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lunes, 18 de marzo de 2013

Crítica a los estudios sobre la desigualdad y la pobreza

Columnista Nibega.

De antemano aclaro que lo que leerán a continuación fue el resultado de un proceso de cavilación resultado de varias lecturas sobre desigualdad y pobreza, sobre globalización, la expansión del capitalismo y básicamente los procesos económicos y sociales de los últimos dos siglos, pido disculpas si no hay fuentes de citas o cosas por el estilo pues no conozco sobre el tema (la crítica al sistema monetario) para tener algún tipo de texto al cual citar, con excepción de un video y una noticia que conocí precisamente el día de hoy que me disponía a montar el texto, si alguien conoce más del tema me escriben. No siendo más un saludo y disfruten de esta columna.

Sobra decir que en el estudio de las ciencias sociales la desigualdad y la pobreza es un tema que se ha trabajado repetidas veces, del cual se deduce que éstos tienen no una sino varias razones que constituyen el primer inconveniente en el proceso de formular salidas que logren mayor incidencia en la solución de la problemática. Pero creo afirmar, y quizá sea un error, que estos dos tiene un solo problema, además creo, aunque apresuradamente, que es el mismo problema que atañe a toda la sociedad y se encuentra en el centro mismo de ella. El problema que tiene la sociedad nace con ella, es degenerativo y gira entorno al tema económico como es de esperarse.

Una sociedad necesita de una organización económica para que esta logre sobrevivir, la economía de la sociedad gira en torno a la distribución de lo que se logra producir. Tomemos la sociedad como una ciudad, todo lo que la ciudad produzca se distribuye dentro de la misma y así se sostiene, el exceso se lleva a otras ciudades que quizá no tengan eso que nuestra ciudad produce y nosotros necesitemos aquello que la otra ciudad produce, que no tenemos la oportunidad de generar a causa del medio ambiente en el que nos desenvolvamos.

El medio por el cual se logra llevar este intercambio de manera “eficiente” es el intercambio monetario, de tal manera que todos quedaban satisfechos, pero entonces dónde reside el germen degenerativo de la sociedad, que no sólo lleva a que se genere una desigual distribución del producido sino a que la desigualdad sea tan grande que se hable de pobreza y que esto lleve a problemas de inseguridad, salud entre otros. Como vengo diciendo es entonces en la economía de la sociedad, la administración, distribución y redistribución del producto donde se genera EL PROBLEMA que motiva a escribir sobre los temas arriba mencionados.

Es en el proceso de intercambio, donde confluyen todos los factores que hace que la sociedad tienda a actuar de una manera para la cual no se concibió y sobre el cual ya se ha trabajado, el tema que ya no es  económico, se enfocan en el ser humano y su esencia, para Hobbes en el leviatán el ser humano es de naturaleza malo debido a que los recursos son escasos, como es el caso actual y para Rousseau el hombre en su naturaleza es bueno pero la sociedad lo corrompe, que tiende a ser un poco mi postura aunque adiriendole claramente que son los escasos recursos los causantes de esa degeneración.

Creo yo que la incapacidad de descubrir qué es lo que yace dentro del individuo o la sociedad, que hace que estos o esta actué de manera interesada en términos individualistas es lo que nos ha llevado a los errores en las investigaciones sobre la desigualdad y la pobreza. A pesar de que la conformación de una sociedad se da con la idea de que el individuo sobreviva ya que no es capaz de valerse por si mismo en todos los aspectos de la vida y que, como afirma Aristóteles, pueda llegar al fin ultimo de todo individuo y de la sociedad el cual es la felicidad.

Todos conocemos que el sistema económico de nuestras sociedades gira en torno al intercambio monetario, donde yo habiendo teniendo un producido lo cambio por dinero lo cual me permite comprar algo que no poseo, en este sistema por cuestiones medioambientales o de oportunidades hay quienes logran acumular mayor capital, posterior a esto el sistema se hace más grande por lo cual, quienes logran mayor capital acceden a cantidades mayores de producción, lo que hace que yo deje de trabajar de manera independiente y comience a trabajar para una empresa que produce lo que antes yo y varios producíamos de manera individual, lo que da inicio a la búsqueda de acumulación de capital, que se desencadena en una sociedad cuyos valores giran en la acumulación y la visión del trabajo para ese fin y no la felicidad.

