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martes, 7 de noviembre de 2017

Modelo de medición de homicidios de Rodrigo Guerrero en Cali: ¿Gobernabilidad sin gobernanza?

Por Diana Vinasco.
La diferencia entre la gobernabilidad y la gobernanza está determinada porque en la primera una persona logra promover una idea con la mayor cantidad de adhesiones y con la menor cantidad de críticas. En la segunda, convergen múltiples ideas de todos los actores involucrados tomando decisiones a través del consenso.

En el año 2014 el entonces alcalde de Cali Rodrigo Guerrero (2012-2015) recibió el Premio Roux, otorgado por la Universidad de Washington en Estados Unidos “por la creación del método de registro científico para reducir las tasas de muertes violentas” (Alcaldía de Cali, 2014), que había creado en su anterior gestión como alcalde de la misma ciudad entre 1992 y 1994. El método consistió en determinar, a través de información suministrada por diversas entidades estatales, los factores desencadenantes de las muertes violentas en Cali, contribuyendo de esta manera en la aplicación de estrategias que combatieran dichos factores disminuyendo así las cifras de homicidios.

Mientras Guerrero era premiado en el extranjero y su estrategia recibía apoyo del gobierno nacional, en Cali le llovieron críticas por recibir un mérito difícil de percibir, pues para muchos la violencia, la delincuencia, el miedo y la percepción de inseguridad dentro de la ciudad, crecían inversamente proporcionales a las cifras que Guerrero exhibía afuera. En ellas se evidencia que efectivamente, en sus dos periodos como mandatario local la tasa de homicidios descendió (ver tabla 1 y 2).





Ante la pregunta de ¿Por qué mientras las evidencias reales de violencia cedían, en Cali nadie celebraba? Los críticos del alcalde plantearon varias explicaciones. Se argumentó que la alcaldía acomodaba las cifras a su conveniencia, que la reducción de 15% era un simple número o una cifra muy baja que no representaba cambios en la realidad o que las fluctuaciones en las tasas de homicidios obedecían más a las dinámicas del crimen que a la aplicación de una estrategia científica (Salazar, 2012; 2014).

Independiente de la veracidad de estos argumentos, se podría analizar este asunto a partir de la gobernabilidad y la gobernanza, indagando si es posible que en este caso específico el alcalde Guerrero allá acudido a una fórmula con la que pretendía garantizar su gobernabilidad en la ciudad, pero cuyo divorcio de la ciudadanía reducía su gobernanza. Para ello se puede tener en cuenta lo que afirma Joan Prats sobre este tema:

Por gobernabilidad [se] entiende la cualidad conjunta de un sistema sociopolítico para gobernarse a sí mismo en el contexto de otros sistemas más amplios de los que forma parte. Esta cualidad depende del ajuste efectivo y legítimo entre las necesidades y las capacidades de gobernación. Este concepto de gobernabilidad no contempla las necesidades como algo perteneciente a la sociedad y las capacidades como algo perteneciente al gobierno. La capacidad de gobernar de un sistema está claramente conectada a sus procesos de governance y de gobernación. Sin un ajuste efectivo y legítimo entre las necesidades y las capacidades no puede existir gobernabilidad. Pero este ajuste depende de las estructuras de governance y de los actores de gobernación. Las necesidades y las capacidades se construyen socialmente y el resultado final depende de la estructura institucional o fábrica social y de los actores. (Prats, 2005, p.138)

La nueva forma de medición implantada en los años noventa podría ser catalogada como un paso en la gobernabilidad de la ciudad, pues hasta la llegada de Guerrero las cifras de homicidios eran ambiguas y no existía un método confiable para determinar sus causas. El método en cuestión supuso aumentar las capacidades de la estructura institucional en cuanto al mejoramiento de estadísticas que permitían un replanteamiento en las estrategias de las autoridades encargadas de la seguridad. Sin embargo, estas estrategias estaban construidas “desde arriba” sin tener en cuenta lo que Prats denomina un “ajuste efectivo y legítimo entre las necesidades y las capacidades”. Si se tiene en cuenta lo señalado por el autor, el modelo de medición habría desconocido las capacidades que podían tener los ciudadanos para aportar en el mejoramiento de la seguridad, y a su vez, que estas capacidades podían suplir las necesidades de la alcaldía en la disminución de la violencia.

Teniendo en cuenta lo anterior, se podría pensar que, aunque el método implantado por el exalcalde se reflejaba como exitoso en las cifras de reducción de homicidios, este no tenía por qué redundar en mejoras de la percepción de inseguridad de la ciudadanía ni en una mayor aprobación de la gestión del alcalde, pues aunque la reducción pudiera significar una mejor imagen de la ciudad para el país, su método no representaba beneficios evidentes o inmediatos para la ciudad, ya que pasar de una cifra de 1900 a 1600 muertos no significaba un cambio social sustancial.

Más que una conclusión definitiva sobre las diferencias entre el éxito del modelo de Rodrigo Guerrero fuera de la ciudad y su fracaso para cambiar la percepción dentro de ella; lo que se ha pretendido aquí es ampliar el debate sobre la efectividad de los gobiernos locales en la implantación de estrategias de seguridad que pueden permitir reducir la mala imagen de las ciudades pero no mejorar el bienestar de los ciudadanos. En ese sentido, la alcaldía de Rodrigo Guerrero, al no incluir la gobernanza en su fórmula para reducir la violencia en la ciudad, no constituiría tampoco un modelo de gobernabilidad, pues tal como afirma Prats, las capacidades se construyen involucrando tanto a la estructura institucional como a los actores sociales. El actor social que fue dejado por fuera en la toma de decisiones sobre la seguridad de la ciudad fue precisamente la ciudadanía, lo que podría explicar la falta de aceptación y los cuestionamientos al premio otorgado a Guerrero. Tal vez un poco de gobernanza hubiera permitido que el premio incluyera, además, una disminución en la percepción de inseguridad, es decir, un mayor consenso en cuanto a las ideas que promovia.

Bibliografía
Alcaldía de Cali (2014). Alcalde gana Premio Roux por abordar la violencia como crisis de salud pública. Recuperado el: 26 de agosto de 2017. Consultado en:

Concha-East, Alberto; Espitia, Victoria E.; Espinosa, Rafael y Guerrero, Rodrigo (2002) La epidemiología de los homicidios en Cali, 1993-1998: seis años de un modelo poblacional. Revista Panamericana de Salud Pública. 2002, vol.12.

El País (2016). El mapa de la muerte: 15 años de homicidios en Cali. Recuperado el: 26 de agosto de 2017. Consultado en:

Prats, Joan (2005). De la burocracia al management, del management a la gobernanza. Madrid: Instituto Nacional de Administración Pública.

Salazar, Boris (2012). La seguridad en Cali: de la indiferencia a la resignación. En: El observador Regional, Cali: CIDSE.

Salazar, Boris (2014). Lo que va de Washington a Cali: premio para el alcalde, violencia para la ciudad. En: Boletín del Observatorio de Realidades sociales, Nº 28. Cali: Arquidiócesis de Cali.

miércoles, 28 de mayo de 2014

Violencia, terror y narcotráfico en Buenaventura

Por Seminario Narcotráfico y Securitización.*

Casas completamente desocupadas, barrios parcialmente desplazados y controlados por grupos criminales, jóvenes masacrados, y mujeres intimidadas, son algunas de las frases características de los titulares de prensa que han hablado últimamente de Buenaventura. Además, las movilizaciones, las denuncias, los informes, los testimonios y las miles de voces de miedo y resistencia que han hecho visible la realidad del puerto, ponen ante el estado y la sociedad civil, escenarios de un conflicto cambiante, que exige a gritos llevar a cabo procesos y acciones de inversión social de corto y largo plazo que son mucho más complejas que las etapas de militarización que la población del puerto vive hoy.

