es importante destacar que Morgenthau es reconocido como el fundador de la escuela realista en las Relaciones Internacionales a mediados del siglo XX. En su texto, se hace evidente su pensamiento respecto a una política internacional basada en el poder, relaciones de tensión entre Estados, y si se quiere, entre individuos corriendo, con el riesgo que se solapen intereses personales, aludiendo así a una concepción de moral universal.

A continuación, se describen los 6 principios planteados desde la teoría realista de la política internacional:

1. La Racionalidad y la universalidad de las leyes: el realismo político supone que la política, al igual que la sociedad, debe obedecer a leyes objetivas que prevalecen en la naturaleza humana. De acuerdo a este principio, en términos de la política, es necesario separar la verdad de la opinión y es importante tener en cuenta que verificar los hechos no es suficiente para comprobar la realidad de los mismos y sus consecuencias. De esta manera, los hechos de la teoría internacional cobran sentido teórico.

2. El poder como un rasgo fundamental del concepto de interés: el interés definido en términos de poder, traza un camino para la política internacional e infunde un orden a la esencia de la misma. En este principio se hace evidente la articulación entre los hechos y la razón, haciendo énfasis en lo racional, en lo objetivo y no en lo emocional. Es decir, debe haber una distinción entre los intereses personales y el deber oficial de la política siguiendo la pretensión de distinguir entre la política y el político.

3. El interés en el poder como categoría: se legitima que el realismo asume el concepto de poder como elemento fundamental del concepto de interés, y entiende que este concepto es válido universalmente como categoría objetiva.

4. Tensión entre la moral y la política: el realismo político manifiesta tener conciencia de los preceptos morales que se encuentran en la acción política, y la tensión que se presenta entre éstos y la eficacia de la acción política. El juicio que se establezca de la acción política debe hacerse desde la mirada de una moral universal a la luz de los principios morales universales, puesto que un individuo puede exigir justicia, aunque el mundo perezca como lo indica el aforismo usado en el texto, y cada uno tiene una idea de lo implica dicha exigencia. Sin embargo, el Estado no tiene derecho a decir lo mismo, en nombre de quienes tiene bajo su cuenta. Un individuo puede sacrificarse así mismo, pero el Estado no puede interferir en la acción política de esta manera, por tanto, el realismo político considera la prudencia como la suprema virtud en política, puesto que le permite reconocer que no tiene el control total y debe llegar a acuerdos para mantener o alcanzar el poder.

5. Las ideas morales: en este principio, el realismo político se niega a dar un valor excelso a las pretensiones morales de una nación. Es decir, que no justifica que en nombre de la moral o de ideales morales, se ejecuten destrucciones de naciones y civilizaciones, y en este sentido establece una diferencia entre verdad y opinión, asimismo, como discrimina entre verdad e idolatría. Este principio destaca nuevamente la importancia del interés en términos de poder, como el concepto que nos pone a salvo de los excesos de la moral.

6. La autonomía: de este principio, es posible destacar 4 aspectos que, a mi juicio, son relevantes:

6.1. La concepción pluralista del realismo político: el realismo político reconoce al hombre como un sujeto económico, político, moral y religioso que converge en uno mismo como la combinación de diversas proyecciones humanas. Puesto que no tendría sentido un hombre que solo se encaminará hacia una proyección, el autor menciona que, por ejemplo, un hombre con una solo proyección política sería como una bestia, porque carecería de la proyección moral y no sería posible que tuviera control sobre su comportamiento.

6.2. La defensa por la autonomía: el realismo político mantiene la autonomía de su esfera política, pensando en el interés desde la concepción del poder.

6.3. La aceptación de la divergencia de pensamiento: acepta la existencia de otros parámetros de pensamiento diferentes a los parámetros políticos; sin embargo, tiene claro que no someterá dichos parámetros a los políticos.

6.4. El distanciamiento del realismo político de la aproximación legalista-moralista a la política internacional: el realismo político se aleja de otras escuelas de pensamiento, cuando propone una imposición de sus parámetros de pensamiento sobre la esfera política.

Cabe mencionar que el texto de Arenal y el texto de Morgenthau, convergen en un debate importante acerca de las relaciones de poder establecidas por los Estados, en la búsqueda de un equilibrio entre los extremos, representados en los conceptos claves: la guerra y la paz. Lo que en suma, genera una serie de conflictos y tensiones de todo tipo. Dicho equilibrio de poder, se convierte entonces en un actor fundamental de las relaciones internacionales, lo que implica que entre más grande y fuerte es el Estado mayor será su protagonismo. Las formas de posicionar el poder pueden adoptar un performance de violencia ocasionando guerras o también puede tomar vías diplomáticas. Es decir, la presencia de las negociaciones, acuerdos, entre otros, en búsqueda de (re)establecer un equilibrio, generando condiciones de paz, seguridad y orden, ya que la guerra amenazaría dicho equilibrio.

Por otra parte, para la comprensión de las dinámicas sociales del contexto internacional, es importante desde la perspectiva de las Relaciones Internacionales como una disciplina en interacción con otras áreas de conocimiento. En este sentido, desde el principio de autonomía, Morgenthau plantea la aceptación de la existencia de otras formas de pensamiento, lo que fortalece a las relaciones internacionales en su carácter científico y como una disciplina autónoma.

En este mismo sentido, plantea que las relaciones internacionales están representadas por esferas autónomas de acción, que para ser comprendidas dependían de un modelo teórico específico para la política internacional. En consecuencia, esto llevaría un cambio importante que impulsaría el desarrollo de la disciplina, teniendo como punto de partida la creación de un nuevo modelo teórico: el realismo político, Realpolitik. Asimismo, Arenal (1981) plantea: “El desarrollo de las relaciones internacionales como ciencia autónoma se inserta igualmente en esa dinámica que señalamos, configurándose como ciencia de la sociedad internacional, que busca superar planteamientos ya insuficientes y dar respuesta a los complejos problemas internacionales” (pág. 881).

De acuerdo a lo anterior, y siguiendo a Arenal, en la medida en que se requiera llenar un vacío de conocimiento acerca de los aportes y análisis sobre el poder, realizados desde otras ciencias sociales, se valida la importancia de la transdisciplinariedad para abordar y profundizar en las dinámicas de la sociedad internacional y de la política internacional.

Referencias Bibliográficas
Arenal, C. D. E. L. (1981). La génesis de las relaciones internacionales como disciplina científica, 2, 849–892.

Morgenthau, Hans Joachim (1986). Principios de la teoría realista de la política internacional tomado del texto de Política entre las naciones: la lucha por el poder y la paz. 11-25

viernes, 6 de mayo de 2016

Reflexiones acerca del poder soberano y la nuda vida

Por César Augusto Morantes.

Hablar sobre la sacralidad de la vida y del rol que ésta desentraña en la configuración de un orden social establecido. Identificar desde el valor que se le atribuye a la vida de los ciudadanos desde el estado. El objetivo que persigue en última instancia este documento es mostrar cómo desde el estado se crea la excepción para ejercer soberanía sobre los cuerpos y el papel de la ley en esa nueva configuración. Estos son algunos puntos que se abordan en el presente texto, se analiza el papel de la soberanía expuesta por Agamben en el documento Homo Sacer: el poder soberano y la nuda vida. Y de cómo la retórica de la soberanía es el centro del estudio de la biopolítica, área de investigación que explica el giro de análisis de la soberanía de los estados ya no sólo sobre los espacios geográficos, sino que se centra en la soberanía del estado sobre los cuerpos.

De esta manera, Agamben expone en el texto que en el estado moderno la vida humana ha sido despojada de toda significancia. Homo sacer hace alusión a esa pérdida que sufre el ser humano, ya que como lo muestra el autor, en la antigüedad romana existía un rito que le permitía a un hombre quebrantar la ley de asesinar sin tener la correspondiente pena jurídica por tal hecho. Pero con la implementación de la excepción como norma, a la vida se le es despojado de todo significado y valor, tanto lo sagrado y como lo humano, y sólo queda un ser que puede ser utilizado y quebrantado.

Hablar de soberanía del estado sobre los cuerpos, nos permite pensar y replantear hasta dónde llega el poder del Estado. Es en la excepción donde se hace más evidente ese poder del estado, por intervenir en la vida de los sujetos, en sus rutinas, en sus prácticas, condicionándolos, y usándolos como una herramienta para alimentar ese poder. La excepción no hace referencia sólo al marco legal-jurídico en el que entran los estados durante una crisis, sino que se constituye en la ley por fuera de la ley. Y es que como lo muestra el autor, “la excepción soberana (como zona de indiferencia entre naturaleza y derecho) es la presuposición de la referencia jurídica en la forma en la forma de su suspensión” (Agamben; 1998:34). Una creación que intenta ocultar las creaciones internas desde lo externo, y con ello, legitimar las acciones propias en un estado en crisis.