Creo que ya se va entendiendo por donde va la cuestión pero hay que ser conscientes que no crítico al capitalismo solamente, hago una crítica a la raíz del sistema en sí, sea comunista o capitalista, ya que estos giran en torno a esa misma idea. Para unos el “profit” o el sobrante de ese proceso de intercambio se distribuye en la clase alta “dueños de los medios de producción” y en el otro se redistribuye en las clases bajas u obreras “dueños de la única e innegable mano de obra”.

Siendo la moneda un recurso material, es escaso y es reemplazado en lo que ahora llamamos el dinero digital, lo que cambia la idea de acumular “porque es que se va a acabar”, a la de acumular “porque es que no importa, hay más”. La sociedad gira en torno a esta idea de la acumulación y no como había dicho anteriormente para la búsqueda de la felicidad del ser humano. el individuo no comprende el problema del exceso, es más, no comprende dónde es que el exceso se convierte en un problema, lo que lleva a que en un sistema, el capitalismo, el exceso y el despilfarro sea una cualidad admirable del individuo y significa que se ha "esforzado" por conseguirlo, mientras que en el otro sistema, el comunismo, se controle cuanto recibe cada cual para evitar los excesos. En los dos casos se llegan a extremos pretendiendo la tan anhelada felicidad, logrando simplemente la desdicha, la desigualdad y la pobreza.

Entendamos que somos el resultado del proceso de socialización, que nuestra forma de ver el mundo, nuestro actuar está determinado por nuestras experiencias pasadas, cómo estas se han almacenado, qué recordamos qué olvidamos, en qué creemos, con qué nos identificamos y a qué le otorgamos la idea del otro. Nuestra ideología, nuestras representaciones sociales y nuestros imaginarios son el producto de las relaciones sociales con el ambiente, en este caso la sociedad gira en torno a un sistema económico monetario que afecta nuestras percepciones sobre lo que es adecuado y lo que no lo es, todas nuestras decisiones se basan en creer que la acumulación de capital es lo único por lo que hemos venido a este mundo y es el medio para la felicidad.

Ya nos hemos dado cuenta que los excesos llevan siempre a problemas, sea cual sea el tema. Conocemos o al menos tenemos idea del efecto que tienen las grandes compañías en el medio ambiente por la búsqueda de reducir sus gastos, una cuestión de “rational choise” que para algunos es innato al ser humano, hay quienes creen que el análisis de costo beneficio es algo que “el ser humano hace todo el tiempo”, en muchos casos las decisiones se toman sopesando los costos y beneficios pero nunca resulta ser un análisis real de costos, sino meramente subjetivo, por lo tanto la comprensión sobre el “rational choise” resulta innecesaria cuando intentan describirlo como el medio objetivo sobre el cual la sociedad se desarrolla.

Es entonces en este punto donde se vislumbran los problemas que comienzan a desarrollarse a causa de tener en el centro de nuestra sociedad un objeto material y no uno inmaterial, uno que no cargue consigo un significado y una simbología como lo hace el dinero. Este PROBLEMA es el que debe interesarnos estudiar a fondo para lograr darle respuesta a las preguntas: ¿ qué podemos hacer? ¿qué otro objeto usar? ¿Cómo estructurar un sistema con el cual la sociedad logre mantener una economía coordinada que no tienda a la acumulación y lógicamente tampoco a los excesos de la misma?

El siguiente texto deja más preguntas que respuestas como en todos los trabajos desarrollados en las ciencias sociales, pero al menos aclara que el principal problema es el dinero, no como el problema de la mala distribución del dinero o de las tierras por las cuales producir el capital, sino de la carga simbólica del dinero como el centro del engranaje de nuestro sistema económico y sostén de nuestra sociedad.

martes, 12 de octubre de 2010

Un calvario de 48 horas

Por Adolfo Ochoa Moyano (Reportero de El país).
Ganador del premio Simón Bolívar
Domingo, Septiembre 20, 2009

Una mano diminuta se cierra sobre mi muñeca izquierda, haciendo que me detenga en el acto. Cuando me vuelvo a mirar quién es, mi corazón se aprieta. Se trata de una niña de 12 años, máximo. Lleva el cabello castaño recogido con una cola de caballo, adornada con chaquiras de varios colores.

