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viernes, 20 de abril de 2012

Sin soluciones en el horizonte de Malvinas

Por Juan Pablo Milanese.
Director del programa de Ciencia Política
Miembro de Redintercol
Universidad Icesi - Cali
marzo 8, 2012.

(Ver en Portafolio.co)

Las exploraciones petroleras han despertado más atención sobre el archipiélago.

Todos los años, con distinta intensidad, la cercanía del 2 de abril despierta en Argentina una serie de reclamos por la soberanía de Malvinas.

Este año, además, la conmemoración de los 30 años de la guerra de 1982, potencia el dinamismo de un gobierno argentino particularmente activo en ese campo y una sociedad que, independientemente de las diferencias políticas de sus partes, tiende a reaccionar frente al tema con posiciones escasamente reflexivas que repercuten en las decisiones del primero –pocos temas son tan susceptibles de manipulación demagógica como este.

Hacemos referencia a una sociedad que, hasta hoy, sólo mostró una autocrítica parcial con respecto a la inexplicable reacción manifestada tres décadas atrás, cuando asumió como una gesta patriótica el irresponsable arranque de un gobierno militar al que culpó por no haber ganado la guerra y no por haberla tenido.

Pero esta lógica de confrontación no se agota de este lado del Atlántico.

Estudiantes de Doxa - Sin soluciones en el horizonte de MalvinasDe hecho, aunque con distintas características y menor intensidad, también es usada por parte del Gobierno inglés que exhibe una anacrónica posición pseudocolonial –las islas son consideradas por el Comité de Descolonización de la ONU como un territorio no autónomo administrado por el Reino Unido–, acompañada por gestos simbólicos hostiles como la visita a las islas del príncipe William en condición de miembro de las Fuerzas Armadas.

Se establece así, un juego de suma cero en el que Argentina sólo está dispuesta a negociar si sobre la mesa se pone el tema de la soberanía, mientras que Inglaterra únicamente lo haría si esto no se hace. De este modo, las políticas de ambos gobiernos, más que resolver un problema internacional, aparentan estar dirigidas a la opinión pública doméstica, frente a un tema que despierta una intensa irracionalidad, y que se ‘justifica’ bajo la premisa de una comunidad de sentimientos que impide desapasionarse.

Sin embargo, escondidos detrás de la demagogia y más allá del chauvinismo social y del debate abstracto relativo a la detención de soberanía sobre el territorio, hay diversos argumentos de peso que debieran discutirse.

El principal, las exploraciones petroleras que han despertado una mayor atención sobre el archipiélago.

Pero estas no sólo se proyectan en los yacimientos existentes alrededor de él, sino en el reclamo potencial sobre territorios submarinos de la Antártida, ricos en hidrocarburos, y que Gran Bretaña –usando las islas como plataforma– podría reclamar en el futuro. Recordemos que, en esa línea, existe un precedente cercano como consecuencia de los avances que ocho países del hemisferio norte realizaron sobre la división de una amplia proporción del subsuelo marino en el Ártico, en junio del 2011.

Respondiendo a esta situación, el Gobierno argentino desplegó una estrategia novedosa, y en varios aspectos inteligente.

La presidenta Cristina Fernández determinó el abandono de una posición estrictamente unilateral para enfrentar el problema de manera regional. En tal sentido, logró el apoyo de varios de los vecinos, legitimando su acción y contribuyendo simultáneamente a deslegitimar la británica, con el efecto negativo de aumentar los costos de la ocupación.

Aunque vale insistir que no existe un consenso al respecto. Mientras que varios gobiernos la han apoyado sin restricciones, otros se han mostrado dubitativos o, incluso, contrarios a acciones como el bloqueo de sus puertos a barcos con bandera de Malvinas.

A pesar de ello, no está claro que esto vaya a traducirse en resultados tangibles. Sobre todo por las posturas inflexibles basadas en una rígida –e inútil para el caso– idea de soberanía absoluta e indivisible.

Dentro de este marco de análisis, como se mencionó, ninguno de los dos está dispuesto a ceder algo de terreno, condición necesaria para la viabilidad de cualquier tipo de acuerdo. Mientras tanto, el statu quo continúa beneficiando a Gran Bretaña.

¿Pero a quién perjudica más intensamente la situación actual?

Son los kelpers –habitantes de las islas desde 1833 y primeros colonizadores civiles de las mismas– los principales afectados.

La falta de flexibilidad en las posiciones de ambas administraciones los mantiene atrapados en una tensa posición. Situación agravada por la presencia de un gobierno argentino que no los reconoce como sujetos de derecho al intentar forzarlos a aceptar una ciudadanía y un gobierno que no desean.

El resultado final es un círculo vicioso en el que ambos países le prestan una atención exagerada a una dimensión específica del asunto –de moderada importancia– quedando relegado el debate esencial y haciendo muy poco viable cualquier tipo de solución.

domingo, 7 de agosto de 2011

Países emergentes y gobernanza global

Por Juan Albarracín Dierolf.
Profesor programa de Ciencia Política con énfasis en relaciones internacionales
Universidad Icesi - Cali
Junio 9, 2011.