Es de suma importancia en esta línea de ideas, que en el estado de excepción el soberano determina en qué casos de estado de excepción aquello que estará fuera de la ley, como lo muestra Agamben “Yo, el soberano, que estoy fuera de la ley, declaro que no hay un afuera de la ley” (1998:27), y sin embargo, muestra la excepción como un afuera. Esta paradoja que muestra el autor, permite pensarse entonces cómo por medio de herramientas jurídicas se crea la excepción, permitiendo al soberano ejercer soberanía sobre el homo sacer. Es como de esta manera que “en la excepción soberana se trata, en efecto, no tanto de neutralizar o controlar un exceso, sino, sobre todo, de crear o definir el espacio mismo en que el orden jurídico-político puede tener valor” (Agamben;1998:31).

De la anterior cita y de acuerdo a lo planteado durante la sesión, surge la inquietud de sí la soberanía sobre los cuerpos como homo sacer, se puede apreciar únicamente en estados de excepción del estado (ejemplo: campos de concentración, cárceles para terroristas, o durante el periodo de la esclavitud), no sería posible rastrear al homo sacer en las otras formas en las que el estado ejerce soberanía en un territorio. ¿Se puede hablar de homo sacer sólo cuando se vulnera la integridad física de un individuo en excepción? ¿Puede la excepción tener otras formas y otros componentes aparte de la violencia física?¿Podría ser entendida la situación de pobreza que enfrentan algunas comunidades una forma de excepción?

Bibliografia
Agamben, Giorgio (1998). Homo Sacer: el poder soberano y la nuda vida. Pre-Textos

jueves, 3 de marzo de 2016

¿Cómo los medios de masas configuran formas de vida social e imaginarios?

Por Adolfo A. Abadía.

A la luz del texto de Lila Abu-Lughod (2005) Dramas of Nationhood. The Politics of Television in Egypt, me propongo a entender cómo los medios de masas configuran formas de vida social e imaginarios que permiten entender la idea de nación como un marco que definen (imponen) posturas ideológicas

La autora nos invita a mirar el impacto de la televisión en tanto a transmisor de mensajes, narrativas, imágenes y sentidos, en la vida cotidiana de los ciudadanos de una nación, como Egipto. Para ella, la televisión juega un importante rol en este proceso de configuración de un carácter hegemonizante del Estado-nación (Abu-Lughod, 2005). Para ello, la autora revisa el caso de Egipto y sostiene que su estudio se justifica por dos razones, principalmente, por un lado, la televisión puede dar cuenta de cómo se ha configurado el proceso de construcción de una cultura nacional, si se entiende como una institución; por otro lado, la televisión se ha involucrado en todo el proceso de construcción de nación y de sentimientos nacionales así como modelando imaginarios nacionales (Abu-Lughod, 2005).

Como antropóloga, su intención de fondo es hacer una etnografía del Estado(-nación) y para ello se ha propuesto rastrear cómo en Egipto se ha construido un imaginario de Estado-nación a partir de los medios masivos de comunicación, principalmente, la televisión. Por lo tanto, es importante partir de lo que se va a entender por estado-nación. Ella parte de la idea de comunidad imaginada (Anderson, 1991) y sugiere entender el Estado como un artefacto cultural. En este marco analítico, el Estado-nación constituye un modelo ordenador del día-día, y la autora lo ve cristalizado en las series que transmite los canales estatales de Egipto. Con esto en mente, metodológicamente, la autora propone una mirada articuladora, por un lado, de la circulación de sentidos, objetos e identidades culturales con perspectiva espacio-temporal difusa, y por el otro, de una etnografía multisituada identificando las conexiones con los "mundos" de la vida que se dan en diferentes lugares. Con esta propuesta, la autor intenta desentrañar las relaciones de las vidas particulares dentro de un sistemas más amplio (Abu-Lughod, 2005).

Dicho lo anterior, la autora reconoce que la televisión, mejor dicho, los programas y películas transmitidos por los canales nacionales, sus estrellas (actores/as) ofrecen formas de cómo naturalizar la nación. Lo que ocurre, por un parte, en la medida en que el ritmo de la cotidianidad se ve organizada según los tiempos de estos programas y por otra parte, porque trata preocupaciones nacionales "palpables": escándalos, corrupción, violencia, entre otros, articulando asuntos de orden estatal y religioso. En todo caso, la lógica detrás del asunto consiste en que por medio la televisión se imponen formas que modelan los componentes que inciden en la configuración ideológica de una nación.

Me causa inquietud, o más bien curiosidad, que la autora no registre (ni en la bibliografía) un texto como Homo Videns. La Sociedad Teledirigida (1997) o La opinión teledirigida. Videopolítica (1998) del italiano Giovanni Sartori (1997), quien aborda la relación de la televisión en su vínculo con la política y la construcción de ciudadanía, haciendo hincapié en el contenido que se transmite que condiciona el vivir y el convivir. Aunque Sartori se preocupa más sobre los tipos de contenidos (contenido/información frívola u objetiva) y cómo la televisión ha privilegiado el tipo de información que, el autor, entiende como carente relevancia “significante”. A esta conclusión llega el autor al advertir que la televisión ofrece un contenido que apela más al entretenimiento, distracción y diversión, que a la reflexión crítica. Lo que no debe constituir un asunto de desinterés pues, para Sartori, es la televisión, entre los demás tipos de medios de comunicación de su época, la principal fuente de información, es a partir de ella que los ciudadanos construyen su mirada sobre los asuntos cotidianos.

Lo que más me inquieta del asunto, es que para gran parte de la población que estudia el autor, la televisión es la única fuente de creación de opinión, para aprobar o desaprobar decisiones políticas. De esta forma, esta población solo puede opinar de la forma en que la televisión le induce (Sartori, 1998).

De ambas posturas, destaco su inquietud acerca de cómo la televisión (la cultura de la televisión como menciona Abu-Lughod, 2005) influye, tanto en la construcción de imaginarios, de símbolos, de identidades afín a un proyecto de nación particular, como en la determinación de los asuntos acerca de los cuales se opina, o al menos se tiene idea, en la cotidianidad social de los individuos que se constituyen como insumos para la toma de decisiones políticas.

Bibliografía
SARTORI, Giovanni (1998). “La opinión teledirigida. Videopolítica” [traducción al español por Valentina Valverde] en Claves de Razón Práctica, enero-febrero 1998, núm. 79.

ABU-LUGHOD, Lila (2005). Dramas Of Nationhood: The Politics Of Television In Egypt. (pags, 1-53, 111-134, 193-245)

ANDERSON, Benedict (1991). Imagined communities. London: Verso.

miércoles, 2 de marzo de 2016

¿Cómo etnografiar la realidad en la ilusión?

Por Laura Silva Chica.

Comprender cómo se viven las versiones de aquellos conceptos que estructuran nuestros sentidos comunes en la cotidianidad pareciera ser un asunto central para la etnografía. Más allá de ser un ejercicio que nos invita a descubrir qué hay detrás de la ilusión, es un camino que nos acerca a la realidad que hay en ella. Al pensar en lo que significa realizar una etnografía del estado, valdrá la pena entonces volver sobre aquellas narrativas y representaciones que se han edificado en cada uno de nuestros escenarios compartidos a propósito de éste. No son pocas las ocasiones en las que nos referimos al estado como una estructura ubicada sobre nosotros la cual está ahí para determinar y vigilar comportamientos. Sin embargo, si volvemos a él pensándolo como una idea, como un marco de referencia al cual recurrimos para establecer diálogos y concretar relaciones, como una humana ilusión, el campo de posibilidades se abre. En este punto vale la pena preguntarse entonces ¿Cómo etnografiar la realidad en la ilusión?

Íngrid Bolívar (2011) y Ángela Rivas (2011), nos invitan a reflexionar sobre la manera en que ha sido abordado conceptual y metodológicamente el estado. Ambas propuestas resultan de gran utilidad por cuanto nos presentan elementos centrales que deberíamos considerar al momento de proponernos etnografiarlo. En “El problema es la falta de estado”. La dificultad de etnografíar al estado, Rivas (2011) llama nuestra atención sobre los obstáculos y posibilidades que se nos presentan al intentar aproximarnos al estado como un sujeto de estudio. Su naturaleza elusiva y polisémica, aquella que nos impide delimitarlo, localizarlo y acotarlo, así como la tendencia a reificarlo son algunas de las principales dificultades. Ahora bien, sobre el cómo sortear este tipo de obstáculos, la propuesta de Rivas (2011), muy cercana a la postura de Bolívar (2011), será ir a la cotidianidad, al momento, sujetos y contextos sociales que producen o reproducen narrativas sobre el estado o en su nombre. Buscarlo en los efectos que produce, en los procesos de simplificación de realidades complejas que se atribuye (censos, políticas públicas, análisis estadísticos, etc.), o en la manera en que se lo alude, son algunas de las rutas que harán posible una etnografía del estado.