Buenaventura es hoy un territorio de fronteras políticas, culturales y económicas, producto de años de migración e importantes desplazamientos poblacionales. Los escenarios de violencia que hoy caracterizan a esta ciudad, representan los límites ente la violencia y la convivencia, la ruralidad y la urbanidad, la ilegalidad y la legalidad, la destrucción y la conservación, y la pobreza y la riqueza. Entender los escenarios de violencia en Buenaventura como una reacción a las condiciones estructurales que le han acontecido históricamente, terminaría por respaldar una versión que se queda corta para entrever la complejidad de las dinámicas coyunturales en virtud de todos los elementos que coexisten en escena. Como elemento de poder, es necesario explorar más allá del ejercicio físico directo de la violencia y comenzar a indagar por gramáticas, estéticas y lógicas particulares que se desprenden del acto violento.

Una mirada al pasado
No fue hasta comienzos del XIX que el estado inicia algunos cambios importantes que transformaron la realidad de Buenaventura. La reactivación de la ruta Cali-Buenaventura, el nombramiento de un alcalde, notario, registrador, y del decreto que oficializó la apertura del puerto, permitieron demostrar el interes para darle un impulso economico al puerto que jugara un papel muy importante en las exportaciones de café durante todo el comienzo del siglo XX. Sin embargo, desde este momento la situación socio-económica de la ciudad comienza a dejarse de lado, situación que se perpetúa hasta el presente. Esto permite entrever una falta de voluntad política por mejorar la situación de la población en contravía al comercio portuario que empieza a presentar importantes resultados de bonanza económica. Diferencia que se acentúa, aún más, luego de la privatización del puerto el 21 de diciembre de 1993.

Su cercanía a Panamá y proximidad a países del Asia-pacífico y ciudades del este los Estados Unidos, ha convertido a Buenaventura en el puerto geoestratégicamente más importante del país. En congruencia con lo anterior, en Buenaventura se empiezan a dar dinámicas delictivas que la van convirtiendo en un caldo de cultivo para diferentes formas de expresión de la ilegalidad, desde la emergencia de grandes capos responsables de la exportación de las drogas ilícitas del Cartel de Cali a los Estados Unidos en los 80 y 90, hasta la conformación de pequeños traficantes locales, herederos del negocio del narcotráfico luego de la entrega de los grandes cabecillas de dichos carteles. A partir de 2000 suceden, por un lado, la mayor etapa de fragmentación del tráfico de drogas en la que se fortalece la articulación de actores nacionales e internacionales que participan de manera independiente y diferenciada en cada eslabón de la cadena productiva, y por el otro, una expansión de la siembra de coca y la arremetida de los paramilitares en la zona. Así, además de actores que hacen parte del proceso de producción, en Buenaventura también hacen presencia actores que actúan de intermediarios, encargados de hacer funcionar la red de transacciones, que en este caso no sólo son de orden internacional sino que involucra, también, a la primera etapa: el cultivo de la hoja de coca.

Como un fenómeno macro de transformación de las estructuras criminales, en Buenaventura se produce un fenómeno de expansión de las denominadas bandas criminales o neo-paramilitares (La Empresa, Los Urabeños), que nacen con el proceso de desmovilización del 2005, y que se expresan en una nueva forma de apropiación y adaptación de la violencia, y unas formas de control territorial que visibilizan procesos transitorios de re-territorialización de la misma. Los actores armados de los grupos criminales no son externos a estos territorios, sino que es a diferencia del paramilitarismo contrinsurgente, en esta fase sera la misma población de estas ciudades la que se está vinculando a las dinámicas del narcotráfico. Lo anterior, a través de un proceso de reconfiguración de las estructuras organizacionales del tráfico de drogas que hoy han llegado a presentar una cara cada vez más relacionada a formas de outsourcing criminal.

Violencia en Buenaventura
Buenaventura se configura como lugar de interés estratégico, pues su área marítima une al norte y sur del Litoral Pacífico y dentro del territorio colombiano este puerto es considerado como punto final de las rutas de exportación de la producción nacional de la droga ilícita proveniente, principalmente, de los departamentos de Cauca y Tolima. Así pues, Buenaventura se constituye como un lugar de conflicto en donde tienen lugar fuertes disputas por el control territorial por parte de varios actores armados ilegalmente; los cuales luego de cierta permanencia en este territorio, expanden sus repertorios de acción con tal de obtener mayor control sobre todas las actividades ilícitas que van desde narcotráfico hasta el cartel de robo y el contrabando de gasolina. La diversificación de las fuentes de financiación, además, es una de las características de las bandas criminales que ocupan los vacíos de poder que dejó, en distintas zonas del país, el proceso de Desmovilización, Desarme y Reintegración realizado durante una de las administraciones de Álvaro Uribe. Esto coincide con que desde los últimos diez años, Buenaventura se ha caracterizado por sufrir recurrentes episodios de violencia cargada, cada vez más, de barbarie y sevicia.

Claramente es un territorio de frontera, una puerta para la importación y exportación, lo cual se presta, infaliblemente, para el contrabando que va desde exportaciones ilegales hasta la entrada de insumos químicos para la industria ilegal, relacionadas al comercio de drogas ilegales, pero también al comercio de armas para la guerra y las redes de protección a la industria, y los bienes utilizados en los procesos de lavado de activos. Por lo tanto, el Pacífico terrestre de Buenaventura, así como su extensión marítima, se configura como un lugar de interés no sólo para el Estado y demás actores políticos, sino también para el narcotráfico en general que vincula bandas criminales (Paisas, Urabeños, Rastrojos, Empresa) y guerrillas como las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas (FARC).

Esta confluencia de intereses, hace de Buenaventura una población con indicadores de pobreza, marginalidad y violencia que se expresa entre 2003 y 2010, en cifras de aproximadamente 1900 personas muertas, de las cuales más de 1300 son jóvenes entre 15 y 35 años, es decir que el 67% de la población total víctimas son estas generaciones de jóvenes. Desde el 2000 se presentan denuncias, reportes de prensa, e informes de medicina legal que indican un aumento considerable de asesinatos, desplazamientos, masacres colectivas, amenazas y desapariciones forzadas que incluyen personas tanto inocentes como pertenecientes a los grupos criminales, o a las fuerzas armadas. Además de las víctimas que han sido líderes comunitarios, periodistas, activistas, etc. De hecho, durante el 2014, se han presentado más de 50 personas asesinadas y la Armada Nacional ha capturado a 41 personas de las cuales 12 son menores de edad y la Policía ha capturado a 60 miembros de las bandas criminales.