Trae puesta una camiseta blanca, con manchas secas de pegante en el pecho. No me mira a la cara. Mantiene los ojos clavados en el suelo y con esa vocecita que a esa edad sólo debe servir para decir palabras como amor, papá, abuela, regalo, me dice “deme dos lucas ($2.000) y le hago lo que quiera”.

Detrás de la niña veo a varios adultos fumando bazuco. Seguro entre ellos está su madre esperando el éxito en la transacción. Siento asco.

Me libero y actuando de la forma más apacible que puedo le digo que no traigo dinero. Me atrapa de nuevo y me hace una contraoferta: “Al menos deme marihuana o algo para meterme”.

El mundo gira más rápido. “No, no tengo nada”, atino a decir y emprendo la huida tan rápido como puedo, pero la pesadilla no está sólo allí. Está en todos los lados hacia donde miro.

Me parece inverosímil que en ese sector, más pequeño que cualquiera de los centros comerciales de la ciudad, se aglutinen tantos dramas que parecen sacados de un libro de terror. Ante mis ojos desfilan niños armados con cuchillos y pistolas hechizas, abuelitos que guardan monedas en el ano para que no los roben mientras duermen. Pequeñas que venden sus cuerpos antes de que se les alcancen a desarrollar.

Nunca supe cómo se llamaba la niña. Pero, horas después ‘Zeta’, un antiguo jíbaro del barrio El Calvario, me explicó que ese es solamente uno de los cientos de casos de prostitución infantil. Me dice con desparpajo que eso es tan común como si en lugar de ofrecerme sexo me hubiera ofrecido uno de sus juguetes. “Cosa de todos los días”, sentencia, “la vida acá es así de ‘hijuep...’”.

Adentro, la jungla

Tengo miedo pero me lo trago. Estoy de pie en la entrada de El Calvario, una de las zonas marginales de la ciudad que más incertidumbre produce entre la gente, tanto por su misterio como por el aura de peligro que la rodea siempre.

Faltan 28 horas para mi encuentro con la niña. Ahora mismo mi misión periodística es entrar en la oscura barriga del monstruo que es la indigencia en Cali. Fingir que soy uno de ellos. Zambullirme para vivir en carne propia, durante dos días, ese problema feroz que es como un cáncer que ya hizo metástasis.

Las calles de El Calvario huelen a humo, a basura y a estiércol. Huelen a miedo y a desesperanza. En el aire viajan partículas de bazuco que ahogan los pulmones desacostumbrados.

Con el primero que me topo es con ‘Zeta’. Me dicen que es de confianza. Que es otro muy diferente a aquel ser violento que impuso su ley en la zona, a fuerza de sangre y fuego. Pero que aún conserva algo del respeto que le tenían. Siento que a su lado estaré seguro.

Es lunes y no tengo idea de qué hora es. No llevo reloj, celular ni dinero. Soy un habitante de la calle sin más pertenencias que la ropa que traigo puesta, pero hasta eso es susceptible de ser robado. Me aterra lo vulnerable de mi situación. Dependo de ‘Zeta’, mi vida está en sus manos.

‘Zeta’ y yo estamos sentados en el Hogar de Paso de los Samaritanos de la Calle. Acá limpian y alimentan a los indigentes. Les sacan pulgas, piojos,

garrapatas y hasta gusanos que se les comen la piel y la carne. Incluso

les enseñan a leer y a escribir, les ofrecen otra oportunidad. Este oasis es mi última parada antes de entrar a ese purgatorio de almas perdidas.

De entrada, ‘Zeta’ me señala la zona roja, el lugar que debo evitar por ser nuevo. El gesto que hace para delimitar esa línea imaginaria que determina si vivo o muero me produce una punzada en la parte de atrás de la cabeza.

Levanta la mano derecha y haciendo un perfecto círculo en el aire me dice “a alguien como usted, que nadie conoce, no le conviene meterse solo por allí. Además, tiene la piel muy blanca y le faltan chambas (cicatrices)”.