Sandra Patricia Martínez (2013) en su artículo Hacia una etnografía del Estado: reflexiones a partir del proceso de titulación colectiva a las comunidades negras del Pacífico colombiano, nos presenta el caso del proceso de titulación colectiva agenciado por los pobladores negros del Alto Atrato como una excusa para aproximarse al quehacer del etnógrafo del estado. Retomando algunos de los planteamiento realizados por autores como Abrams (1988), Gupta y Sharma (2006), Mitchell (1991), Hansen y Stepputat (2001), Nuijten (2003), Gupta y Ferguson (2002), entre otros, sobre la definición o aproximación metodológica a la comprensión del estado, Martínez vuelve sobre el caso del Consejo Comunitario Mayor de la Organización Popular Campesina del Alto Atrato –Cocomopoca–, para conocer las representaciones que la gente construye en torno al estado a partir de la interacción con los funcionarios a cargo de la implementación de la política de titulación de tierras de comunidades negras (Martínez, 2013). A través del análisis de las prácticas y representaciones de los miembros de Cocomopoca, Martínez (2013) da cuenta de cómo “el estado se presenta como una forma de organización social compleja, como una arena de regateo, cálculo y negociación entre actores diferencialmente situados”. Al volver sobre el estado como un artefacto cultural construido a partir de prácticas y representaciones sociales, de la interacción entre ciudadanos y funcionarios, la autora nos invita a comprender la realidad en la ilusión.

Referencias
Bolívar, I. (2011). “Prácticas disciplinares y promesas de la etnografía: redescubrir el estado”. En Margarita Chaves (comp.) La Multiculturalidad Estatalizada, pp. 49-66. ICANH

Martínez, S. P. (2013). “Hacia una etnografía del Estado: reflexiones a partir del proceso de titulación colectiva a las comunidades negras del Pacífico colombiano”. En: Universitas Humanística, no.75, enero-junio, pp. 157-187.

Rivas, A. (2011). "“El problema es la falta de estado” La dificultad de estenografiar el estado". En: Margarita Chaves (comp.) La Multiculturalidad Estatalizada, pp. 43-48. ICANH

martes, 1 de diciembre de 2015

La falla estatal: una discusión vigente

Por Jorge Enrique Figueroa Gómez.

Cuando uno se detiene a contemplar los modos de operación de ciertas naciones del primer mundo y de algunos organismos internacionales, se da cuenta que la discusión alrededor de la fragilidad estatal está vigente, inclusive con más ahínco en comparación con su contexto de emergencia. Pese a la inexistencia de un consenso entre pensadores, académicos y organizaciones sobre lo que significa un estado fallido o frágil, podemos señalar que un estado se considera de esta manera cuando sufre importantes déficits de autoridad, legitimidad y capacidad que le impiden alcanzar niveles óptimos de desarrollo, derechos humanos, paz y suministro de servicios básicos (Di John, 2010). Partiendo de este precepto, es importante preguntarse si es realmente útil hablar de estados frágiles, fallidos o débiles en nuestro contexto actual. Mi respuesta es: Sí. Y a continuación voy a explicar el por qué.

Para hablar de la utilidad de este concepto primero debemos preguntarnos para qué y para quién es útil. Como todo concepto, la fragilidad estatal tiene sus alcances y limitaciones. En este ensayo, quiero resaltar, precisamente, algunos alcances y limitaciones que nos ofrece esta forma de aprehender aquello que conocemos como el estado. En primer lugar, hablaré sobre el contexto de emergencia que pretende “justificar” el uso del término, llevándolo a un nivel de aceptación y vigencia en el contexto internacional. En un segundo instante, desplegaré algunos argumentos acerca de cómo esta aproximación se vincula con las diferentes expresiones de estados y la diversidad de formas organizativas de las sociedades. Finalmente, propongo una lectura a partir de lo expuesto anteriormente, señalando posibles caminos que permitan aprehender las “falencias” de los estados en los años venideros.

El fuerte y consolidado marco de trabajo que existe acerca de la falla estatal, sitúa esta discusión como un asunto de alta prioridad en la agenda global. Los años posteriores a la guerra fría, dejaron una sensación de amenaza permanente, especialmente en los estados occidentales, causada por la aparición de actos terroristas y variadas expresiones de violencia y criminalidad. Tales situaciones son consideradas como amenazas potenciales que pueden emerger en cualquier instante, causando caos y dolor. Para los estados occidentales fue muy fácil señalar que estos focos de inestabilidad se encuentran en los países sin estados fuertes. Éstos se consideran como lugares de fuertes brotes de conflicto armado y guerras civiles, o donde las instituciones estatales no cumplían sus funciones y estaban corrompidas.

Los estados del norte (Europa y Estados Unidos), el Secretario General de las Naciones Unidas y agencias multilaterales como el Banco Mundial, llamaron la atención sobre estos estados, denominándolos fallidos, por lo cual debían ser intervenidos para crear en ellos estructuras que permitieran la consolidación de un orden social estable, pacífico y democrático. Surgen de esta manera, una serie de intervenciones militares, un acaparamiento de las instituciones de gobierno, y también una intervención a nivel económico, que en muchos casos ha resultado en estructuras de oportunidad para el aprovechamiento de los recursos en tales territorios. Es así como la extracción de recursos se torna en una consecuencia perversa de la intervención internacional, que va mucho más allá de la contención de las amenazas globales al orden económico y político.

Para determinar cuáles son los estados fallidos, se han creado varios índices que miden la fragilidad estatal en diversos aspectos. Sobre ello, debe resaltarse que no hay estandarización en la medición, que hay varios índices con diversas formas de representar y medir la fragilidad. Cada índice privilegia algunos asuntos por encima de otros, haciendo difícil la comparación entre ellos. Además, no permiten permite dilucidar lo que sucede al interior de los estados, es decir, señalar las dinámicas intra-estatales y el comportamiento del Estado en el territorio que abarca. Así pues, para el sector de la comunidad internacional que coloca como tema central de su agenda los temas de seguridad, terrorismo, crimen organizado y crisis de gobernabilidad política, se observa que el objetivo primordial de adoptar este discurso es justificar la intervención internacional para controlar las amenazas que estos países representan para la estabilidad del orden global.

Por otro lado, es importante señalar que concebir a los estados desde la óptica de la fragilidad o éxito, es quedarse bajo una perspectiva que vuelve impositivo el tipo ideal de estado al estilo weberiano (1946). Es importante mencionar la existencia de una gran diversidad de estados, que son resultado de procesos históricos, de largo aliento, de dinámicas económicas, sociales, políticas y culturales muy particulares que han dado como resultado un tipo de sociedad. Por eso son importantes trabajos como los de Tilly (1989) y Mann (1993) en los que se aborda una perspectiva histórica de la formación del Estado. Si bien sus análisis resaltan elementos particulares de un cierto tipo de estados, estos autores advierten prestar atención a la multiplicidad y diversidad de procesos de formación estatal, así como a las condiciones de emergencia de un determinado estado, elementos clave para comprender la configuración actual de los estados. En esa medida, tener la pretensión de que todos los estados apunten hacia una misma dirección es una utopía que olvida las diversas manifestaciones sociales que existen en el mundo.

No todos los estados operan bajo las mismas lógicas ni tienen un modelo democrático liberal como sombrilla societal, y es aquí precisamente, que no por el hecho de no cumplir con un concepto de estatalidad orientado al monopolio del uso legítimo de la fuerza física dentro de su territorio, lo hace un estado fallido que debe ser intervenido por ser una amenaza. Autores como Di John et al. (2010), muestran que existen diversos estados que pese a tener estructuras corruptas y presentar altos niveles de violencia, son capaces de mantener cierto orden social. En otras palabras, es importante señalar que los puntos débiles de un estado no conllevan necesariamente a que se desate el desorden o a que no se puedan establecer ciertas formas de institucionalidad que sean duraderas y permitan encauzar los esfuerzos de los estados hacia el cumplimiento de sus funciones. Así pues, hay otro tipo de formas organizativas que intentan suplir las funciones del estado tal como lo muestran autores como North et al. (2009), quienes dan cuenta de la existencia de ‘estados naturales’ que son estables y perduran en el tiempo, sin necesidad de ser un ‘Open Access Order’ al mejor estilo de Weber.

Como ya lo mencioné anteriormente, los índices de medición de la fragilidad estatal nos dan una perspectiva general de la situación de cada país, pero bajo la adopción de unos parámetros arbitrarios y claramente intencionados. Se quedan cortos al mostrar las particularidades de los territorios, es decir, en auscultar más a fondo para establecer las razones por las cuales se habla de una falla estatal, ver el funcionamiento de las instituciones y hacer énfasis en las relaciones sociales, económicas, culturales y políticas que se tejen al interior de ellos. En esa medida, cuando se hace una lectura de las relaciones que se tejen a nivel social se puede observar que existen estructuras disonantes con las premisas del estado liberal moderno, las cuales tienen vicios de criminalidad, ilegalidad y corrupción. Tales formaciones pueden operar paralela o conjuntamente con el estado, logrando mantener cierta estabilidad, incluso bajo una lógica de acción individual y colectiva racional.

Creo que pensar en términos de niveles de fragilidad estatal le permite a los estados hacer una mirada sobre ciertos asuntos que pueden parecer importantes y que en cierta medida están dando una alarma acerca de la situación actual de los países. Sería bastante ingenuo pensar que un estado se autodenomine a sí mismo como un estado fallido y verse en estos rankings (como el realizado por The Fund For Peace) en color rojo o naranja, lo cual no debe ser muy agradable. Pero creo que este tipo de mecanismos pueden dar luces para que los estados tengan consideración sobre ciertos aspectos, privilegiando ciertos elementos y ver cómo podría darles manejo. En este sentido, habría que atender a cuestiones particulares de cada país como los relacionados con asuntos asociados a la diversidad de grupos étnicos y lenguas, a las organizaciones de la sociedad civil, de tipo religioso, entre otras. Es claro que no todos los Estados deben y quieren apuntar hacia el mismo rumbo, que la conjunción de estructuras de orden colonial y moderna como sucede en muchos países de América Latina ha dado origen a formas de gobierno con lógicas que distan del modelo de estado amparado en la democracia liberal.