Impactos y cambios sociales
Por un lado, el descuartizamiento que se viene llevando a cabo hace varios años en Buenaventura, se hace público con la puesta en evidencia de las casas de pique. El aumento significativo de los desmebramientos, decapitaciones y torturas, hacen parte de técnicas del terror que deshumanizan al enemigo, pues más allá del ejercicio de matar, se expresan sistemas de normas y valores internos trasgredidos, manifestados en la corporalidad mediante la tortura, que anulan la subjetividad de la víctima. Por demás la agresión no va dirigida únicamente sobre quien se ejerce la acción; más bien se configura como un mensaje emitido, al resto de la población con el fin de hacer patente una advertencia para implantar terror colectivo, dejando en manos de cada individuo la responsabilidad de la existencia propia, nunca será culpa del verdugo. La violencia y la muerte dejan de ser elementos instrumentales que suprimen el obstáculo que el enemigo representa en la consecución de un fin, para demostrar un ejercicio de poder sobre el cuerpo hasta denigrarlo. También debe reconocerse que esta dinámica obedece a un cambio de repertorios que se inaugura con la llegada y arraigo del neoparamilitarismo que con el narcotráfico, involucran la disputa territorial por rutas estratégicas de tráfico de drogas.

Así, el narcotráfico ha gestado lógicas diversas de crimen. Una de ellas es la forma en que se racionaliza la violencia mediante la tercerización de la misma, como si se tratase de la prestación de un servicio. El ejercicio de la violencia se ha descentralizado dando lugar a pequeños focos de control, para regular la competitividad y especialización en la prestación de un servicio susceptible de ser contratado. En ese escenario, el papel del narcotráfico se expresa en tanto consumidor de ese tipo de violencia, representada en Colombia por las “oficinas de cobro” y los llamados sicarios a sueldo, sector que en general, contrata y coopta jóvenes de barrios marginales como ha venido dándose en aumento en Buenaventura. La tecnificación y la instrumentalización de la violencia, dejan ver que su ejercicio como práctica performativa ya no justifica un ideal político, la defensa de los propios, o una motivación emocional, sino que se vuelve un fin en sí mismo al estar mediada por una transacción económica.

Por ello, la situación actual de Buenaventura no se puede entender sin hacer una lectura adecuada de los elementos históricos mencionados y del contexto social y económico atravesado por dinámicas del narcotráfico, el conflicto armado y el capital privado. El gran ausente ha sido el Estado como protector de la población y principal combatiente de la pobreza, la escasez de oportunidades económicas, la negación o restricción de los servicios públicos, los conflictos y la represión del Estado mismo. Con todo y eso, la precariedad de las condiciones de vida de los habitantes de Buenaventura ha sido una constante histórica y aunque desde los años 70 se vienen estipulando políticas que ayuden a cambiar este panorama, la efectividad de dichas políticas, sin embargo, quedan en entredicho al ver la situación social en que está sumida la totalidad de la población. Recordemos dque de acuerdo al Dane el 80,6% de la población del puerto viven en condiciones de pobreza.

Finalmente, otra forma de dar cuenta de esa racionalización de la violencia, viene desde la idea de seguridad como política estratégica del Estado, que en nombre de la protección a la población despliega un proceso de militarización del espacio como una forma de control sobre el mismo. Se desconoce así que lo que se ataca es la consecuencia de un abandono histórico de la población, que permitió la emergencia de poderes y legitimidades locales. Por otra parte, las políticas de seguridad expresadas en la militarización dan cuenta de técnicas de gobernanza, que involucran variables económicas, pues recordemos el lugar estratégico que representa Buenaventura para la economía del país.

En virtud del neoliberalismo y la protección de las élites políticas y económicas en juego, se despliega todo un andamiaje político-militar, que desconoce las implicaciones sobre la población misma, pues su cotidianidad es invadida por un ambiente de intimidación que impide el desarrollo de las prácticas diarias a plena cabalidad, y que ya no es sólo ejercida por los actores armados al margen de la ley. A mayor escala, las implicaciones económicas y políticas rebosan las agendas de seguridad y económicas; a menor escala las repercusiones de la violencia en la sociedad civil inmediata a estos enfrentamientos está cobrando cada vez más la tranquilidad de muchos habitantes.

Militarización: ¿solución?
A corto plazo, son preocupantes todas estas generaciones de jóvenes que proyectan su vida a través de formas de ascenso social y económico asociadas a su interés por la vinculación formal o informal a las empresas criminales. Desde una perspectiva tanto individual como colectiva, su identidad se construye política, económica y socioculturalmente a través de lenguajes, relaciones de poder, prácticas económicas y saberes, que se expresan a través de los diversos repertorios de violencia que se han mencionado. Sin embargo, a mediano o largo plazo, la población de Buenaventura a futuro estará mayoritariamente constituida por aquellos niños que hoy incluyen en su memoria colectiva los gritos de las casas de piques y de torturas, que escuchan mientras intentan prestar atención al profesor(a) que enseña frente al tablero en su escuela.

Buenaventura no aguanta más. Mientras se militarizan los barrios, la sociedad es permeada por procesos de naturalización de la muerte a temprana edad, de transformación de las estructuras familiares en función de la deasparación y asesinato de los hombres jóvenes, de rupturas en la credibilidad de la población en las instituciones que representan autoridad y poder dentro de la sociedad, de reproducción de prácticas y relaciones sociales marcadas por la individualidad y de reproducción de factores de miedo dentro de la población.

A pesar de lo anterior, asesinatos como los de Luis Carlos Rentería de 29 años, las masacres y desapariciones colectivas de los jóvenes desde hace más de 10 años, están despertando movilizaciones y llamados de atención de la comunidad que sacrifica su seguridad y su vida, divulgando y denunciando los constantes crímenes, que hacen de uno de los puertos más importantes del país, un lugar de violencia invisibilizado y maquillado por discursos de securitización. Porque la violencia no son solo los asesinatos, violencia es la marginalidad y pobreza en que está sumida la totalidad de la población del Puerto colombiano más importante del país. Violencia es la indiferencia con la que el resto del país, se ha olvidado del Puerto.


* En este artículo colaboraron: Inge H. Valencia, Natalia Perez, Laura Torres, Olga Llanos, Cristian Erazo y Adolfo A. Abadia.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Los medios de comunicación como generadores de violencia. Una problemática y sus posibles consecuencias

Por Jhosef Eduardo Meza Cuesta.
Estudiante de Ciencia Política
Universidad Nacional de Colombia – Sede Bogotá D.C.

BETTO CARTOON - NarconovelasUn debate, de muchos que se han presentado en nuestro país hasta ahora. Casi siempre han tratado temas como la inclusión en la política, el conflicto armado, la economía nacional, etc. Este, sin embargo, es relativamente reciente; puede que se haya tratado tangencialmente desde hace muchos años, pero su connotación ha sido muy grande por lo menos en los últimos cinco o seis años, y gigantesca desde 2011 hasta ahora. Se trata de los medios de comunicación como generadores de violencia. Se puede hablar de varios medios en específico que pueden constituirse como tales, pero la televisión y sus contenidos, y especialmente los que se producen en Colombia, es un tema que está generando bastante controversia y puede tener consecuencias a corto y largo plazo en la realidad del país. Además, la televisión, debido a su cobertura y su gran influencia entre las masas hace que sea el medio de comunicación por excelencia que promueva la violencia, sin decir que otros medios como la radio y el internet no lo hagan.

El debate en torno a los contenidos violentos transmitidos por televisión tiene, como casi todas, dos partes: una, que sostiene que los medios de comunicación no pueden ser generadores de violencia por varias razones: uno, porque los programas que tienen contenidos violentos han sido hechos para “reflejar” la realidad del país; dos, su carácter investigativo hace que la temática que se trata sea mucho más seria y relevante; tres, las audiencias son “libres”de escoger los contenidos televisivos que quieran consumir y los que no. A pesar de que estos argumentos han sido defendidos fuertemente por los canales privados de televisión que hay en Colombia (Caracol y RCN), hay que sostener que los contenidos televisivos son generadores de violencia, especialmente si se toman en cuenta las fallas de los argumentos dados por dicha parte y lo que en realidad puede ocurrir con la televisión.