“A usted lo dejan sin pantalones donde se asome por allá”, agrega ‘Equis’, otro habitante de la calle, que ni siquiera levanta la mirada hacia mí. Resopla cansado. Su aliento mortecino me alcanza y es como si el olor sirviera para acentuar sus palabras de alerta.

La primera regla que me enseñan es que allá todo se mueve con drogas. La mirada perdida de la niña que me pide que la use para poder narcotizarse les dará la razón más tarde. La droga determina quién vive o muere. Pone y quita ‘reyes’. ‘Zeta’ me mira con una sombra de desilusión y me recuerda que si ese ‘hueco de mierda’ existe es por culpa de la droga, de nada más.

En los barrios El Calvario y Sucre, separados apenas por la Carrera 15, las ollas de expendio de drogas son tantas que el simple intento de cálculo marea.

En una sola cuadra se pueden contar hasta ocho casuchas que esconden en su interior kilos del alucinógeno que se requiera, el que sea: pastillas medicadas, éxtasis, heroína...

Le pregunto a ‘Zeta’ si ante semejante oferta los únicos clientes son los mendigos. No me dice nada, pero con un gesto me indica que mire hacia la esquina de la Carrera 15 con Calle 10.

Veo parqueado un Chevrolet rojo. De pronto, un chiquillo de unos 13 años atraviesa veloz la calle y llega a la ventanilla del conductor. Regresa corriendo y lo pierdo de vista. Segundos después vuelve al vehículo con un paquete bajo el brazo. Lo entrega y el carro se va. Comprendo que los clientes también son de saco y corbata.

‘Zeta’ me explica que la oferta de sustancias ilícitas es absurda en El Calvario y Sucre. Reitera que todo lo mueve eso, la droga. Y es que los precios son absurdos. Una dosis de heroína, que en otros puntos de la ciudad puede costar $25.000, en las calles de El Calvario vale sólo $5.000. Una pepa de éxtasis no pasa de $4.000. Diez veces menos que en una rumba electrónica.

Desde luego, el ‘plato fuerte’ del sector es el bazuco. Es el que más rápido se vende. La mayoría de los habitantes de la calle están enganchados a ese polvo amarilloso, parecido a la leche en polvo, que a ellos mismos asquea, pero sin el que algunos ya no pueden vivir.

Los responsables de la masiva demanda de ese alucinógeno en el sector son los jíbaros. Primero, porque los precios son ínfimos. Cada papeleta se puede conseguir en $300, lo mismo que una pastillita de caldo para sopa.

Y segundo, porque cada expendedor se encarga de agregarle cuanta sustancia se le ocurre para hacer su efecto menos duradero y así vender más dosis. El bazuco que no es más que sobras de base de coca es mezclado con cal, talco para pies, harina, cemento y ladrillo.

Por eso, no es raro recorrer el barrio y toparse con personas raspando las paredes con desespero. Buscan sentir en su cuerpo un poco el efecto de una dosis de bazuco que ya no pueden pagar y ese polvillo de cemento o cal es el único reemplazo que encuentran.

Pero, aunque la práctica de rebajar el alcaloide es común, en unos expendios es más puro que en otros y esa diferencia se conoce bien allá adentro.

Cada olla entrega su mercancía en un papelillo estampado con su propia marca. Hay bazuco de ‘Nemo’, la Z, los ‘Escorpiones’, ‘X- Men’. Pero, ‘La Araña’ es la más conocida. Es legendaria.

Rodrigo, un indigente caucano enorme, con sólo dos dientes negros en la boca y medio pulgar en la mano derecha, recuerda que hace algunos años apenas ‘La Araña’ era una gota de agua en el desierto.

Señala, con un dedo llagado que supura agua-sangre y pus, hacia una casa de tres plantas y me explica que en el pasado ese sitio parecía la salida de un estadio. Me dice que había filas de mendigos de hasta tres cuadras. Allí era el expendio oficial del mejor bazuco de El Calvario. Las disputas afloraban por lo incontrolable de la situación y en no pocas ocasiones los conflictos terminaban con machetazos en la cara, puñaladas en el estómago o un disparo en la cabeza.