Sería más importante echar una mirada a lo ocurrido en los procesos de configuración estatal, lo cual daría luces sobre por qué se estableció un tipo de orden y por qué no otro. En esta medida, el papel del científico social dedicado al análisis político, sería mostrar los posibles caminos a escoger para no repetir los mismos errores del pasado. Por ello, me inclinaré por decir que sí, que es válido retomar estos aportes sobre la fragilidad estatal para cuestionarlos y para resaltar que hay otras vías posibles para entender lo que sucede en el múltiple panorama institucional del orden global.

Referencia bibliográfica
Mann, M. (1993), ‘Nation-States in Europe and Other Continents: Diversifying, Developing, Not Dying’, Daedalus, Vol. 122, No. 3, pp. 115-140.

North, D., Wallis, J. and Weingast, B. (2009), ‘Violence and the Rise of Open Access Orders’, Journal of Democracy, Vol. 20, No. 1, pp. 55-68

Tilly, C. (1989), ‘Cities and States in Europe, 1000-1800’, Theory and Society, Vol. 18, No. 5, pp. 563-584

Weber, M. (1946) ‘Politics as a Vocation’, en H.H. Gerth and C. Wright Mills (eds), Essays in Sociology (New York: Macmillian), pp. 26–45.

Di John, J. (2010), ‘Conceptualización de las causas y consecuencias de los Estados fallidos: Una reseña crítica de la literatura’, Revista de Estudios Sociales, no. 37, 46-86.

jueves, 22 de octubre de 2015

¿Es útil hablar de “Estados frágiles” en la actualidad?

Columnista Adolfo A. Abadía.

En las siguientes líneas me propongo abordar la siguiente pregunta orientadora ¿Es útil hablar de “Estados frágiles” en la actualidad?. En primera instancia, desarrollaré un análisis histórico-conceptual para dar luz al contexto de donde emerge la noción Estado fallido. Luego abordaré los límites y alcances de cómo se ha operacionalizado esta noción en el ámbito internacional.

La noción de “Estado frágil” emerge en un contexto histórico particular y en referencia a un tipo ideal de organización política: el Estado moderno. En relación al contexto histórico, no hay que perder de vista que la noción emerge en un momento muy particular. Estamos a finales de la primera década del fin de la Guerra Fría y del desmantelamiento de formas de organización política, económica y social como lo fue el modelo socialista/comunista en la Unión Soviética (proceso que puede verse materializado con la caída del Muro de Berlín). Pero al mismo tiempo, observamos la sobrevivencia (victoria) de la contraparte y de su modelo capitalista-neoliberal, con los Estados Unidos como única potencia (al menos por la siguiente década) y principal referente político y económico del mundo. Según Francis Fukuyama, el proceso a seguir de los estados (el imperativo del State-building) consiste en la consolidación de un modelo económico neoliberal con poca intervención estatal (Estado mínimo en línea a la propuesta de Robert Nozick), con instituciones políticas fuertes y con un régimen democrático.

Por otra parte, el ataque del 11 de septiembre de 2001 puso en evidencia la existencia de nuevas formas de organización militar y política que cuestionan al Estado como poder soberano y supremo. Estas organizaciones rompen con la idea del contrato social Hobbesiano consagrado en la relación protección-obediencia en la medida en que, por una parte, la orquestación del ataque a las torres gemelas en Nueva York puede entenderse como un acto de desobediencia a ese contrato social; y por otra parte, deja en evidencia su rechazo al Estado como el único actor que tiene el monopolio del uso legítimo de la fuerza física en un territorio.

Además de los dos eventos anteriormente mencionados, no hay que perder de vista la intensificación del narcotráfico y del crimen organizado transnacional como un problema a escala mundial; así como la emergencia del problema de las “amenazas externas no convencionales” y de los “actores transnacionales no estatales” en el discurso de seguridad estatal (impulsado, principalmente, desde los Estados Unidos).

Todo lo anterior, dio paso a pensarse en la necesidad de revisar algunos asuntos domésticos de los estados en aras de identificar falencias generadoras de inestabilidad política, social y económica propiciando un ambiente adecuado de organizaciones que dejen entredicho la paz y estabilidad internacional (esta idea se abordará con mayor profundidad más adelante).

Por lo tanto, aún sin existir un consenso común sobre lo que significa un Estado frágil (fallido); existen características que antes de hablar de un Estado frágil remiten a la idea de un Estado con múltiples fragilidades. Se identifica, en este sentido, principalmente tres tipos de fragilidades. Primero, la fragilidad, o déficit, de autoridad estatal remite a las dificultades de un Estado a responder a amenazas internas, esto se manifiesta en estados con alto niveles de criminalidad, con conflictos armados internos y en grupos que cuestionan el monopolio legítimo de la fuerza física del Estado; segundo, la fragilidad de legitimidad estatal remite a ausencia de libertades civiles y políticas, se objetiviza tanto en expresiones de represión y opresión de toda forma de oposición política y militar, como en las violaciones a los Derechos Humanos. Por último, la fragilidades de capacidad estatal que se relaciona con la imposibilidad de suministrar servicios básicos a su población y de ejercer sus responsabilidades mínimas.

Como puede entreverse del párrafo anterior, existe una concepción del Estado como el encargado de garantizar ciertos bienes comunes. Es esta mirada la que privilegia Max Weber cuando arguye que son los “medios”, y no los “fines”, los que define al Estado, por lo tanto, sugiere entenderlo como “aquella comunidad humana que en el interior de un determinado territorio reclama para sí (con éxito) el monopolio de la coacción física legítima”. De esta manera, se puede decir la característica principal del Estado, como dice Charles Tilly a partir de una mirada de las guerras y sus formas de financiación, es que como resultado de un proceso histórico se ha consolidado como la forma exitosa de organización social y política. Por lo tanto, a razón de que el Estado ha sobrevivido diferentes transformaciones y deformaciones, es que puede ofrecer los servicios “fundamentales” que hoy en día se le atribuye como funciones mínimas. Por lo tanto, el Estado moderno es resultado del proceso histórico por medio del cual logra reclamar con éxito el monopolio legítimo de la fuerza se manifiesta en diferentes dimensiones, uno, monopolio de la fuerza física con el poder militar y policivo; dos, monopolio de la construcción de orden legal con el poder judicial; y tres, monopolio para determinar un orden político con el poder legislativo.

Sobre las formas en que la noción de Estado frágil se ha operacionalizado en el ámbito internacional sólo puede entenderse teniendo como punto de referencia lo mencionado anteriormente. Es decir, como un espacio geográficamente determinado en el que internamente se gestan diferentes formas de órdenes sociales, políticos y militares que van en contravía al desarrollo (no solo económico sino también, y principalmente, humanos como sugieren entender este concepto Heather Marquette y Danielle Beswick) sino también a la estabilidad interna e internacional. Por lo tanto, este concepto ha permitido justificar formas de intervención internacional/humanitarias con la finalidad de reconstruir la estabilidad en situaciones donde coexisten tanto graves y reales problemas de seguridad, como órdenes políticos internos que no logran resolverlos (problemas de stateness). La discusión entorno a los Estados frágiles culminan con argumentar que sólo vía intervención (internacional) se podría aportar a la mejoría de estas situaciones problemáticas. Aunado a todo lo anterior, su incapacidad para interactuar como igual con los demás estados que conforman la comunidad internacional.

Con este horizonte, se han desarrollado diferentes indices que muestran diferentes dimensiones de falencias. Entre ellos se encuentra el Fragile State Index del Fund for Peace, que ofrece una mirada sobre el asunto a partir de la medición de variables como la presión demográfica, migración masivas de refugiados y desplazados internos, pero también niveles de descontento grupal, grados de desarrollo desigual entre grupos sociales, así como niveles de crisis económica, la intensidad de la criminalización y deslegitimación del Estado, entre otros.

Como se puede ver, estos indicadores hacen un importante de esfuerzo por generar formas de comparación de los niveles de desarrollo entre los diferentes estados a un nivel nacional. Son instrumentos para la toma de decisiones en la política exterior. Sin embargo, son ciegos ante situaciones de desarrollo por debajo del nivel nacional sin lograr visibilizar diferencias a nivel subnacional.

En este sentido, hablar de Estados frágiles en la actualidad es útil para establecer niveles de desarrollo que permita identificar dimensiones de falencias estatal con la finalidad de ofrecer formas de ayuda vía intervención internacional. Sin embargo, esto nos invita a cuestionar la intervención internacional pues, como se muestra en los rankings de estados fallidos, existe una marcada diferenciación entre los estados que intervienen (los nominados estados del hemisferio norte) y los estados intervenidos (los del hemisferio sur),asunto que puede ser abordado a mayor profundidad en futuras reflexiones.