Primero que nada hay que decir específicamente cuales son los programas de televisión que pueden generar violencia: a lo largo de los últimos cinco años se han caracterizado mucho las narco-novelas que, como su nombre lo dice, tratan sobre el narcotráfico, y aunque cada programa puede presentar diferencias respecto a otras, básicamente tratan de eso; los realities show, en los que se puede evidenciar relaciones de poder y de conflicto mas que de sana convivencia; los noticieros de televisión –no todos- y los programas que se insertan dentro del genero periodístico de la crónica roja que generalmente transmiten información acerca de violaciones, asesinatos, robos, secuestros, etc.; y un tipo de programa que ha tomado relevancia en las últimas semanas conocido como para-novela que trata acerca del fenómeno del paramilitarismo en Colombia.

¿Por qué considerar que las fallas argumentativas de los “privados” pueden sostener que los contenidos expuestos generan violencia? Simplemente porque no explican como tal por qué dichos contenidos no generan violencia sino que apelan a otras cosas para defenderse como las expuestas anteriormente. Los argumentos expuestos por los contradictores, que van desde intelectuales reconocidos hasta blogueros, si toman en cuenta las potenciales y posibles consecuencias de su transmisión. Los más relevantes a considerar a corto plazo son: uno, en el caso de las narco-novelas, se legitima dentro de la población el accionar criminal y el comportamiento de las mafias del narcotráfico, y peor aún, se toma en cuenta a sus protagonistas como ejemplo a seguir[1]; en el caso de los realities show, debido a que se evidencian relaciones conflictivas, la gente sin criterio podría asumir que los objetivos que se proponen deben alcanzarse mediante prácticas que pueden ser tanto conspirativas como violentas[2]; en el caso de la crónica roja, se puede promover el pensamiento y comportamientos morbosos de la gente, que puede degenerar en violencia también; y en el caso de las para-novelas, se puede crear una imagen estereotípica de las personas que supuestamente hacen daño al país, como los estudiantes y profesionales de las ciencias sociales, los miembros de las universidades públicas y los grupos políticos de izquierda democrática, y por extensión a todo aquel que esté en contra del orden establecido en Colombia[3]; y una que se puede evidenciar actualmente, es que se refuerza el estereotipo del colombiano como mafioso, delincuente y asesino por parte de los extranjeros que ven los contenidos que se exportan a varios países de América Latina[4].

A largo plazo surgen varias consecuencias que pueden volver turbio el futuro del país: el principal podría ser el acrecentamiento de los niveles de violencia, así tenga o no éxito el proceso de paz con las guerrillas, debido a que nuestra generación y las futuras empezarán a adoptar la consecución de los objetivos por cualquier vía posible como legitima y el comportamiento violento como paradigma[5], por lo que engrosarían los ejércitos privados de la mafia o del paramilitarismo, o incluso formarían sus propios grupos ilegales; una segunda consecuencia a largo plazo sería la pérdida de legitimidad de los verdaderos lideres del país, provocando, en el menos peor de los casos, el fracaso de proyectos de modernización política y social porque no tienen la suficiente acogida, o en el peor de los casos, la persecución violenta de las personas que estén detrás de dichos proyectos al considerarlas como parte de la guerrilla[6]; como consecuencia de esto último, la imposibilidad de una modernización política, social y cultural del país, lo que acrecentaría las consecuencias anteriormente mencionadas.

Cuando se ha leído lo anterior, cualquiera se preguntaría porque ocurre esto. Solo hay una respuesta: dinero. Gracias a que los canales privados de televisión dependen financieramente de las pautas publicitarias y están controladas por oligopolios económicos que compiten entre sí[7] –el caso colombiano no es la excepción- que hacen tanto empresas privadas como movimientos políticos y el mismo Estado deben producir y transmitir contenidos que sean susceptibles de ser vistas por la mayoría de la población. Debido a que la gente, especialmente de los estratos bajos, no tiene suficiente discreción y criterio para seleccionar los contenidos televisivos, termina cayendo en esta lógica mercantilista y termina viendo cualquier cosa que se transmite, sin tomar en cuenta las consecuencias que esto puede traer no solo para las personas que los ven sino para la sociedad en su conjunto. ¿Por qué no transmitir contenidos culturales como documentales interesantes, o los viejos programas musicales que había hace muchos años, o educar desde la televisión para la convivencia y la paz? Porque simplemente no es rentable, y nada más.

En estos meses se han visto propuestas de solución a problemática que en cierto modo han dado resultado. Lo que hay que resaltar mucho y antes que lo demás es que el debate ya se está dando y debería llegar a ser un asunto político porque debe involucrar al Congreso de la República y a las autoridades competentes –como la Autoridad Nacional de Televisión-[8]. Una propuesta cuyo resultado desconozco es la de no hacer publicidad de ningún tipo durante la transmisión de dichos programas para impedir que los canales transmisores generen ganancias; es una buena propuesta porque eso les constituiría una pérdida significativa, pero considero que eso no es suficiente. Se necesitan medidas radicales y estructurales.

Para evitar que estas consecuencias se den, se debería hacer lo siguiente:

  • Educación para el televidente: no solo los estudiantes de educación básica y media, sino también los adultos deberían ser educados para ver televisión, creando así una conciencia crítica acerca de los contenidos que se transmiten en la televisión y promoviendo a su vez una televisión que aporte algo bueno a la sociedad.

  • Legislación nacional: es cierto que la Constitución de Colombia prohíbe la censura, pero lo que si podrían hacer el Congreso de la República y la Autoridad Nacional de Televisión es regular los contenidos que se transmiten en televisión, haciendo que algunos canales que incumplen las normas sean sancionadas debidamente.

  • Promoción de contenidos: el Gobierno Nacional y los canales privados de televisión deben promover contenidos sanos como programas de sano entretenimiento, programas culturales, entre otros, para la población, dejando de un lado las lógicas de mercado que promueven producciones mediocres y que promueven la violencia y tomando en cuenta las potencialidades que tiene la promoción de contenidos.

  • El papel de los actores sociales: la academia, los padres de familia verdaderamente interesados en el problema, las múltiples iglesias cristianas, otros grupos religiosos, los políticos y los gremios económicos deben actuar en conjunto para generar el debate, dando argumentos que permitan su solución y haciendo propuestas para crear una televisión sana que permita el fortalecimiento de la sociedad y no su fragmentación.

Notas

[1] LARA RESTREPO, Rodrigo. “Lo que va de un reality show a una medalla olímpica” en: http://www.elespectador.com/opinion/columna-369226-va-de-un-reality-show-una-medalla-olimpica. Fecha de consulta: 6de Abril de 2013.

[2] CELY ULLOA, Rafa. “Un país de caínes”, en: http://www.elespectador.com/entretenimiento/arteygente/medios/articulo-411588-un-pais-de-caines. Fecha de consulta: 6 de Abril de 2013.

[3] “Serie de TV sobre los Castaño molesta a la Universidad de Antioquia” en: http://www.eltiempo.com/colombia/medellin/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-12672360.html. Fecha de consulta: 6 de Abril de 2013.

[4] VELASCO, Luz Adriana. “Narco novelas, en el ojo del huracán” en: http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-3860636. Fecha de consulta: 6 de Abril de 2013.