(Ver en Portafolio.co)

Es necesario que el debate sobre el futuro de la gobernanza global trascienda.

El creciente peso económico y político de los países emergentes incrementa los costos de su no inclusión en la toma de decisiones mundiales e, igualmente, reduce el impacto potencial que sobre estos puedan producir incentivos políticos y económicos creados por las grandes potencias.

Más allá de la conmoción mediática en torno al dramático caso de Dominique Strauss-Kahn, ex director del Fondo Monetario Internacional (FMI), este episodio reaviva el debate sobre el peso de los países emergentes en las organizaciones internacionales y su papel en la gobernanza global. Incluso antes de la renuncia oficial de Strauss, el intenso cruce de exigencias y ajedrez político característicos de un nombramiento tan importante había comenzado.

Los Estados europeos recalcaron su aspiración de mantener el tradicional comando del FMI, ofreciendo la paupérrima justificación de que su liderazgo es necesario para manejar la actual crisis financiera del viejo continente. Por su parte, algunos países como China, Brasil e India declararon que ya era hora de que se nombrara un director proveniente de una potencia emergente.

Estudiantes de DoxaCon ello, estos últimos han buscado reafirmar la necesidad de efectuar cambios estructurales a los foros de decisión globales. Tal es el caso también de los órganos especializados de las Naciones Unidas, que deben reflejar, a su modo de ver, la nueva distribución de poder mundial.

Las discusiones sobre la obsolescencia y la falta de representatividad de las organizaciones internacionales son de larga data.

Se argumenta que las reglas de juego (formales e informales) del sistema multilateral otorgan posiciones privilegiadas en los procesos decisorios a Estados Unidos y Europa, y que son particularmente anacrónicas en un mundo donde estos últimos han perdido peso frente a otras naciones con economías más dinámicas (como los Brics, por ejemplo).

El creciente peso económico y político de los países emergentes incrementa los costos de su no inclusión en la toma de decisiones mundiales e, igualmente, reduce el impacto potencial que sobre estos puedan producir incentivos políticos y económicos (positivos y negativos) creados por las grandes potencias para lograr el cumplimiento con las reglas de juego globales.

En consecuencia, un multilateralismo que no los incluya puede producir decisiones sub-óptimas o, peor aún, que no se puedan implementar.

Sin embargo, es necesario que el debate sobre el futuro de la gobernanza global y el papel que deben cumplir los nuevos poderes en ella trascienda las posiciones algo ‘trilladas’ que claman por una mayor representación del ‘sur global’ y las reacciones defensivas de los europeos y estadounidenses. He aquí algunos puntos igualmente relevantes que la discusión no debe pasar por alto.

Primero, es importante recordar que las posiciones de liderazgo en política mundial cuestan.

Si bien la arquitectura internacional actual refleja en gran medida los intereses y visiones de los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, ni Estados Unidos ni Europa han preservado su grado de influencia en las instituciones multilaterales de forma gratuita.

Ambos han asumido los costos de mantenimiento de las estructuras de la gobernanza global que incluyen, por ejemplo, los costos humanos y económicos de la intervención militar y la ayuda económica multilaterales.

Si los países emergentes aspiran a tener un mayor peso en la política internacional, deben estar dispuestos a contribuir más y a asumir mayores responsabilidades.

Segundo, hablar de países emergentes o industrializados como si estos fueran un bloque homogéneo es francamente ilusorio.

En la práctica, en aspectos claves de la reforma de las organizaciones internacionales ha existido una gran dosis de tensión y discordia. Por ejemplo, el intento por parte de Brasil, India, Japón y Alemania de obtener un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU fue frustrado por Argentina, Italia, Pakistán y China, entre otros.

Asimismo, varios esfuerzos brasileños de posicionar a sus diplomáticos en puestos importantes han venido fracasando por el rechazo de sus ‘aliados’ del vecindario. Es decir, las divergencias de intereses y rivalidades históricas que existen entre los países emergentes en ocasiones pesan más que su condición de ‘bloque’.

Por último, otorgar un papel más importante a las potencias emergentes en la gobernanza global no garantiza que esta sea necesariamente más incluyente y representativa. A pesar de sus esfuerzos por exhibirse como los voceros de regiones excluidas de la toma de decisiones globales, las nuevas potencias defienden sobre todo sus intereses nacionales y no los de sus semejantes.

La existencia de poderes mundiales provenientes de regiones ‘periféricas’ no cambia el hecho de que exista una asimetría en la distribución del poder mundial y que muchos países sean excluidos del proceso decisorio.

Es ingenuo, entonces, esperar que los Brics sean potencias con un comportamiento distinto a Estados Unidos o Europa, al menos en lo que respecta a la defensa de sus intereses nacionales.

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