Referencia bibliográfica
Di John, J. (2010). “Conceptualización de las causas y consecuencias de los Estados fallidos:Una reseña crítica de la literatura”. Revista de Estudios Sociales, no. 37, pp. 46-86.

Fukuyama, F. (2004). “The Imperative of State Building”. Journal of Democracy, Vol. 15, No. 2, pp. 17-31.

Marquette, H. & Beswick, D. (2011). “State Building, Security and Development: state building as a new development paradigm?”. Third World Quarterly, 32:10, pp. 1703-1714

Nozick, R. (1988). Anarquía, Estado y utopía. Fondo de Cultura Económica. Méjico: 1988.

Stanton, T. (2011). "Hobbes and Schmitt". History of European Ideas, 37:2, pp. 160-167.

Tilly, C. (1989). “Cities and States in Europe, 1000-1800”. Theory and Society, Vol. 18, No. 5, pp. 563-584

Weber, M. (1946). “Politics as a Vocation”. En H.H. Gerth and C. Wright Mills (eds), Essays in Sociology (New York: Macmillian), pp. 26-45.

viernes, 18 de septiembre de 2015

El inglés y los subalternos

Por Maria Isabel Galindo.
Estudiante de la Maestría en Estudios Sociales y Políticos

Reflexión de los textos: Cecilia Méndez (2010). "El inglés y los subalternos". En Pablo Sandoval (comp.) Repensando la subalternidad. Miradas críticas desde/sobre América Latina y Michel-Rolph Trouillot (1995). "El poder en el relato". En Silenciando el pasado Poder y producción de la historia. Boston, Beacon Press.

Cecilia Méndez, historiadora peruana de la Universidad de California cuyo trabajo ha estado inscrito en los procesos históricos de los Andes peruanos desde finales del siglo XVIII hasta el presente, invita a pensar críticamente en la manera en que los estudios subalternos y poscoloniales han dado forma a cuestiones que ya, desde la historiografía andina y la historia “desde abajo”, por ejemplo, habían constituido indagaciones fundamentales en torno al conocimiento del mundo y los sujetos situados más allá de Europa. En este sentido se pregunta, de la mano de Michel de Certeau y su reflexión sobre el lugar de producción de la historia, cómo se construyen y se valoran los diferentes lugares de enunciación desde los cuales se da forma al pasado. En su texto El inglés y los subalternos, uno de los capítulos de la compilación Repensando la subalternidad. Miradas críticas desde/sobre América Latina, en el que comenta dos artículos escritos en principio en inglés por Florencia Mallon (Promesa y dilema de los Estudios subalternos: perspectivas a partir de la historia latinoamericana) y Jorge Klor de Alva (La poscolonización de la experiencia latinoamericana: una reconsideración de los términos “colonialismo”, “poscolonialismo” y “mestizaje”), plantea una crítica a la extrema importancia que se le ha dado al término “subalterno” como innovación conceptual y supuesta subversión del conocimiento historiográfico. Su trascendencia y su extensa difusión, nos dirá Méndez, más que residir en una transformación epistemológica, radica en un espacio privilegiado de enunciación, tanto institucional como lingüístico, y en “un interés simultáneo por una historia desde abajo y una historia nacionalista, en un contexto de descolonización” (2009: 240).

Según la autora,

Los estudios subalternos son una corriente historiográfica surgida en la India, en 1982, cuyo principal objetivo fue escribir una historia que incluyera a los actores tradicionalmente marginados de ésta –a quienes ellos prefieren llamar subalternos– en un contexto de descolonización de este país surasiático del dominio inglés. La historia subalterna se propuso dotar a la India de una historia nacional propia, y aspiraba a corregir no sólo las versiones coloniales de la historia de la India sino su historiografía nacional, y nacionalista, caracterizada por su elitismo, a decir de Ranahit Guha, fundador de la escuela (Méndez, 2009: 209-210).

El propósito de que los marginados –o “subalternos”– protagonizaran la historia y fueran sus voceros, que ya había sido planteado por la historia social desde las propuestas de E.P Thompson, reforzó su influencia gracias al acercamiento a corrientes deconstruccionistas de mucha resonancia intelectual en Europa y Estados Unidos que ponían el énfasis en el análisis del discurso y no en la importancia de los hechos históricos, el trabajo de archivo y el trabajo de campo. La representante por excelencia de estos subalternistas-deconstruccionistas-posmodernos fue, según Méndez, Gayatri Spivak, quien puso en duda la posibilidad de que el subalterno pudiera dejar algún trazo en la historia siendo éste una entidad casi irrescatable. La desconfianza frente a este imperio del discurso, enmarcado dentro del “giro lingüístico” y el triunfo de la “posmodernidad”, es compartida por Méndez y por Mallon; sin embargo, las dos historiadoras se distanciarán en la medida en que, según aquélla, ésta no tiene en cuenta todo el bagaje historiográfico latinoamericano en su intención de poner a dialogar el sur con el otro sur: América Latina y los países del sur de Asia. Méndez concluye, respecto al tratamiento que le da Mallon a una especie de subalternidad latinoamericana sustentada exclusivamente en lo que se dice –y escribe– sobre América Latina desde Estados Unidos, que la autora chilena “peca de lo mismo que ella le increpa a Patricia Seed y al grupo subalternista latinoamericano, es decir, de pobreza historiográfica” (Méndez, 2009: 225).

Por otra parte, a través de la lectura que hace Méndez del artículo de Jorge Klor de Alva, de quien se aleja en algunos aspectos y se acerca en otros, tiene lugar el despliegue de su inquietud por una definición de América Latina en términos de la “poscolonialidad”. Desde el punto de vista de Méndez es peligroso adjudicar este concepto a espacios geográficos que todavía experimentan situaciones coloniales, además de la posibilidad de reducir la empresa colonizadora a las potencias europeas dejando por fuera, por ejemplo, la sutil –pero poderosa– dominación colonial que ejerce Estados Unidos sobre algunos países latinoamericanos. Arguye, también, que el uso de un concepto como pos-colonial implica una forma lineal de la historia en la que se suceden, en este caso, distintos momentos de “colonialidad”. A partir de estas objeciones, la autora plantea que la incomodidad que producen otros términos como “neocolonial”, propuesto mucho antes por la teoría de la dependencia, es aliviada por el uso de lo “poscolonial” y olvidada en medio del mercado académico de artículos, libros, congresos y grupos intelectuales.

Más allá de la intención de comentar los artículos de Mallon y Klor de Alva, el texto de Cecilia Méndez exhorta a pensar en la manera en que los estudios sobre “subalternidad”, que en tierras americanas han estado encaminados hacia la “poscolonialidad”, se han erigido como predominantes gracias a su adhesión a modas intelectuales como la deconstrucción posmoderna, a los lugares desde los cuales se han producido (sobre todo desde las universidades estadounidenses) y a la lengua con la que se han escrito. En este sentido, Méndez piensa en la necesidad no sólo de “descentrar Europa” sino de “desanglizar el conocimiento [como algo] imperativo para oír voces realmente diferentes. Porque el imperio de una lengua en la academia es también el imperio de una cultura y unos valores en esa lengua” (2009, 230). Considerando los mecanismos de poder y de prestigio que se mueven a través de la producción de conocimiento, la autora se pregunta por qué muchas de las propuestas de la historiografía andina que pusieron sobre el tapete cuestiones sobre el carácter político del sujeto campesino o la importancia del nacionalismo en la emancipación anticolonial –o antiimperialista–, que después los subalternos adoptarían como propias, no tuvieron la misma resonancia de estos últimos. Además de las construcciones historiográficas andinas y de la fundamental herencia de la historia “desde abajo”, Cecilia Méndez trae a colación la propuesta de Michel-Rolph Trouillot, antropólogo haitiano, como un ejemplo poderoso de una historia que se quiere por fuera de los límites que la historiografía occidental ha impuesto. En ninguno de estos tres planteamientos se echa mano del concepto de “subalterno” o “poscolonial”, una de cuyas trampas es considerar a los campesinos –y a otros sujetos coloniales– como entidades estáticas, sólidas, unificadas y esenciales, además de emancipadas de una opresión que pervive.

En el primer capítulo de Silenciando el pasado, “El poder en el relato”, Trouillot incita a pensar en el ejercicio historiográfico como una suerte de deconstrucción (o destrucción) de silencios. Al admitir que la historia –entendida como el proceso sociohistórico del pasado y como la narración del mismo– se edifica a partir de la elección y exclusión de hechos, de la decisión respecto a las fuentes y los archivos, de la elaboración narrativa y el sentido final que se le da al evento construido, el autor explica que

El poder es constitutivo del relato. Rastrear el poder a través de varios momentos simplemente ayuda a enfatizar el carácter fundamentalmente procesal de la producción histórica; a insistir que lo que la historia es importa menos que cómo trabaja; que el poder trabaja junto con la historia (…) (Trouillot, 1995).[1]

En este punto se encuentran las propuestas de Méndez y Trouillot, por quien la autora peruana muestra tanta admiración, para rescatar el carácter político (su relación con el poder) de la escritura de la historia y la relevancia del “lugar de producción de la historia” tomado de De Certeau. Además, para reiterar esta convergencia, Méndez nos dirá que la crítica a la concepción eurocéntrica de la historia, con la que ella está de acuerdo, “se viene logrando de manera más convincente en aquellos trabajos que (…) proporcionan visiones alternativas de la historia universal y de la modernidad desde las márgenes como lo hace magistralmente Michel-Rolph Trouillot (…)” (2009: 219).