[5] Cely Ulloa, Rafa. Óp. Cít...

[6] “Serie de TV sobre los Castaño molesta a la Universidad de Antioquia”, en: Óp. Cít.

[7] SARTORI, Giovanni. Homo videns. La sociedad teledirigida. Madrid (España), Santillana S.A. Taurus, 1998.

[8] DÍAZ BOHÓRQUEZ, Juan Camilo. “Los caínes de la televisión colombiana” en: http://www.eltiempo.com/blogs/padres_del_hoy/2013/04/los-caines-de-la-television-co.php. Fecha de consulta: 6 de Abril de 2013.

lunes, 20 de febrero de 2012

Violencia urbana: a quienes condenamos

Por Ana Lucía Paz Rueda.
Directora programa de Sociología
Universidad Icesi - Cali

Los medios masivos de comunicación informan permanentemente sobre casos de violencia urbana que nos aqueja, día a día. Y se preguntan la causa de ella. El análisis debe hacerse de manera diferenciada y compleja para poder entender lo que ocurre en la ciudad.

Son importantes varios asuntos: Su denominación en plural; “las violencias” porque corresponde a distintos fenómenos sociales, culturales, económicos y políticos, estrechamente relacionados entre sí.

La violencia urbana es sólo una de las formas de violencia de este país; aquella que afecta y a la vez es producto de la manera en que vivimos juntos. Y es de varios tipos, sólo menciono algunas de ellas. Una es la violencia generada por la delincuencia organizada que actúa en pro de conseguir recursos económicos y de obtener poder. Otra es la violencia cotidiana derivada de la convivencia en las calles, en donde se ponen en juego las normas y el orden ciudadano. Y otra la violencia intrafamiliar que pone en evidencia las tensiones propias de las relaciones íntimas. Todas ellas son multicausales.

Los medios masivos generalmente se preguntan por el tipo de sujetos que ejercen la violencia. Esta pregunta es insuficiente. Violencia urbana: delincuencia juvenilHay que preguntarse además por el tipo de sistemas sociales que producen y reproducen la violencia; por el tipo de instituciones sociales que tenemos; por el perfil de los gobernantes que elegimos; por el tipo de grupos políticos que conformamos, por las débiles formas de organización ciudadana que nos caracterizan, por el precario sistema de justicia que nos regula, por el impacto del narcotráfico no sólo sobre lo económico y lo político sino sobre lo cultural, sobre los deseos y las expectativas de la gente; por las enormes inequidades que tenemos; por el impacto de la economía y del trabajo sobre las nuevas formas de familias y por un larguísimo etcétera.

Sólo si entendemos que los comportamientos ciudadanos son el resultado de la confluencia de éstos, entre otros muchos fenómenos, vamos a dejar de preguntarnos por el tipo de sujetos capaces de cometer delitos para pasar a preguntarnos por las causas de ello.

Las causas de la violencia son estructurales, son sociales, pero se suelen hacer análisis en donde las responsabilidades se dirigen exclusivamente a los sujetos. Es necesario insistir en que no es únicamente en el comportamiento individual en donde se encuentran las explicaciones sino en las sociedades que forman y acogen a los individuos, en otras palabras, en los tipos de individuos y de relaciones sociales que nuestras sociedades producen.

¿Por qué señalar, por ejemplo, solamente a los jóvenes cuando ellos son socializados por las generaciones que los anteceden? Porqué señalar a ciertos sectores sociales marginados cuando ellos han surgido de un entorno social, político y económico que los ha excluido sistemáticamente? ¿Por qué mirar solamente al hombre maltratador y no a la sociedad machista y patriarcal en la que ha sido formado? ¿Por qué analizar únicamente a quien viola la ley y la incapacidad de la ley para regular al ciudadano?

Si señalamos y juzgamos a los individuos (generalmente jóvenes) y no atendemos las causas profundas ni a los sistemas sociales en su conjunto, quedamos presos de la idea de que sancionando y aislando a ciertos sujetos vamos a quedar finalmente libre de delitos. Tarea imposible, inviable y absurda porque desconoce que lo que somos es producto de la manera en que históricamente nuestras instituciones sociales han funcionado. Gobiernos transparentes, equidad, educación, trabajo digno, sistemas de justicia funcionales son la salida.

No es retórico; sólo las sociedades bien gobernadas producen ciudadanos gobernables.

Motivos de reflexión

Columnista Carlos Herrera Rozo.

No más violencia ni lluvia de balas (perdidas)Se afirma, por unos y por otros, que vivimos en un mundo de cambios rápidos y violentos, que la violencia y la falta de reflexión se apoderan del entorno, que somos cada día menos dialogantes y que nos adherimos a ciertas ideologías sin pasar sus principios por un análisis crítico que nos permita un cierto equilibrio entre lo que somos y lo que queremos ser. La peor violencia, aparte de cualquiera otra interpretación sociológica o política, es la ignorancia y ella, querámoslo o no, proviene del sistema, está en el interior mismo del establecimiento. Al parecer, dentro del grupo social en que vivimos hay gentes para las que la equidad tiene la forma y adquiere el valor de una perplejidad constante y paralizante, gentes cuyo mezquino espíritu procuran por todos los medios mantener en la ignorancia a las mayorías para poder someterlas y con ello, engrosar cada día más sus carteras... Es esta violencia soterrada la que nos preocupa y el motivo de esta reflexión.

Vemos todos los días a abuelos adictos a las traga perras, a jóvenes y viejos fanáticos del futbol, a jóvenes sumergidos en internet, adolescentes suicidas, depresivos, yanquis, alcohólicos, marginales de todo tipo provenientes de los más diversos estratos de la sociedad expulsados al borde de la destrucción. En las consultas de las clínicas psiquiátricas vemos como cada día, con mayor frecuencia, se acercan jóvenes y viejos adictos a internet, a las maquinas tragaperras, a los teléfonos celulares, al porno virtual, al sexo, a las drogas legales o no, a la televisión, a los juegos de roll etc., etc.

¿Por qué ocurre rodo esto?

Porque la cultura oficial prefiere ser laxa, poco problemática, pacífica y contemplativa. Una cultura que no profundice demasiado en nuestras miserias o, que como ocurre con frecuencia, las oculte para no mostrarle al mundo, ni a sí mismos, el sinsentido de varias generaciones de ciudadanos, de gentes jóvenes, que ven como la ilusión de un mundo mejor se desvanece en los despachos de banqueros, multinacionales y tiburones financieros bajo la mirada cómplice de políticos aviesos, pero también de los ciudadanos que permiten la corrupción, mientras pregonan valores que jamás practican.

El mundo en que nos ha tocado vivir, ese mundo levantado bajo los principios de justicia, igualdad, solidaridad y fraternidad se ha convertido a fuerza de engaños y zalemas en una trampa en la que las nuevas generaciones naufragan, se sienten perdidos, como si atravesaran un inmenso desierto donde el avistamiento de un oasis es un monumental espejismo. El panorama no puede ser más desolador: enfermedades mentales, masacres y genocidios, millares de trabajadores sin empleo, cientos de miles de jóvenes deambulando sin destino cierto y ,como telón de fondo, un capitalismo hambriento pregonando nuevas medidas de conformidad con sus cicateros intereses, apoyados por los sectores políticos más retardatarios incrustados en la sociedad. Se trata de quitarle a los trabajadores las conquistas laborales conseguidas en años y años de luchas sindicales, de empobrecer aun más si se puede a la gran masa ciudadana y mantenerla en la ignorancia, de seguir atracando el dinero de los impuestos para hinchar los bolsillos de políticos desaprensivos, de los bancos y de los grandes consorcios económicos.