El hervidero de personas llamó la atención de las autoridades que allanaron el sitio y se llevaron consigo la mercancía. Para evitar una nueva incursión de ‘la ley’ en esa zona, y como una alternativa para mantener el negocio, llegó la descentralización.

Carlos, quien por esos días era expendedor de ‘La Araña’, explica que entregaba, a quien tuviera cómo pagarla, lo que se llama una panela. Es decir, una caja del tamaño del endulzante, llena con 20 paquetes que a su vez contienen 20 papeletas de bazuco. Pronto, muchos consumidores pasaron a ser los nuevos jíbaros.

Cuenta Carlos que ellos compraban las panelas a un contacto de fuera del barrio a $100.000 cada una y las vendían a $160.000. Ganancia fácil de conseguir para muchos de los habitantes del sector quienes son hábiles ladrones, jaladores de carros, y apartamenteros.

Carlos sonríe al recordar esos días de bonanza. Las pupilas le brillan al contarme que a eso de las 11:00 a.m., después de trabajar sólo dos horas, ya se había ganado $150.000. Una pequeña fortuna en una zona donde una noche en una habitación vale $3.000. Una onza de marihuana, $2.000. Un buen par de botas, $3.500 y una sábana para el frío, $700.

Otros precios de artículos de ‘primera necesidad’ en el Calvario caleño son: un rollo de papel higiénico vale $400. Una caneca de aperitivo de aguardiente $1.300. Un jean, $1.000. Un almuerzo $1.200.

Carlos comenta que los jíbaros camuflan la droga en las carretas de reciclaje, en colchones viejos, en bibliotecas de madera, en tarros de leche, en la ropa usada.

Pero, “¿quién tiene el poder para inundar el barrio con tanta droga?”, me animo a preguntar. Carlos deja de sonreír. Se encoge de hombros y sólo me responde, poniendo el dedo amarillo y ampollado sobre sus labios, que esas cosas es mejor no saberlas.

Hacia abajo en la jerarquía también hay ganancia. Una persona que haga las veces de campana, es decir, que anuncie a tiempo la presencia de la Policía, puede ganar al día $10.000.

Me topo con un niño. Es pequeño y camina como dormido. Tiene telarañas de pegante en la comisura de los labios. Lleva puesta una camiseta azul de un equipo de baloncesto. En su mano derecha lleva un enorme cuchillo. Camina hacia una olla tambaleándose. Ya ‘Lenin’, otro indigente, me ha advertido sobre los niños.

Y es que en esa zona donde todo el mundo es peligroso, los más temibles, quien lo dijera, son los menores de edad. Salen como pirañas, ‘limpian’ a su víctima en segundos. Temo un ataque pero voy bien escoltado. La ley de esa jungla es no atacar a los tuyos.

Como si la advertencia de ‘Lenin’ necesitara reforzarse, al final del callejón, justo frente a mí, media docena de menores se trepan como micos a la parte trasera de un camión que transporta quién sabe qué.

Los menores se cuelgan de la lona e intentan robar la carga. El conductor acelera tanto como puede y los niños se lanzan a tierra con las manos vacías. Minutos después paso a su lado y ellos me escudriñan de arriba abajo. Por suerte, voy bien acompañado.

El peso del mundo a cuestas

El Calvario es un infierno y las llamas son la droga. Adentro hay personas que en un solo día pueden consumir hasta cien sobres de bazuco. Sin comer, sin dormir, sin ir al baño. Sólo ‘soplan’. Solamente salen de allí cuando escasean los alcaloides y es hora de comprar más.

Entre ellos es común que haya niños. De esos niños peligrosos. Hijos de alguien. Niños de la miseria que crecerán allí y, por devastador que suene, morirán allí sin haber estudiado, sin celebrar la Navidad bajo un techo, con toda la familia, sin pasar una tarde de domingo elevando una cometa.

Y es que la adicción a esta droga no conoce límites. Para conseguirla, en El Calvario hay centenares de madres que prostituyen a sus hijos apenas alguien los encuentra atractivos. No importa qué edad tengan, no importa de qué sexo son. Así, los cuerpos de niñitas flacas y mocosas son ofrecidos por sus familiares al mejor postor. Las pequeñas también son adictas y la prostitución es una forma de sobrevivir. Las drogas les evitan sentir hambre o sed. Las drogas lo suplen todo. Hasta hacen crecer callos en el corazón.