La propuesta de los estudios subalternos en su ímpetu reivindicativo silenció, porque es inevitable, otras voces y otras formas de conocer el pasado, de reinventarlo. Cualquier camino historiográfico se desviará frente a unas posibilidades de narrar el pasado y se encauzará por otras. Existen distintas formas de recordar, como nos muestra Méndez en su alusión a Thomas Abercrombie y su estudio con una comunidad aimara en Bolivia, y de registrar lo que se recuerda: distintas formas de escribir la historia. Trouillot llamará también la atención sobre esto en su idea de que la narración de la historia es válida para una sociedad específica y que esa validez se confronta culturalmente en cada contexto; en este sentido, propone que la supuesta no-historicidad de los pueblos no-occidentales está ligada a la concepción de una historia lineal hija del progreso que desconoce que el devenir puede adquirir otras formas, distintas sinuosidades. Con Cecilia Méndez y con Trouillot puede aceptarse lo que ella propone sobre quienes dedican su vida a irrumpir en el silencio para describir algunas huellas:

Los historiadores, por lo general, permanecemos en la disciplina conscientes de que es una profesión a medio camino entre el arte y la ciencia; que trabajamos siempre con fragmentos de evidencias; que habrá siempre mucho de irrecuperable del pasado, especialmente en lo que atañe a los sectores más desventajados de la sociedad; que toda reconstrucción es interpretación y que los silencios hablan si sabemos escucharlos. Conscientes, al fin, de que nuestra reconstrucción inevitablemente fragmentaria del pasado es siempre una aproximación subjetiva, pero si es honesta, puede arrojar luces sobre lo que pensaban y sentían seres humanos que vivían un tiempo que no es el nuestro (Méndez, 2009: 214).

Bibliografía
Méndez, Cecilia (2009). “El Inglés y los subalternos” en Repensando la subalternidad. Miradas críticas desde/sobre América Latina. Lima, IEP, SEPHIS.

Trouillot, Michel-Rolph (1995). “El poder en el relato” en Silenciando el pasado Poder y producción de la historia. Boston, Beacon Press.

Notas a pie de página
[1] Este fragmento es parte de la traducción al español que hace Cristóbal Gnecco del texto original. Aparece en la revista de Arqueología Suramericana, julio de 2007. Pág. 179.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Silenciando el pasado

Por Ana Garay.
Estudiante de la Maestría en Estudios Sociales y Políticos

Reflexión del texto: Trouillot , M. (1995). Capítulos 1 y 2 “The Power in the Story” y “The Three Faces of Sans Souci”. En Silencing the Past: Power and the Production of History. Beacon Press, Boston, MA.

Trouillot fue un antropólogo haitiano, activista político y un académico comprometido quien dedicó gran parte de su carrera a reivindicar la historia de la revolución haitiana y la importancia de esta en los debates contemporáneos sobre la libertad y el Caribe. Dentro de sus trabajos más importantes se encuentran Controversial Issues in Hatian History (1977) y Silencing the Past (1995), textos que apuestan a una mirada diferente de la historia, dando voz a quienes han sido silenciados y otorgando acceso a la información a quienes se les ha negado.

Silencing the Past, es una propuesta importante sobre la producción del conocimiento y una invitación a reflexionar sobre la labor del historiador teniendo presente las relaciones de poder presentes en la construcción de la historia. En los capítulos The Power in the Story y The Three Faces of Sans Souci, el autor discute cómo las narrativas históricas se construyen a través de relaciones de poder que esconden desigualdades presentes en todos los momentos del proceso de producción, el cual inicia con la creación y recolección de los hechos y termina con la construcción de narrativas e historia. En estos dos capítulos, Trouillot primero expone cómo el poder determina no solo la producción del conocimiento sino el acceso a éste, poniendo como ejemplo el caso de Sans Souci, para luego hacer una invitación a un diálogo entre positivistas y constructivistas, que lleve a desarrollar una historia más consciente y transparente.

El autor comienza por aclarar que la historia es una mezcla entre lo que sucedió (el proceso histórico) y lo que se dice que sucedió (las narrativas), y que la diferencia entre estas no siempre es clara, lo que genera un ambigüedad al momento de construir conocimiento respecto al hecho. Esta ambigüedad ha sido abordada de diferentes maneras por positivistas y constructivistas, siendo los positivistas quienes toman distancia entre el hecho y las narrativas que se construyen alrededor de este, resaltando que el papel del historiador es revelar el pasado, tratando de aproximarse a la verdad y tomando distancia de dichas narrativas; mientras que los constructivistas no se preocupan tanto por proporcionar una verdad absoluta, sino que asumen la historia como una narrativa más, una ficción entre muchas otras, que responde a fines políticos específicos.

Independientemente de que ruta teórica se elija, existen reglas que gobiernan la construcción de conocimiento alrededor de los hechos, reglas que cambian según la época y la sociedad, y que buscan garantizar un mínimo de credibilidad y veracidad en la historia. Esa veracidad también es cuestionada por colectividades, quienes experimentan la necesidad de debatir ciertas narrativas y eventos, acudiendo a una responsabilidad política y social con ellos y la sociedad en general. Es aquí donde Trouillot introduce a los revisionistas, corriente teórica que se propone cuestionar ciertas “verdades” históricas y la relación entre hechos e ideologías.

En ese sentido, el autor hace una reflexión sobre el pasado colectivo. Primero nos recuerda que el pasado no existe independientemente del presente, sino que éste existe porque hay un presente que lo recuerda y lo pregunta. El problema de determinar que pertenece al pasado se agudiza cuando se habla de un pasado colectivo, pues decidir el inicio de una sociedad presenta el problema del hecho y las múltiples narrativas que se pueden construir a partir de este. Además, es importante anotar que no hay una correlación simple entre la magnitud del evento y su relevancia para las generaciones que lo heredan. El impacto que un evento específico tenga, depende, entre otras cosas, de las narrativas que se construyen por fuera de la academia, es decir, de una historia pública que se hace por fuera de estándares de veracidad y que puede llegar a tener mayor alcance que el conocimiento académico, pues hace parte de la cotidianidad de las sociedades y se expande a través de los medios, las películas, los museos, etc. Si bien el impacto de la historia académica ha aumentado a medida que la historia sigue solidificándose como profesión, ésta ha ignorado el hecho que por fuera de la academia también se produce historia, lo que para Trouillot representa un problema al momento de construir conocimiento, pues no reconoce que el historiador no tiene la última palabra y que el público también contribuye a la historia, dejando por fuera el hecho de que el proceso de producción está marcado por una serie de relaciones que responden a intereses de todo tipo.

Trouillot tiene como premisa que la historia es fruto del poder, el cual es constitutivo del relato ya que se encuentra presente desde el hecho mismo hasta la construcción de la historia respecto a este. El poder precede a la narrativa, y contribuye a su creación e interpretación. El poder comienza con la creación de hechos y de fuentes, pues los hechos se construyen incluyendo o excluyendo información, lo que plantea desigualdades desde el inicio, en la inscripción de los rastros. Lo mismo ocurre con la creación de las fuentes, pues al hacer archivo, hay una serie de operaciones selectivas que entran en juego, o al momento de construir una narrativa, ya que el historiador toma decisiones con base a su audiencia o al fin de su narrativa, decisiones que le brindan poder.

Esas relaciones de poder dejan en evidencia cosas que se dicen y cosas que se silencian. Los silencios son inherentes en la historia, pues no se puede acceder al pasado en su totalidad y es imposible decirlo todo. Las narrativas históricas son construcciones organizadas y conscientes de lo que se incluye y excluye, lo que no resulta problemático teniendo en cuenta las limitaciones del oficio. Lo que si debe tenerse presente es que esas decisiones respecto a lo que se silencia responden a intereses y a relaciones de poder y es a eso a lo que no se puede hacer caso omiso.

El caso de Sans Souci es un buen ejemplo de lo que se plantea lo largo del primer capítulo. La historia de la revolución haitiana también está marcada por relaciones de poder y desigualdades que excluyen información respecto a actores y eventos importantes para entender dichos eventos. Trouillot intenta construir una narrativa alternativa rescatando el papel que tuvo el coronel Sans Souci, y poniendo en evidencia la exclusión de éste desde la construcción de los hechos, haciendo especial énfasis en su muerte y las aparentes coincidencias entre él y el nombre de dos palacios, uno cuyo dueño fue el hombre que lo mató y otro que existe en Alemania.

La importancia de este caso radica en cómo Henry Christophe, un héroe de la revolución haitiana, silenció la lucha del coronel Sans Souci, al asesinarlo sin dejar rastro alguno y construir un palacio cerca al lugar donde sucedieron los hechos, dejando la duda sobre el nombre de su palacio, respecto a lo que muchos afirman se llama así en honor al palacio alemán y no por el coronel. Este acto simbólico, tomado quizás de un rito de una cultura africana, representa cómo desde el hecho mismo los actores no entran a la historia de igual manera. El poder y capacidad económica de Christophe permitió que su historia fuera conocida, dejando no solo su historia sino evidencias materiales de su existencia, como el palacio o retratos hechos por artistas, mientras Sans Souci, quien no tuvo siquiera quien reclamara su cuerpo, pasó desapercibido en la historia de la revolución haitiana, sin rastro alguno de su existencia su lucha comprometida.