A estas gentes ya no les basta con las grandes fortunas que han amasado a costa de la miseria de los millones de ciudadanos que han explotado. Ahora quieren más, toda vía más: quieren el dinero público. Por ello los ciudadanos conscientes de sus derechos, deberes y obligaciones no podemos bajar la guardia, no podemos dejarnos engañar por quienes desde la tribuna pública hablan con ambigüedades, ocultándose detrás de las palabras, mintiendo sobre lo que piensan hacer si el favor de los ciudadanos, a los que piensan explotar, los favorece en las urnas.

El voto, nuestro voto, debe ser para aquellos que defiendan, sin más, nuestras conquistas laborales, la igualdad entre hombres y mujeres, la libertad de las mujeres para decidir si quedan o no embarazadas, la educación para todos, la salud para todos, en síntesis, un país ás equilibrado donde todos los ciudadanos sean vistos como iguales, donde no haya ciudadanos de primera y de tercera y donde las nuevas generaciones de ciudadanos tengan un futuro cierto. Pero todo esto requiere una conciencia crítica, no tragar piedras de molino y estar permanentemente alertas para que no seamos asaltados en nuestra buena fe. Albert Camus afirmaba: “algunas veces pienso en lo que los historiadores del futuro dirán de nosotros. Una sola frase será suficiente para definir al hombre moderno: fornicaba y leía periódicos”. Mañana ¿qué dirán de nosotros?...

domingo, 4 de diciembre de 2011

El mercado laboral y la vulnerabilidad de los jóvenes caleños

Por Luis Alejandro Espinosa García.

Más de la mitad de homicidios cometidos en Santiago de Cali tienen como víctimas a personas jóvenes en situación de riesgo que habitan las zonas más marginales de la ciudad. La ausencia de oportunidades reales en el mercado laboral para una gran cantidad de jóvenes es la causa de que la asociación con pandillas sea una alternativa económica o de vida, sobre alguna carrera técnica, tecnológica o profesional o cualquier tipo de actividad política, al igual que sobre la vinculación a organizaciones civiles de juventud. Estos factores, sumados a una profunda tradición delincuencial, hacen que la juventud caleña sea presa fácil para incurrir en la violencia.

Delincuencia juvenilCuando hablamos de juventud no nos referimos únicamente a una condición física o biológica, sino como un proceso de construcción social e imaginarios colectivos que nacen del entramado social y cultural en el que se encuentra inmersa la persona. Tales construcciones se hacen más complejas y particulares en dicha etapa, pues es cuando el sujeto se junta con sus pares construyendo nuevas relaciones en las cuales adquiere más importancia su papel en la sociedad, la pertenencia a un grupo y la construcción del yo a partir de lo social.

Con respecto al mercado laboral, el DANE publicó que la tasa de desempleo disminuyó en enero del 2010 comparándola con la del 2009, pasando de 14,1% a 12,8%. Si bien, esta tasa es menor, el sub-empleo sigue siendo un problema relevante en Cali. Los subempleados son quienes ocupan un puesto que no corresponde a las expectativas del trabajador ni ofrece condiciones que posibiliten el mejoramiento de su calidad de vida. Este fenómeno es el reflejo de la incapacidad del mercado para satisfacer de forma significativa los requerimientos de las personas que constituyen la fuerza laboral, en términos de horarios, salario o cualificación. Así, el subempleo comprende a todos aquellos quienes desean trabajar bajo condiciones más ajustadas a sus intereses, sean cuales sean. Este se mide teniendo en cuenta dos dimensiones, el sub-empleo subjetivo y el objetivo. El primero -sub-empleo subjetivo- toma en cuenta la opinión manifestada por el trabajador acerca de la optimización de sus ingresos, su horario o de tener una labor afín con sus aptitudes. En Cali, el subempleo subjetivo pasó del 32,9% en enero del 2009 a 37,1% en enero del 2010. Por otro lado, el sub-empleo objetivo comprende a aquellos que tienen el deseo de mejorar sus ingresos y han hecho una gestión para ello y están en disposición de efectuar el cambio. En nuestra ciudad, la tasa de subempleo objetivo pasó de 27,6% a 30,2%. (Alonso, 2010).

Continuando con las cifras del DANE, de los desempleados a nivel nacional un 22,6% son jóvenes, es decir aproximadamente 1.228.000 personas. Si bien no encontré información acerca de cuál es la proporción de jóvenes desempleados en Cali específicamente, no es difícil imaginarse que puede ser cercana al promedio nacional, ya que ha tenido, durante los últimos años, una de las tasas de desempleo más altas en el país.

Oportunidades de empleoActualmente Cali cuenta con aproximadamente 379.280 jóvenes entre los 15 y 24 años (Cali en Cifras, 2009), que representa el 17% de la población total de la ciudad. Entre ellos, se pueden distinguir diferentes tipos de grupos juveniles. Uno de estos lo constituyen las pandillas, que son los más notorios por sus manifestaciones violentas. Estas constituyen un conjunto de jóvenes que comparten tiempo y se reconocen como parte del grupo, tienen un nombre que los identifica y los diferencia de otros grupos, cuentan con una historia de enfrentamiento con otros grupos juveniles y frecuentemente, y de manera coordinada, ejecutan acciones que transgreden el orden, entendido como las normas y las costumbres, lo que a veces se enmarca en conductas delictivas (Solís, 2007). A ciencia cierta no existen cifras que muestren qué porcentaje de jóvenes están involucrados y hasta qué punto con este tipo de grupos. No obstante las pandillas son uno de los principales motores de violencia y delincuencia, no sólo en Cali sino en todo el país. De esta forma, la población juvenil de Cali se ha convertido en blanco fácil para la violencia debido a que la situación económica no llena las expectativas de los jóvenes que, al ver improductivo su acceso a la educación y al mercado laboral regular, optan por formar parte de las pandillas o relacionarse con grupos delincuenciales, lo cual aumenta su situación de riesgo y los hace más vulnerables a la violencia.

Durante los últimos quince años, transcurridos entre 1995 y 2010, Cali reporta una tasa promedio anual de homicidios de 83 por cada 100 mil habitantes, lo cual indica que existe un problema estructural con raíces muy profundas tanto en la delincuencia como en la violencia. En el 2010, de los 1.860 homicidios registrados, el 54% estuvo asociado a diferentes tipos de delincuencia y el otro 46% al uso de la violencia como un medio para resolver diferencias entre ciudadanos del común.

Jovenes: blanco fácil para la violenciaEs importante mencionar que el 42% de los homicidios ocurrieron en zonas marginadas del oriente y suroriente de la ciudad de Cali, especialmente en las comunas 13, 14, 15, 21, 7 y 6, y que precisamente los homicidios que más se incrementaron (85%) fueron los ocasionados por enfrentamientos entre pandillas, integradas por jóvenes armados involucrados en disputas por micro-tráfico de estupefacientes y otras actividades ilegales que derivan en luchas por control territorial que terminan en muerte. La segunda zona de la ciudad que sigue en concentración de homicidios es la ladera, donde se reportó un 22% de los homicidios del 2010. De la misma forma es notorio, que en promedio en toda la ciudad y en particular en estas dos zonas el 60% de las víctimas y victimarios son jóvenes (Cali Cómo Vamos, 2011).