Algunas terminan tan gastadas, tan poco apetecibles, tan destruidas por dentro que es fácil verlas con apenas hilachas de ropa encima, con más huesos que carne, raspando paredes para oler lo que sea. Pienso en ella. La niña de las chaquiras en el cabello.

Cambio de tema. A ‘Lenin’, que le dicen así por sus constantes discursos comunistas, le pregunto si la leyenda del hombre que vendió sus muelas a estudiantes de odontología por $5.000 cada una es verdad o si sólo es eso, una leyenda.

Se echa a reír de buena gana y me dice con una sonrisa sin dientes pero cómplice “un diente, un riñón, un hijo... Aquí se vende o se roba lo que sea por meter, mijo. La única razón de vivir de muchos acá es la droga”.

‘Zeta’ va más allá. Me cuenta que la principal razón de la violencia es, realmente el consumo. A veces un simple empujón o una pisada descuidada a un adicto deriva en puñaladas o en un machetazo en medio del rostro.

En los últimos años la situación se ha vuelto aún más peligrosa porque a este infierno han caído desmovilizados de las AUC y de las Farc.

‘Caregato’ me asegura que él patrulló con los ‘paras’ en el Meta hace años. Esa es la razón por la que está en la calle. El bazuco era la fórmula mágica para vivir con el remordimiento de haber asesinado campesinos inocentes.

Cuando llegó a El Calvario, hace tiempo ya y empezó ganarse la vida como jíbaro, se hizo a una reputación liquidando sin contemplación a cualquiera que tuviera una deuda de drogas con él.

Sin alterarse recuerda cómo degolló a una mujer a la que le fió una panela y luego no le quiso pagar.

Él mismo se encargó de desaparecer el cuerpo. Lo desmembró en su casa y luego envolvió las partes cercenadas en bolsas plásticas que un reciclador cargó en su carreta hasta el río Cauca. Ese mismo procedimiento se repitió una y otra vez.

Pero, no solamente por problemas de droga la gente muere en El Calvario. De hecho, se podría decir que la vida humana vale menos que la de un animal. ‘Zeta’ me cuenta que en una oportunidad se tropezó borracho y se fue de bruces. Infortunadamente su caída fue amortiguada por un perro que cruzaba por el andén. Al día siguiente el can apareció muerto y sus dolientes no dudaron en dispararle ocho veces a ‘Zeta’, como retaliación. Dice que si está vivo es porque Dios así lo quiso.

A ‘Pancha’, una lesbiana que habita la calle hace más de diez años, su pareja le abrió la garganta con una puntilla porque no quiso regalarle $3.000 para un pan. No es exageración. En El Calvario un pan vale más que una vida.

Horas más tarde, después de dejar atrás el barrio y ya boca arriba en mi cama pienso en ellos. En ‘Zeta’, en ‘Caregato’, en ‘Lenin’. Cada frase que me dijeron me hiere como un puñal. Cada rostro de un niño drogado me impide cerrar los ojos.

La dulce voz de la pequeña ofreciéndose por míseros dos mil pesos me hace preguntarme si acaso Cali es una ciudad ciega, sorda y muda. Intento explicarme cómo es posible que todo esto que viví ocurra a 140 pasos del Palacio de Justicia, a cuatro cuadras de la Iglesia de Santa Rosa, al lado del barrio Alameda. Qué ironía.

Una frase que me dijo ‘El filósofo’, un viejo zorro que cayó en desgracia hace ya varias décadas, me da vueltas en la cabeza: “A veces pienso que si ponen una bomba en las cuatro esquinas de este lugar y lo vuelan lo único que se perdería sería la dinamita”.

Cierro los ojos y las imágenes vuelven de nuevo. ¿Quién puso el peso del mundo sobre mis hombros? Niñas prostitutas, bebés asesinos, cuerpos desmembrados por una deuda de $5.000. Ya no lo puedo soportar más. Me doy vuelta en mi cama y desolado, rompo a llorar.

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