Con este ejemplo, Trouillot reafirma la idea que las narrativas son conjuntos de silencios y que el poder trabaja de la mano con la historia. Es un claro ejemplo de lo que ocurre en la producción de la historia, pues muestra cómo los rastros históricos son también desiguales, y que no son simples presencias y ausencias sino menciones y silencios, son acciones conscientes. Ante esto, el autor propone una historia reflexiva, que se preocupe no por encontrar verdades absolutas, sino reconocer que existen múltiples narrativas, las cuales deben visualizarse. Igualmente, Trouillot propone un ejercicio de entender cómo se producen esas narrativas y analizar qué hay detrás de esos procesos de construcción de conocimiento y el contexto en que se originan, para así entender qué hace posible algunas narrativas y por qué se silencian otras.

Esta propuesta nace quizás por la formación antropológica del autor, disciplina que enfatiza la necesidad de una aproximación crítica a las fuentes y que ha aportado notablemente al debate de la necesidad del investigador de situarse en su proceso de producción de conocimiento. Él, como haitiano y académico, reconoce la responsabilidad que se tiene con la sociedad al momento de investigar, pues más allá de brindar verdades absolutas, la labor del investigador es ser crítico y reflexivo con lo que se estudia reconociendo que toda producción de conocimiento pasa por múltiples intereses y relaciones de poder, lo que nos lleva a considerar el debate de la subjetividad. En las ciencias sociales existe la pregunta sobre qué tan objetivo se puede ser frente a lo que se estudia, reconociendo que el investigador no puede abstraerse de la realidad en la que se encuentra inmerso y que el solo hecho de estudiar algo en particular surge del deseo o interés personal que él o la institución para la que trabaja tengan. La falta de objetividad no necesariamente implica falta de veracidad, sin embargo, debe haber una conciencia tanto del que produce conocimiento como de quien lo recibe, de que todo lo que se dice y lo que se calla responde a realidades e intereses inherentes en la vida del investigador, y que las cosas deben analizarse a la luz del contexto en el que se producen para evitar ambigüedades.

Ante lo que propone Trouillot me surgen varias preguntas. La primera hace referencia a la responsabilidad colectiva de adoptar las narrativas creadas en la academia o fuera de ella, es decir, ¿cómo podemos incentivar desde la academia una actitud crítica ante la producción de conocimiento científico y popular en la sociedad no académica? Igualmente, y ante el problema de acceso a las fuentes y de la información por parte de la sociedad en general ¿cómo podemos crear un dialogo entre disciplinas para hacer accesible el conocimiento producido, tanto en formato, lenguaje e idioma? Por último, y reconociendo que la academia en una institución que responde a intereses y que está igualmente atravesada por relaciones de poder, ¿es posible producir un conocimiento académico que responda a los estándares de la academia, pero que se distancie de esas relaciones de poder? Trouillot nos da algunas pistas, pero todo esta aun por hacerse, y es nuestro deber como investigadores encontrar la manera de producir conocimiento consciente, donde tanto el investigador como el objeto de estudio estén situados, reconociendo los contextos y tensiones en los que se encuentran.

¿Puede hablar el subalterno?

Por Laura Torres.
Estudiante de la Maestría en Estudios Sociales y Políticos

Reflexión del texto: Spivak, Gayatri (2003). ¿Puede hablar el subalterno?. Revista Colombiana de Antropología, vol. 39, pp. 297-364. Instituto Colombiano de Antropología e Historia. Bogotá, Colombia.

Esta pregunta que se hace la autora a mediados de la década de los 80, expresa las transformaciones epistemológicas que atravesaban las ciencias sociales cuando algunas décadas atrás, había iniciado un fuerte cuestionamiento por la producción de conocimiento y los sujetos que lo permitían. Spivak, nacida en la India y partiendo desde ese lugar de enunciación, emprende una labor en la teoría contemporánea para cuestionarse las narrativas hegemónicas que categorizan el mundo en opciones binarias y condicionan las maneras de entenderlo. La creación de un sujeto occidental, etnocéntrico, ha impedido dimensionar las determinaciones geopolíticas y concebir epistemologías fuera de lo establecido. Para Spivak, lo más preocupante de ese hecho, es la forma en que los investigadores sociales y miembros de las diferentes disciplinas sociales, han contribuido a la reproducción de esa hegemonía mediante las prácticas discursivas de las que se valen para explicar la realidad social, afirmando que esta no es predefinida y se constituye como proceso histórico. En ese sentido el llamado tercer mundo, ha sido incapaz de darle voz a los sujetos que lo componen y su historia ha sido definida en el marco de las narrativas colonialistas, desde donde le dan sentido a su existencia.

En la mayoría de trabajos de Spivak, se podría identificar una corriente posestructuralista, que cuestiona los esencialismos y fundamentalismos en los principios explicativos de las sociedades, defendiendo que la producción de conocimiento tiene efecto constitutivo sobre los sujetos. Aunque ejerza una crítica contundente hacia la hegemonía de occidente y quienes producen teoría a partir de allí, la autora tampoco es partidaria de volver sobre las raíces tradicionales como una forma alternativa de explicación. Lo que sugiere su postulado es la necesidad de descentrar los sujetos, desnaturalizando las ideologías que configuran sus narrativas. Para aquel propósito se verá marcada por la influencia de Jacques Derrida, Michael Foucault, Félix Guattari y Gilles Deleuze, aunque siempre manteniendo una posición crítica y reflexiva hacia el contexto de producción de los mismos. Aunque, dado el contexto, suele ser incluida en la corriente teórica de los estudios subalternos, Spivak presenta fuertes críticas a los procedimientos metodológicos y conceptuales de este grupo.

El artículo a discutir fue emitido en 1985 y su principal objetivo es problematizar los diferentes mecanismos mediante los cuales los sujetos del tercer mundo, son representados en el discurso hegemónico de occidente. A partir de esta premisa explorará si el subalterno, aquel sujeto desprovisto de narrativas para contar su propia historia, puede hablar, pero sobre todo si puede ser escuchado. Para analizarlo establece dos temáticas de abordaje, y dedicará dos acápites del texto a cada uno de ellos. En el primer eje problematiza cómo la producción intelectual es cómplice de los intereses económicos internacionales occidentales. En el segundo eje, analiza de forma alternativa los discursos occidentales en relación a la posición de la mujer (subalterna).

Cómo punto de partida para discutir el primer eje, Spivak señala las principales contribuciones de la teoría posestructuralista francesa a partir de un diálogo entre Foucault y Deleuze, destacando a partir de allí que: las redes de poder son heterogéneas, y por tanto es necesario una crítica de la forma en que esa perspectiva se reduce; y que el papel de los intelectuales debe propiciar el conocimiento y visibilización del Otro de la sociedad. No obstante la autora señala que estas propuestas son limitadas a la hora de pensar la ideología y sus implicaciones en la historia, pues por un lado amerita hablar más allá de lo concreto y por el otro, el hecho de concebir la ideología como falsa conciencia, impide analizar otras esferas de poder, afirmación sustentada en Althusser. Siguiendo esa vía explora cómo la noción de clase propuesta por Marx, y discutida por otros autores, involucra el uso de un concepto sociológico para reducir la explicación de dinámicas relacionadas con el capital y la ideología, y su forma de entendimiento en los sujetos. Así, esas propuestas posestructurales, si bien le ayudan a comprender las posibilidades del discurso, los elementos de poder insertos en él y el descentramiento de los sujetos, no contribuyen a la creación de una ideología contra-hegemónica y por el contrario algunos llegan a propiciar un empirismo positivista. De esta forma, señala Spivak, aquellos intelectuales no son críticos frente a su rol histórico a la hora de producir conocimiento. Para ello se debe reflexionar sobre la forma en que los sujetos subalternos son representados en un doble sentido: como hablar en favor de algo/alguien o como re-presentación (Spivak, 2003: 308), pues la labor intelectual no se reduce a la descripción de la vida social, sino a la forma en que se construye conocimiento sobre ésta.

Como la construcción intelectual del Otro no puede ser entendida como una sombra de quien enuncia, la autora se pregunta cómo dicho ejercicio puede ser posible sin que sea comprendido como una narrativa más de occidente y termine por reproducir un sentido hegemónico. Para evitar esto como una pretensión de reconocer al subyugado o de intentar narrar la verdad auténtica de las cosas - esa no es la idea, afirma que el intelectual debe “ofrecer una relación de cómo una explicación y una narrativa de la realidad fueron establecidas como las normativas” (Spivak, 2003: 317). Para ejemplificar ese postulado, se remite a la codificación de ley hindú explicando su constitución como una violencia epistémica por la forma en que ha sido entendida, en tanto no se hace comprensible en los cánones de las estructuras legales.