Sería insensato pensar que la falta de políticas efectivas contra el desempleo es la única razón por la cual los jóvenes se ven involucrados en la delincuencia y/o victimizados por la violencia. De hecho, siempre he sido partidario de que el principal factor que inicialmente pone a los jóvenes en riesgo, es la educación que se da en la familia. Es esa socialización primaria la que nos da bases fuertes para enfrentarnos a las situaciones inclementes de la vida en el espacio público, en la calle. Y muchas de las familias de los jóvenes en situación de riesgo fallan significativamente en la educación de sus generaciones más jóvenes, pero ese no es el tema en cuestión. Pese a esto, es una tarea muy difícil para las familias entregar o legar valores fuertes y sensatos a un joven que tiene que salir a enfrentar situaciones injustas, como las malas condiciones de un mercado laboral que podrían ser subsanadas mediante políticas administrativas efectivas. Tiene que ser un proceso simultáneo de educación y mejores políticas laborales y económicas, por no hablar de las educativas. Existe una gran variedad de programas y proyectos sociales que involucran a la población joven en riesgo (Conviviendo Sin Pandillas, Cali actuando Frente a las Drogas, las Ciudadelas Educativas, entre otros) pero, en mi opinión, esto sólo actúa como paños de agua tibia sobre un problema mucho mayor que, como ya lo expresé, se relaciona directamente con las condiciones laborales.

En conclusión, Cali es una ciudad con una población joven bastante vulnerable en términos sociales debido a que se encuentra muy expuesta a grupos delincuenciales y por ende a la violencia. Esto se debe a múltiples factores de tipo social y económico, pero principalmente la carencia de oportunidades laborales explica que los jóvenes busquen alternativas económicas ilegales para suplir las necesidades o las de su familia. Esto solo aumenta su vulnerabilidad y los hace más propensos a ser víctimas mortales de la violencia relacionada con el narcotráfico y la delincuencia común, caminos cuyo sendero es cercano a ellos porque se encuentra en el mismo lugar donde viven. De esta forma, es necesario que el Gobierno implemente políticas realmente efectivas contra las excesivas carencias del mercado laboral, porque de otra forma los proyectos sociales que ha puesto en marcha solo representarán registros en los archivos y pérdidas monetarias del dinero público. Con la optimización de las oportunidades que ofrece el mercado laboral se estaría quitando la base del problema, lo cual haría más posible su solución en un futuro. Sin embargo, como ya lo mencioné no es suficiente atacar este problema desde un solo flanco. Así, esto constituye un proceso largo que requiere compromiso por parte de la Administración Nacional y Local y también por parte de toda la sociedad civil, y sus esfuerzos para seguir educando a las siguientes generaciones y preparándolas para las difíciles condiciones que les esperan.

jueves, 14 de julio de 2011

Fuego Cruzado: Retrato de una sociedad sumergida en la violencia

Columnista Margarita Rosa Silva.
Reseña sobre el libro de Marcela Turati Fuego cruzado.

Como el más fino bisturí que disecciona un cuerpo y lo explora hasta el fondo de sus entrañas, así se sumerge Marcela Turati en la realidad actual de la violencia en México con su libro Fuego Cruzado. Las víctimas atrapadas en la guerra del narco. (Editorial Grijalbo, enero de 2011).

Esta mexicana, reportera de la revista Proceso y finalista del Premio de Periodismo Narrativo de la FNPI y Cemex, dedicó más de un año a la investigación de la llamada “guerra contra el narco” en México, durante el sexenio del presidente Felipe Calderón. Habla sobre un gobierno que ha desatado la violencia en todo el país, donde las principales víctimas son los civiles.

Así, este libro escrito a manera de crónica se centra en las historias de unas víctimas que, (como ella misma afirma) tan sólo esperan ser escuchadas. Por eso, Turati decidió escribir sobre esas víctimas que reflejan el verdadero conflicto de la violencia en México: el involucrar inocentes en una guerra que está desintegrando la sociedad y dejando huellas imborrables en cada rincón del país.

Y es precisamente éste el valor de la obra. Es humana, cercana y real. Es un retrato de una sociedad cegada por la indiferencia, la costumbre y el miedo ante una situación que, aunque es difícil, resulta más fácil pasar por alto que confrontar. Es un espejo crudo donde la autora no solo refleja una realidad indignante y dolorosa, sino que se pone ella misma al desnudo, como periodista investigativa, pero sobre todo, como ser humano que siente y vive, que se conmueve y se preocupa por la situación de su país.

“Como si una máquina de matar hubiera sido activada y produjera cadáveres en serie, la nuestra escupe un promedio de 20 cadáveres por día, imparable, sin descanso, sin lógica.”(Capítulo I, pág 27) Así, estremecedoras, impactantes y dolorosas son las metáforas que Marcela Turati utiliza en su libro, para plasmar como en un lienzo aquellas historias y hechos de la realidad que busca reflejar. Es amplia en descripciones, metáforas y recursos literarios, que se contrastan con datos, cifras y estadísticas, logrando un equilibrio donde periodismo y arte se alían para generar un impacto conmovedor en el lector y darle vida a esos personajes tan humanos, sumergidos en el dolor.

Es el poder de esas historias el que llega hasta los tuétanos del libro. Son relatos que hablan de niños, de madres, de esposos, de amigos, de todos aquellos inocentes que a diario mueren por enfrentamientos de narcos y de gobierno. Y son los cadáveres quienes cobran vida a través de los capítulos de Turati: son despojos humanos que reflejan las estrategias de tortura, los crímenes impunes, las barbaridades y los alcances de los narcos, que son actores de una situación con un léxico propio y hasta programas televisivos que convierten en un espectáculo la situación ― que va en crescendo y parece no tener fin.

Podría decirse que esta obra se convierte en un texto casi obligado para todo mexicano, en tanto busca despertar del coma a una sociedad que, aunque inconforme, prefiere callar por miedo o por resignación. Es una sociedad que no se da cuenta de que el silencio termina por ser la peor arma contra unas víctimas desamparadas y olvidadas y que, a diario, van en escalofriante aumento.

Si usted, respetado lector, aún no se da cuenta de ello, puede que la lectura de ésta cruda realidad lo ayude a reaccionar y a actuar al respecto, antes de que la víctima esté en su círculo social o incluso sea usted.

lunes, 6 de junio de 2011

La metáfora del chivo expiatorio: algunos indicios para entender un estado de violencia generalizada en Cali

Por Carlos Duarte.
Profesor del programa de Antropología
Universidad Icesi - Cali
Miembro del Centro de Pensamiento Raizal.

Era sábado, temprano por la mañana, Cali como de costumbre se levantaba entre las trayectorias de trabajadores, deportistas, amas de casa y uno que otro enguayabado de la noche anterior, quienes se deslizaban en los buses azules del MIO. Sin embargo, esta imagen se vio interrumpida por la algarabía de una pareja que en cuestión de minutos pasó del alegato al insulto, y de la agresión simbólica a la puñalada fulminante. De acuerdo con la versión de los testigos, la pareja se subió en la estación de Chiminangos, se sentaron en el segundo puesto detrás del conductor. Luego en la estación de Manzanares, en la Carrera Primera con Calle 38, en medio de una acalorada discusión, el hombre saco su navaja e hirió de muerte a la mujer en el cuello.