Habiendo discutido sobre la división internacional del trabajo, el capital socializado y las violencias epistémicas, la autora se pregunta si es posible que en estas condiciones pueda hablar el subalterno, develando la dimensión de su cuestionamiento. A dicha complejidad le suma un factor que teje el objetivo de este primer eje de análisis: la voz del subalterno se ve confrontada al grupo de intelectuales que hablan de él. Y es aquí donde es llamativo el ejercicio de la crítica hacia los estudios subalternos, los cuales buscan repensar la historiografía colonialista de India, con una fuerte influencia de Foucault. Spivak afirma que el problema de dicho proyecto epistemológico, es lo que su colega Ranajit Guha denomina “El permiso para narrar”, es decir la forma en que la historiografía es denominada y establecida por élites, ya sean de corte internacional (colonialistas) o nacional (nacionalistas). A partir de allí concluye que el subalterno, aquel que se ubica en la última jerarquía y cuya identidad es el que hace la diferencia, no puede hablar porque siempre está mediado por colectivos que lo representan, ceñidos a su vez a intereses de grupos de poder, ubicados en la parte más alta de la jerarquía[1]. Nos advierte, sin embargo, que la salida de esta complejidad no es demonizar la representación en el análisis, sino reconocer que esta resulta problemática porque “el itinerario del sujeto no ha sido trazado como para ofrecer un objeto de seducción al intelectual representante” (Spivak, 2003: 324). En esa medida es relevante el descentramiento del sujeto, producto de intereses económicos internacionales occidentales, con el fin de configurar el entendimiento de su conciencia como tal, pues Spivak nos recuerda que no es solo comprenderla como conocimiento, sino como herramienta de producción ideológica.

En el segundo eje de análisis, la autora hace énfasis en la posición de la mujer en toda su discusión previa, afirmando que si se tiene en cuenta la condición de género, raza y clase, la mujer tiende a comprenderse como una subalterna múltiple, y es mucho menos factible que su voz se enuncie. Para desarrollar esa idea teóricamente, explica que el énfasis en su propio contexto de enunciación no obedece a una nostalgia por los orígenes, y expone algunas ideas de Derrida como discusiones de orientación para quienes no son del primer mundo: en la tendencia del sujeto Europeo/occidental a constituir el Otro bajo una posición inferior, resulta útil pensarse esos mecanismos de constitución.

A partir de esta reflexión sugerida explicará la relación discursiva de occidente con la mujer India, bajo la figura ritual del sacrificio de viudas o el Sati[2], manifestando las limitaciones categóricas, gramaticales e históricas de la ley hindú, como reflejo de contenidos normativos occidentales. En este eje es mucho más evidente la imposición de categorías para explicar el mundo, y la forma en que se restringe lo que quede fuera de ellas, no sólo por la omisión sino por el acto político que significa nombrar cosas, lo que a su vez implica negar la existencia de otras, como es el caso de las narrativas empleadas para entender el Sati, más allá de las explicaciones falocéntricas y jurídicas. La discusión es orientada también hacia la forma de intervención que propicia el conocimiento y aplicación de márgenes occidentales, desde ciertos desfases contextuales, pues al prohibir el rito se sugiere una misión civilizadora a partir de la protección de la mujer. Así esa prohibición señala lo que Spivak describe como “hombres blancos salvando mujeres cafés de hombres cafés” , repitiendo el sentido hegemónico desde la epistemología, dado que no ha sido posible una interpretación alternativa del rito, que por demás desplace la estructura de dominación que lo constituye como principio explicativo.

Como conclusión de ambos ejes abordados, y haciendo énfasis en la condición femenina, da respuesta a su pregunta inicial y nos afirma que el subalterno no puede hablar, ni ser escuchado o leído. Esto pasa, como lo he señalado, por las dificultades de las estructuras de conocimiento que operan en la producción de epistemología, propuestas de forma etnocéntrica desde occidente. Estas prácticas se sustentan a su vez, en dinámicas capitalistas que configuran los intereses intelectuales a discutir.

El aporte teórico de Spivak, aquí expuesto nos es útil al propósito discutido hasta ahora en la clase, relacionada con la forma en que se construye historia y el papel de los científicos en ese proceso, razón por la cual nos interpela directamente. En un primer momento rescato de esta obra, la importancia de la ideología para la comprensión de la ubicación como sujetos históricos, un problema que va más allá de las traducciones e interpretaciones. Me parece interesante la necesidad de darle el peso político a este concepto más como deseo/interés, que como velo del poder; sin embargo al afirmar que ese entendimiento de la ideología, nos evita un empirismo positivista, considero ubica su pensamiento en el polo opuesto. Es necesario reconocer como venía observando M. Trouillot, que esas herramientas de dominación no se quedan en el plano abstracto de las ideas, sino que se objetivan en la realidad social, cuestionando la forma en que son interpeladas y las narrativas que las han hecho constitutivas. Por otra parte creo que ambos autores, se encuentran teóricamente al afirmar que el poder es constitutivo de las narrativas ya que dichas narrativas de poder están mediando en la construcción de conocimiento, como es el ejemplo concreto de la representación del Sati en Spivak y la interpretación de San Sousi en Trouillot. Bajo esa idea nos es útil pensar en los silencios y las huellas en la historia, como una forma inevitable al contarla. Mientras Spivak nos convoca a pensar en los actos de nominación, y las violencias epistémicas cometidas en la enunciación (y apropiación) de categorías hegemónicas, Trouillot, señala la necesidad de evaluar todo el proceso de producción alrededor de una realidad social para no reproducir los elementos de poder que la difundieron en su momento. Convergen entonces al reconocer que mientras algo es enunciado, otra cosa es silenciada, advirtiendo que no están enfocados en el levantamiento de una versión “auténtica” de la historia, sino en reiterar que no es sólo una, y que por tanto estas son de carácter heterogéneo, así como sus narrativas. En esta vía, me llama particularmente la atención que Spivak discute sobre la forma en que los silencios muchas veces no son intencionales, sino que no se puede pensar sobre lo que no se ha dicho, y en tanto hay elementos que no se han hecho pensables la dificultad de reflexión asciende, por tanto acude a la necesidad de descentramiento, pues reitera que no es que haya realidades inexplicables sino que son reducidas al entenderlas bajo categorías binarias. En ese intento es que la epistemología occidental presenta limitaciones pues mantener la coherencia tiende al silenciamiento, más si obedece los lineamientos que orientan la agenda de intereses investigativos, al servicio del primer mundo.

Por otra parte, ya considerando el abordaje metodológico me pregunto ¿De qué forma Spivak le da voz al subalterno? ¿Cómo entender su crítica sin creer que cae en postulados que ella misma refuta? Aquí son útiles las discusiones de la historiadora Cecilia Méndez, quien a partir de un rastreo sobre la formación de los estudios subalternos, cuestiona en esencia la labor de sus miembros y la forma de proceder en la construcción de un conocimiento de ese carácter. Méndez afirma que como subalternos, es necesario que asuman su lugar y no sólo obliguen la reflexión de quienes escriben desde occidente, también ellos deben problematizar su contexto de enunciación, pero no sólo desde su reconocimiento sino desde la coherencia con lo propuesto. Con lo anterior quiero decir, sustentada en Méndez, que los estudios subalternos no deben limitar su aporte a las construcciones epistemológicas que hacen posible pensar ciertas realidades, lo cual es plausible, sino a los contextos de usos a los cuales se desplazan, o no, esas construcciones. Importa también que como intelectuales, estén en capacidad de hablar del subalterno, pero también de hacerle accesible lo que se dice de él. Una crítica muy asidua respecto al tema, es que los mecanismos utilizados para la difusión de estos temas, es decir un lenguaje académico, de terminología sencilla y con carácter poco propositivo, impide la aprehensión por parte de los subalternos y termina limitándose a un carácter mediador y de representación que Spivak tanto refuta. Méndez, cuestiona por ejemplo las limitaciones de escribir en inglés para la consecución de un proyecto político/epistemológico que configure los sujetos a partir de narrativas propias. Si bien esto resulta lógico para lo que los estudios subalternos se proponen, en defensa sugiero el pensamiento de Dussel quien afirma que muchas veces el dominado debe pasar por el lenguaje del dominante para negociar sentidos, para sentirse escuchado. Ahora bien, lo que sí es problemático es que la producción académica sólo se dé en ese plano, y se encierre en tecnicismos intelectuales que dificulten la tarea de la comprensión alternativa para los distintos grupos de recepción.

Notas a pie de página
[1] Sustentada en postulados de Guha, la autora señala una categorización de la jerarquía social en India para explicar la idea de pueblo: “1. los Grupos dominantes extranjeros; 2. Grupos dominantes indígenas en toda la India; 3. Grupos dominantes indígenas regionales y locales. 4. Los términos “pueblo” y “clases subalternas” han sido usados como sinónimos a lo largo de este trabajo. Los grupos sociales y elementos incluidos en esta categoría representan la diferencia demográfica entre la totalidad de la población india y todos aquellos a quienes hemos descrito como la “elite”.” (Spivak, 2003: 323).

[2] Spivak describe el Sati como un ritual hindú en que la muerte de un hombre, obligaba moralmente la inmolación de su esposa frente a la tumba de él. Lo que se pone en discusión son las implicaciones de sentido, y prácticas, que se manifestaron detrás de este rito, luego de que fuese prohibido.

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