Según el periodico el País, en Cali las cifras fatales se han disparado durante las últimas semanas. Los casos se presentan en un número alarmante por medio de heterogéneas metodologías de la muerte. No son solo las vendettas o ajustes de cuentas entre bandas. La violencia se ha venido manifestando en múltiples aspectos de la vida caleña, desde peleas entre grupos de estudiantes pertenecientes a colegios diferentes, hasta la agresión directa entre parejas, hermanos, padres e hijos. ¿Cómo podemos entender esta emergencia de la violencia? ¿Cuáles son los umbrales de agresión que una sociedad puede soportar? ¿Dónde se origina esta elección sistemática por la fuerza? Quizás en la medida que comprendamos mejor algunas de estas preguntas, podamos plantearnos soluciones que no apelen a la fuerza misma, vestida de represión, para controlar el fuego con más fuego.

Un primer paso en este sentido sería establecer ¿qué tienen en común los conflictos que son capaces de desencadenar la violencia entre seres humanos? Recordemos algunas palabras de aquel erudito asesino de ficción el Dr. Haniball Lecter: Codiciamos lo que vemos todos los días. Es la vista la que busca y localiza las cosas que queremos, que nos gustan y que deseamos. Y de esa contemplación también surgen las situaciones más trágicas: lo del diario es el cultivo de las pasiones criminales. Este memorable dialogo del "Silencio de los Inocentes", es un primer indicio que se ajusta perfectamente con el concepto de deseo mimético planteado por René Girard, un famoso antropólogo de la violencia y de las religiones. El deseo mimético se manifiesta como una disposición continua de los seres humanos a imitarse recíprocamente, y en esta práctica es inevitable la imitación del deseo de otro, para copiarlo y apropiárselo. Al intensificarse, el deseo mimético se convierte en obsesión recíproca para los rivales, y detona situaciones de conflicto que pueden llegar a resolverse por medio de la violencia.

Desde este punto de vista podemos plantearnos que la violencia puede desatarse a dos niveles: i) entre grupos excluyentes o con los cuales los límites de la socialización son mas distantes, nivel donde podríamos ubicar los ámbitos tradicionales del conflicto armado colombiano (entre clases sociales) o el de las bandas criminales (inter-grupales); y ii) entre los semejantes que comparten un mismo grupo de convivencia (jóvenes contra jóvenes, alumnos contra alumnos, hermanos entre hermanos). Es a este último nivel al que pertenecen los conflictos que atentan contra las instituciones y las convenciones sociales que nos parecen intocables como la familia o el matrimonio, y en los que este texto se enfoca.

¿Cómo nace este deseo que carcome por dentro, impulsándonos a devastar aquello que vivimos como sagrado? Para otro famoso antropólogo, Gregory Bateson, las relaciones violentas y conflictivas entre semejantes están atadas a problemas de incomprensión en la comunicación, y en la enunciación de mensajes contradictorios. Cuando en una relación asimétrica como la que puede existir entre padres e hijos, el padre le dice a su hijo: se como yo, tómame como modelo, imítame; pero al mismo tiempo le dice: no te conviertas en mi rival, por lo tanto no me imites! es evidente que surge una contradicción. Por lo tanto en caso de imitación, necesariamente se producirá un conflicto violento producido por la rivalidad. Para Bateson el tema de los dobles antagonistas que dirimen su conflicto en la intimidad y en una dependencia creciente, constituyen el primer paso hacia la rivalidad pública y violenta. Víctima y victimario están indisolublemente atados por un doble vinculo: el verdugo depende de la mirada de la víctima para reconocer en ella su incompletud, y la víctima -queriendo poseer la invulnerabilidad del verdugo- se acerca demasiado, tanto, que se expone al maltrato y al abuso prepotente.

La anterior es una de las múltiples superficies en las que este conflicto entre semejantes puede emerger. Sin embargo, otra superficie de emergencia que puede ser mas apropiada para el contexto caleño, es la sugestiva metáfora del chivo expiatorio. Rene Girard nos propone una lectura en la que el conflicto en tanto ritual es una solución frente a las tensiones colectivas. Para este autor a pesar que juego y ritual son términos antropológicos, su carácter simbólico no les impide ser catalizadores por excelencia de la violencia, así que lo simbólico es violento también. Los grupos humanos ocultan su miedo a auto-destruirse en una rivalidad sin fin (la venganza, una vez desatada no tiene más fin que la destrucción), para tal fin evacuan la violencia de todos contra todos, en un todos contra uno. El chivo expiatorio es la típica consecuencia de las asimetrías sociales conflictivas, es el fenómeno de los linchamientos y las agresiones a un arbitro de fútbol.

En el caso caleño los conflictos entre grupos marginalizados y excluidos socialmente, pueden ser contemplados como un desplazamiento del deseo mimético, y de la violencia sufrida a manos del sistema por cada uno de ellos. La violencia ejercida por un sistema de clases sociales sin oportunidades de ascenso social fomenta el auto-odio (por frustración, incompetencia, fracaso familiar, escolar). Dicho odio es mecánicamente dirigido hacia la víctima más cercana y accesible. Así la rabia del deseo frustrado que debería ser dirigida directamente hacia el sistema que les oprime (conflicto inter-grupal), es proyectada en su lugar hacia los miembros de la misma clase, grupo o casta social. En opinión de Angel Barahona, experto en antropología de la violencia, la progresión del deseo del otro en las comunidades oprimidas, o en los grupos de jóvenes, a menudo procede de una mediación externa (querer ser como), pasando por una mediación interna (querer conquistar al rival), hacia el escándalo que produce el rival en el sujeto (querer destruir al rival). Por lo tanto, la progresión conduce del deseo, a la envidia, al odio, que se transforma en auto-odio, para finalizar en el acto de rabia o furia. La espiral exponencial que se desata en la violencia entre pares puede acabar con la muerte del rival en tanto chivo expiatorio de una situación de marginación colectiva.

Para finalizar, quisiera retomar a Barahona, en la medida que este autor nos previene sobre la dificultad de identificar una situación de chivo expiatorio: el chivo-expiación nunca es tal cuando nosotros estamos involucrados. Por lo tanto la violencia esta mucho más cerca de lo que nos gusta admitir, no en tanto víctimas (lugar recurrente de la mayoría de análisis), sino en un lugar más oscuro y difícil de reconocer, nosotros en tanto verdugos. No solo recurre al ritual violento el apócrifo asesino de su pareja en el MIO. Abajo de la noticia del asesinato del MIO, en los comentarios de los cybernautas es posible leer frases como: “PLOMOOOOOOO CON ESA ESCORIA SOLO PLOMO”, o “AQUI LO QUE HACE FALTA ES UNA BUENA BANDA DE LIMPIEZA SOCIAL”.

Nuestra cultura nacional se ha venido acostumbrando a encontrar un chivo expiatorio (una víctima propiciatoria de la violencia) sobre la cual la multitud (los rivales unidos por el miedo a la auto-destrucción) pueden hacer una transferencia de violencia de sus propias rivalidades. Si el chivo expiatorio es asesinado, por medio de una segunda transferencia la víctima salva a la sociedad absorbiendo su violencia, canalizando la catarsis purificadora. Lo que la antropología nos enseña por medio de la metáfora del chivo expiatorio, es que bien sea en una relación en la que los fuertes descargan sobre los débiles, o en aquellas en las que las víctimas se rebelan, en ambos casos estamos frente a la activación de un mecanismo de violencia escalar, el cual de no ser sujeto a mediación-negociación, indefectiblemente comportará sacrificios de víctimas inocentes.

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